CON LA SENCILLEZ DE LOS NIÑOS
I. Infancia espiritual
y sencillez.
II. Manifestaciones de
piedad y de naturalidad cristiana.
III. Para ser sencillos.
«Le presentaban unos
niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían. Al
verlo Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí y no se
lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no
reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los
bendecía imponiéndoles las manos» (Marcos 10,13-16).
I. En el Evangelio de la
Misa contemplamos a Jesús rodeado de niños. En verdad os digo: quien no reciba
el Reino de Dios como un niño no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía,
imponiéndoles las manos. Volverse interiormente como niños, siendo mayores,
puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un
gran abandono en Dios.
El
cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la
caridad. El niño olvida con facilidad y no almacena agravios. La infancia
espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en
el corazón las experiencias negativas. El Señor alegra nuestra juventud perenne
en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es
siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como
hijos pequeños siempre necesitados.
II. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener “piedad de niños y doctrina de teólogos”, solía decir Monseñor Escrivá de Balaguer.
II. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener “piedad de niños y doctrina de teólogos”, solía decir Monseñor Escrivá de Balaguer.
La
formación doctrinal sólida ayuda a dar sentido a la mirada que dirigimos a una
imagen de la Virgen y a convertir esa mirada en un acto de amor, o a besar un
crucifijo, o a tomar agua bendita, y a no permanecer indiferente ante una
escena del Via Crucis. Otras veces la sencillez tendrá manifestaciones de
audacia: le decimos al Señor cosas que no nos atreveríamos a decir delante de
otras personas, porque pertenecen a nuestra intimidad. Y esa audacia de
la vida de infancia debe desembocar en propósitos concretos.
III. La sencillez es el resultado de haber quedado inermes ante Dios, como el niño ante su padre, de quien depende y en quien confía. Delante de Dios no cabe disimular defectos o errores, y así hemos de ser en la dirección espiritual. Somos sencillos cuando mantenemos una recta intención en el amor al Señor; ésto nos lleva a buscar siempre el bien de Dios y de las almas.
III. La sencillez es el resultado de haber quedado inermes ante Dios, como el niño ante su padre, de quien depende y en quien confía. Delante de Dios no cabe disimular defectos o errores, y así hemos de ser en la dirección espiritual. Somos sencillos cuando mantenemos una recta intención en el amor al Señor; ésto nos lleva a buscar siempre el bien de Dios y de las almas.
La
persona sencilla no se enreda ni se complica; no busca lo extraordinario;
hace lo que debe, y procura hacerlo bien, de cara a Él. Habla con claridad, no
se expresa con medias verdades. No es ingenua, pero tampoco suspicaz; es
prudente, pero no recelosa. Nuestra Señora nos enseña a tratar a su Hijo,
dejando a un lado las fórmulas rebuscadas: le pedimos un corazón sencillo y
lleno de amor para tratar a Jesús, y que aprendamos de los niños que con tanta
confianza se dirigen a sus padres y a las personas que quieren.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
