En Guerrero, la región más violenta de México, los
seminaristas se preparan para largos años de sacerdocio a pesar de las tasas
récord de asesinatos de hombres de la Iglesia
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| JESUS GUERRERO I AFP |
Para la Iglesia, el mes de abril de 2018 se
grabará en el recuerdo como un “abril negro”. En un mes, tres sacerdotes
perdieron la vida en México, secuestrados o muertos a tiros en su propia
parroquia. Con estos asesinatos, el balance alcanza las 41 víctimas en doce
años en México, “el país más peligroso del mundo para un sacerdote”, recuerda
el padre Omar Sotelo, director del Centro Católico Multimedial, un observatorio
religioso mexicano. “Formar a un sacerdote representa de diez a doce años de
estudio en el seminario. Cuando uno de ellos es asesinado, es como talar un
árbol que tardó años en crecer”.
Las vocaciones se resienten por
ello. “Desde hace algunos años hay muchos menos candidatos en el seminario”,
confiesa el hermano Pedro Antonio Ribera Uribe, que estudia desde hace diez
años en el seminario de Chilapa, en el estado de Guerrero (suroeste de México).
Los cárteles de la droga compiten por el control de esta región, la tercera
productora mundial de adormidera, que alimenta su tráfico de heroína. El
territorio tiene tasas récord de homicidios y los sacerdotes no se salvan. “El
miedo impide a estos jóvenes seguir su vocación”, continúa el hermano Pedro.
Aunque también existe el caso contrario: jóvenes que, precisamente, encuentran
refugio en la Iglesia para alejarse de esos ambientes”.
Parroquias cerradas por el
miedo
Los seminaristas de Chilapa, que visitan
las comunidades rurales de su diócesis los fines de semana, se enfrentan a
dificultades en el terreno incluso antes de su ordenación. “Tuve que acompañar
a una familia cuyo padre acababa de ser asesinado”, declara el hermano Pedro.
“Sus hijos, pequeños, no lo supieron hasta el mismo día del funeral. Me
faltaban las palabras en el momento de la oración…”.
Los hermanos deben predicar la buena
palabra en parroquias cerradas por miedo. En Nejapa, una parroquia de menos de 4000
habitantes cerca de Chilapa, el padre John Ssenyondo, un misionero ugandés,
desapareció durante varios meses antes de que su cuerpo fuera encontrado en una
fosa común. Al parecer fue asesinado por el cártel de Los
Rojos, como castigo por su libertad de expresión. El hermano Rafael Severina
García recuerda “la tristeza, el dolor y la incomprensión de la población”. “En
esos momentos, es difícil luchar contra la impotencia que se apodera de ti”.
Coches marcados y
comunidades prohibidas
Como puede, la comunidad trata de
protegerse. Cuando los hermanos van a las parroquias más alejadas de esta vasta
región de 20.000 km2, los fieles
piden a los seminaristas que pasen la noche en el lugar y que no conduzcan
después de la puesta del sol. Varios de ellos ya han sido detenidos en las carreteras
y amenazados a punta de arma. Los coches del seminario están ahora marcados con
un gran logotipo para evitar cualquier confusión con un cártel rival cuando los
hermanos circulan.
La violencia puede estallar en
cualquier momento, impidiendo que los hermanos hagan su trabajo. “Hay
meses enteros en los que ya no podemos ir a algunas parroquias”, continúa el
hermano Pedro. “Los grupos rivales luchan por el control del territorio y, de
repente, nadie puede entrar o salir”.
“Sí, tenemos miedo. Pero
somos hombres de fe”
Sin embargo, hace diez años, la violencia
siempre latente en la región no formaba parte de la ecuación de los
seminaristas de Guerrero. “Cuando llegué a Chilapa para estudiar, la ciudad era
tranquila y muy agradable”, recuerda el seminarista. “Las cosas cambiaron en mi
tercer año. Las calles se vaciaron. El miedo se instaló”.
Un miedo que no perdona a los
seminaristas. “Sí, tenemos miedo. Pero somos hombres de fe. Esto es lo que nos
mantiene a flote”, dice el hermano Pedro. Desde hace varios años, cada tarde,
los seminaristas rezan juntos ante el Santísimo Sacramento para implorar la
paz.
Un mártir como modelo
Dentro de unos meses, los hermanos Pedro y
Rafael serán ordenados y asignados a una parroquia de la diócesis. “Me conmueve
mucho la idea de ponerme al servicio de la gente, aunque estoy un poco
preocupado”, confiesa Pedro Uribe. Y añadió: “La Iglesia siempre ha sido
perseguida. En mi pueblo, hay un sacerdote mártir, san David Uribe Velazco
[asesinado durante la Guerra de los Cristeros, que enfrentó en la década de
1920 a los campesinos católicos mexicanos y al Estado anticatólico; David Uribe
fue canonizado en 2000 por el papa Juan Pablo II; Ndlr]. Fue uno de mis modelos
a seguir a lo largo de todo mi seminario”.
Alix Hardy
Fuente:
Aleteia
