Ser sal y luz para los
otros, sin atribuirse méritos
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| Misa matutina del Papa en Santa Marta: el cristiano está llamado a ser sal y luz para los otros (Vatican Media) |
La
sal sirve para condimentar los alimentos y la luz no se ilumina a sí misma. Así
el simple testimonio cotidiano del cristiano sirve para los otros, no para
vanagloriarse de los propios méritos. Lo recuerda el Papa en la
homilía de ayer por la mañana en en la Casa Santa Marta.
Ser
sal y luz para los otros, sin atribuirse méritos. Es éste el “simple testimonio
habitual”, la “santidad de todos los días”, a la que está llamado el cristiano.
Lo subraya el Papa esta mañana, en la homilía de la Misa en la Casa Santa
Marta. El testimonio más grande del cristiano es dar la vida como lo hizo
Jesús, es decir, el martirio, pero hay también otro testimonio: aquel de todos
los días, que inicia por la mañana, cuando nos despertamos, y termina por la
noche, cuando nos vamos a dormir.
Sal y luz sirven para
los otros
“Parece
poca cosa” pero el Señor “con pocas cosas nuestras hace milagros, hace
maravillas”, nota el Santo Padre. Por lo tanto, es necesario tener esta actitud
de “humildad” que consiste en buscar solamente ser sal y luz:
Sal
para los otros, luz para los otros, porque la sal no se sazona a sí misma,
siempre al servicio. La luz no se ilumina a sí misma, siempre al servicio. Sal
para los otros, pequeña sal que ayuda en las comidas, pero pequeña. ¿En el
supermercado la sal se vende por toneladas? No… En pequeñas bolsitas, es
suficiente. Y después, la sal no se vanagloria de sí misma, porque no se sirve
a sí misma. Siempre está allí para ayudar a los demás: ayudar a conservar las
cosas, a condimentar las cosas. Siempre está el testimonio.
Ningún mérito
Ser
cristiano de cada día significa - reitera el Papa - ser como la luz que “es
para la gente, es para ayudarnos en las horas de oscuridad”:
El
Señor nos dice así: “Tú eres sal, tu eres luz” – “Ah, es verdad, Señor,
es así. Atraeré a tanta gente y haré”. “No, así harás que los demás vean y
glorifiquen al Padre. Ni siquiera te será reconocido algún mérito. Nosotros
cuando comemos no decimos: “¡Ah, qué rica la sal! ¡No!: “Rica la pasta, rica la
carne, rica…” No decimos: “Qué rica la sal”. De noche cuando vamos para casa,
no decimos: “Qué buena la luz”, no. Ignoramos la luz, pero vivimos con aquella
luz que ilumina. Ésta es una dimensión que hace que nosotros cristianos seamos
como anónimos en la vida.
La santidad de todos los
días
“No
somos protagonistas de nuestros méritos”, subraya nuevamente el Papa al
concluir. Por lo tanto, no se debe hacer como el fariseo que agradece al Señor
pensando que es santo:
Y
una linda oración para todos nosotros, al final del día, sería preguntarse:
“¿He
sido sal hoy?” “¿He sido luz hoy?” Ésta es la santidad de todos los
días. Que el Señor nos ayude a entender esto.
Debora
Donnini - Ciudad del Vaticano
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