Cardos borriqueros
Hola,
buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
El
otro día salí a dar un paseo por los caminos de cemento de nuestra huerta hasta
llegar a la esquina más lejana. Me detuve al ver lo que había sucedido en aquel
tramo del cemento. En ese lugar, junto a la imagen de la Virgen, habían crecido
muchísimos cardos. Era curioso, porque la imagen no está en medio de las eras,
sino que se encuentra en pleno paseo de cemento. Al parecer, las semillas han
arraigado entre las grietas... y ahora los cardos están tan altos que
prácticamente no se alcanza a ver la imagen.
Rápidamente
el Señor me regaló descubrir algo más. Y es que todos nosotros vivimos algo
parecido: en cada hombre, hay un corazón y, aunque siempre se quiere mantener
una buena imagen externa, ahí, en lo profundo, en las zonas más reservadas, se
encuentran nuestros cardos. Son aquellos miedos, odios, fracasos... que
permanecen ocultos y que no solemos mirar porque sabemos que, además,
“pinchan”, como pinchan los cardos borriqueros.
Pero
lo impresionante es que justo ahí es donde quiere habitar el Señor, dentro de
nosotros. Él ha puesto también su semilla, su imagen, su Amor en ese lugar,
aunque muchas veces no Le sepamos descubrir debido a la altura de los cardos.
Sin
embargo, Él permanece, Él no desaparece; lo que sucede es que quiere que seamos
libres. Quiere trabajar nuestro corazón, sanear, como buen Jardinero, arrancar
todos los cardos. A Él no le importa pincharse con sus afiladas púas; de hecho,
esto es lo que ha realizado para nosotros muriendo en la Cruz. Él ha
resucitado, y con su poder quiere sanar nuestro corazón.
Lo
que sucede es que nosotros intentamos poder con ello, incluso hay ocasiones en
que pensamos que el tiempo cura... pero el tiempo nunca cura nada, más bien al
contrario: el cardo sigue creciendo y cada vez se hace más fuerte. Siempre nos
han enseñado a “ser mayores”, nos han dicho que tenemos que poder con las
cosas. Pero la realidad es bien distinta, ¡y menos mal!
Hoy
el reto del amor es rendir tu corazón al poder de Cristo. Quizás sientas que no
puedes, que te cuesta confiar, tal vez pienses que no puedes perdonar... No
importa. Siéntate con Él, muéstrale tu corazón, tal y como está, pídele que sea
Él quien lo haga, deja que Cristo vaya arrancando uno a uno los cardos. Tan
solo ten fe y Él actuará.
VIVE
DE CRISTO
Apuesta por el amor
Fuente:
Dominicas de Lerma
