Un solo corazón
Hola,
buenos días, hoy Joane nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Por
lo general, cuando trabajamos en la sala del Noviciado, nos distribuimos de la
siguiente manera: Israel, con la máquina láser, grabando, montando pulseras,
medallas... y yo, con diseños o sublimación, corriendo de un lado para otro con
tazas, camisetas...
Pero
ayer Israel tenía que hacer unos diseños, y yo no tuve más remedio que ponerme
a sacar un pedido con la máquina láser.
Me
senté para empezar a trabajar. Comencé sacando los cordones con las cruces y,
cuando de repente tiré de una... ¡por lo menos se vinieron treinta más conmigo!
Menudo
lío... Tiraba, intentaba soltar alguna, pero aún se liaban más...
Una
vez deshechos los nudos, pasé a la máquina láser. Ponía una cruz sobre la placa
de grabado... y con el nudo del cordón se me iba para todos los lados; si ponía
algo sobre la base, se ponía de pie... ¡Tenía que hacer casi 100, ya podía
tener paciencia!
Di
un grito de socorro ante tanto trabajo minucioso, después levanté la cabeza y
observé a Israel. Ahí estaba, mirando al ordenador, y a ella también... ¡le
salía el humo por las orejas! Nos empezamos a reír, pues en ese momento cada
una de nosotras estaba superada intentando hacer la tarea de la otra.
Gracias
a que pudimos ponernos en el lugar de la otra, nos dimos cuenta de que cada una
tiene sus dones, ¡y esto es un gran regalo!
En
esta experiencia de “cambio de tareas”, pude experimentar una gran admiración
por Israel, ¡por su paciencia! Es verdad que somos muy distintas... ¡no te
imaginas!: Una creativa, la otra más racional; una muy movida, la otra más
tranquila; una de números y la otra de imágenes; una con oído musical y la otra
con oído un poco perdido; una de campo y la otra de ciudad... y, aunque esto
pueda parecer una mezcla de agua y aceite, cada día experimento que es todo lo
contrario: ¡leche con Cola Cao o café! Una auténtica unidad.
Porque
Cristo, cuando ocupa el centro, hace que se pase de un “yo” a un “nosotras”,
hace que nos necesitemos y, sobre todo, hace que cada una tengamos un lugar,
pero siempre mirando en la misma dirección: Cristo.
Los
primeros cristianos, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, “tenían
un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32) y “perseveraban en la comunión”
(Hch 2, 42). Vivimos rodeados de competitividad, de buscar ser los mejores, de
lograr méritos para destacar... y esto solo nos lleva a vivir fuera de
nosotros, a luchar por lo de los demás. Si miramos a Cristo, Él se convierte en
nuestra meta; esto hace que vivamos por y para Él, haciendo que seamos uno, que
podamos disfrutar de los dones de los demás.
Hoy
el reto del amor es que construyas comunidad mirando en una sola dirección:
Cristo. Valora el trabajo del compañero con el que te complementas, y házselo
saber diciéndole algo positivo. Mira a Cristo y busca ser unidad en Él.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
