Por el silencio, los miembros de una familia pueden
volverse más sensibles a aquello que el corazón del otro está diciendo
No hay duda de que la vida monástica ha
sido uno de los principales elementos que ha forjado la identidad de Europa y,
en consecuencia, de Occidente. No es por casualidad, que san Benito fuera
declarado, por el papa Pablo VI en 1964, el primer patrono de Europa.
En las
últimas décadas, la vida de los monjes ha inspirado actitudes en el mundo
corporativo, a través de best-sellers como El
monje y el ejecutivo, y ha servido de ejemplo incluso a personas no
cristianas, a través de autores como el monje benedictino Anselm Grün.
Pero ¿qué es
lo que la vida de los monjes podría enseñar a una familia? Para responder esa
pregunta, Sempre Família entrevistó
al abad trapense Bernardo Bonowitz, de la Abadía de Nuestra Señora del Nuevo
Mundo, en Campo do Tenente (PR), el único monasterio trapense de Brasil.
Los
trapenses, o cistercienses de estricta observancia, son conocidos por la vida
en comunidad sumergida en el silencio (y, por qué no, por la excelente cerveza
producida en algunos de sus monasterios).
Don Bernardo nació en Nueva York en 1949,
en una familia judía. Se convirtió a la fe católica a los 19 años y recibió el
bautismo precisamente en un monasterio trapense, pero fue jesuita durante nueve
años antes de ingresar en la vida monástica. Se volvió prior del monasterio
brasileño en 1996 y abad en 2008, cuando la comunidad fue elevada a la
categoría de abadía.
Hablamos con
él durante el VI Encuentro de Escuelas Católicas, promovido por la Editorial
Positivo en abril, en Curitiba.
¿Cómo una espiritualidad desarrollada por
célibes puede contribuir a la vida de la pareja y la familia?
Nosotros, monjes, nos consideramos un tipo
de familia. Vivimos
en gran cercanía, 24h al día. Entonces, pienso que tenemos, de alguna manera,
el mismo trabajo que cualquier comunidad cristiana, sea una familia o una
comunidad religiosa: aprender a vivir el Evangelio de forma
interpersonal.
Eso significa el
perdón, la responsabilidad, el pensar en el otro, el edificar al otro, la
paciencia y, cuando es necesario, la exigencia.
Así como los
papás forman a sus hijos, en el monasterio -eso dicen nuestras constituciones-
la comunidad es la principal formadora, más que el abad. Entonces, somos
una comunidad de formación cristiana.
En ese sentido, pienso que la intensidad de
nuestra convivencia es el hecho de tener lazos esencialmente espirituales
-no de sangre ni de relación sexual-, que nos fuerza a aprender cómo
volver el Evangelio algo vivido. Así, pienso que lo que
aprendemos en el monasterio puede ser útil para una familia cristiana.
¿La manera en que viven los monjes, el
diálogo y el silencio tienen algo que enseñar a la convivencia en familia?
Pienso que sí. El
silencio, por su naturaleza, es lugar de escucha. No sólo de escucha de Dios
-aunque ésta sea la meta principal- sino de escucha del corazón y de las
necesidades del otro.
Por el silencio, entonces, los
miembros de una familia pueden volverse más sensibles a aquello que el corazón
del otro está diciendo, porque las palabras tienen un alcance bastante
limitado.
Me acuerdo que, cuando volvía de
la escuela, mi mamá sólo me miraba y decía: “¿Qué pasó?”. Es una intuición,
pero que necesita de silencio para desarrollarse.
Muchas
familias tienen problemas de convivencia en su interior, como una cierta
indiferencia o frialdad que surge con el paso del tiempo. Y eso ocurre con
personas que han elegido vivir una con la otra, a diferencia de ustedes, que
optaron por vivir con personas que no conocían. Sin embargo, quien visita el
monasterio de ustedes nota la comunión y la ternura profunda entre los monjes.
¿Cómo hacen para vivir así?
En primer
lugar, es necesaria una forma de oración diaria en común.
Antiguamente, en muchas familias, el papá leía un texto bíblico a los
familiares reunidos antes de cenar. Pienso que eso creaba un lazo fuerte
entre los miembros.
Nosotros, monjes, cultivamos la práctica de pedir
perdón cuando pecamos uno contra el otro. Casiano, un
monje del siglo V, decía que no hay nada peor que una ira fría,
y lo mismo dice la Regla de San Benito, sobre la desavenencia sin resolución.
San Benito
insistía que hubiera reconciliación antes de la puesta del sol. Eso garantiza
que las antiguas hostilidades no se sumen unas a otras.
Hay algo que no sé si toda
comunidad trapense hace, pero la nuestra lo hace una vez a la semana, que
es el diálogo comunitario. Eso nos ofrece una
oportunidad de expresar nuestros sentimientos y cuestionamientos, tanto sobre
cosas concretas de la semana como sobre cosas más generales de la vida. En
ese sentido, hablar ayuda.
Finalmente,
el valor supremo para nosotros es el amor a Dios y al Evangelio dejando claro
que eso no significa nada sin un amor activo hacia el prójimo. Los
demás monjes son nuestro prójimo y en una familia son los otros miembros.
No dejar la caridad resfriarse es crucial.
¿La fe
en Dios y su vivencia son un presupuesto para que los familiares vivan en
comunión unos con otros?
Creo que las
personas no tienen condiciones por sí mismas para mantener de forma vitalicia
una relación y crecer en ella. Yo me pregunto cómo un papá enfrenta una
decisión profesional, vocacional, de un hijo que contradiga frontalmente sus
esperanzas. Pienso que es necesaria una mayor fuerza que el
afecto humano.
O el marido y
la mujer: después de cruzar el Mar Rojo y casarse, ¿cómo soportar el desierto
durante cuarenta años? Pasión, romance y cosas así no se profundizan solos,
para apoyar la relación. Pienso que la fe en Dios es el fundamento de las
relaciones humanas.
SEMPRE
FAMÍLIA
Fuente:
Aleteia
