Este
domingo se celebra la Jornada Pro Orantibus
![]() |
Parte de la comunidad de clarisas de Cantalapiedra,
con cuatro de las nuevas hermanas en primer plano.
Foto: Juan Luis Vázquez
|
El
corazón orante de la Iglesia está habitado por multitud de monjas que se
entregan al Señor en el silencio del monasterio. Más allá de la falta de
vocaciones o de los cierres de conventos, la vida contemplativa también ofrece
buenas noticias, como la de la fusión de las clarisas en el monasterio de
Cantalapiedra.
El
camino a Cantalapiedra es toda una metáfora de la vida contemplativa en España.
En torno a este pequeño rincón de Salamanca, en el triángulo que forma la
ciudad con Ávila y Valladolid, tierra castellana de áridos veranos e inviernos
solemnes, se suceden extensos campos de cereal y pueblos que al visitante se le
muestran despoblados.
Parecería
que el monasterio de clarisas de Cantalapiedra comparte el mismo destino, el
mismo silencio, pero sin embargo allí convive en torno al Santísimo una nutrida
comunidad de 45 monjas, que acaba de acoger a otras cinco hermanas del convento
de las úrsulas, en Salamanca capital. Ante el pesimismo con el que se suele
mirar el invierno vocacional de la vida contemplativa en España, la acogida de
estas monjas es por sí sola una gran noticia. Sus risas, su alegría contagiosa,
el brillo de sus ojos, quizá no hablan de ese repunte vocacional tan deseado
para esta vida tan especial, pero sí del amor y la acogida que no pueden faltar
en toda vida cristiana, también en la contemplativa.
Sor
María Visitación, sor María Presentación, sor María Teresa de Jesús, sor
Teresita y sor Dulce Nombre de María, algunas de las cuales pasan de los 90
años, llegaron a Cantalapiedra hace unos meses, por sugerencia de monseñor
Carlos López, obispo de Salamanca, ya que no podían hacer frente en sus
condiciones a las demandas de su vocación en su casa anterior.
Aquí
se encontraron con 45 hermanas que las recibieron con los brazos abiertos: «Es
importante que haya una buena noticia en torno a la vida contemplativa, como la
fusión que estamos viviendo, porque se ve que el amor une mucho más que
cualquier diferencia. Hay que combatir el pesimismo, están sucediendo cosas muy
bonitas», asegura la abadesa, sor María Aleluya.
Lo
dice consciente de la situación especialmente difícil que está viviendo la vida
contemplativa en España, en la que el cierre de monasterios está alcanzando un
ritmo trepidante: si hace cinco años se hablaba de un cierre al mes, hoy la
media es de casi dos en el mismo período de tiempo.
La alegría y la paz
Es
lo que le ha pasado al monasterio de la Anunciación, el que llaman de las
úrsulas, que otorga toda su majestuosidad a la ciudad de Salamanca desde 1449.
Han sido más de cinco siglos de presencia contemplativa femenina, que han
terminado a principios de este año con la salida de sus últimas siete monjas:
dos a Santillana del Mar y las otras cinco a Cantalapiedra.
Dejar
la casa en la que han habitado generaciones y generaciones de religiosas «ha
sido muy duro», pero «hemos encontrado aquí mucha alegría, y nos han acogido
con mucha satisfacción», dice sor María Teresa de Jesús, la abadesa de las
úrsulas en su anterior ubicación: allí entró con 16 años y ahora tiene 94. «A
mí me ha costado mucho y he pasado noches en las que no dormía pensando en la
otra casa, ¿por qué voy a negarlo? Pero ahora estoy muy tranquila», dice.
«Hemos recibido mucho amor y mucho cariño, y me siento ahora como si llevara
toda la vida aquí».
Sor
María Presentación, desde su silla de ruedas, explica que «estoy muy contenta.
Me traen y me llevan, me bajan y me suben. Es una preciosidad lo que están
haciendo las hermanas por mí. Estoy feliz». Debido a su dependencia y a la
configuración de su antigua casa, tenía que pasar todo el día en la celda porque
no podía desplazarse por el monasterio; por dificultades similares pasaba sor
Teresita, que dependía del oxígeno las 24 horas del día y no podía hacer vida
de comunidad completamente. Hoy ya no es así, porque la comunidad de acogida se
ha adaptado de tal manera que pueden participar tanto en los trabajos diarios
como en la vida de oración, como el resto de las hermanas.
Al
preguntarle por el cambio, sor María Visitación se sincera: después de 74 años
en su antigua casa, reconoce que «de las cinco hermanas que hemos venido yo lo
he llevado peor. Pero ahora he encontrado la alegría del corazón y la paz, que
es lo que más le interesa a un alma. Las hermanas han sido muy acogedoras y
caritativas con nosotros, y además tenemos el Santísimo expuesto todo el día y
si tengo algún rato malo me desahogo allí».
«¿Dónde está el
sagrario?»
Dulce
Nombre de María se desorientaba mucho al llegar a la casa, pero la abadesa
cuenta lo que la ayudó a adaptarse: «El primer día que entró en el coro la
oímos decir: “¿Dónde está el sagrario?”, porque aquí lo tenemos dispuesto de
otra manera a como lo tenían en Salamanca. Pero una vez lo localizó, ya todo
fue sobre ruedas. Eso para las demás ha sido un testimonio muy bonito, porque
nos ha hecho ver que la orientación de una monja, lo que nos hace sentirnos
verdaderamente en casa, es saber dónde está Jesús. Y si Jesús está en el centro
de nuestra vida, todo lo que tenemos alrededor es como estar en casa. A
cualquier persona, irse de su casa con 80 o 90 años, puede resultarle un drama,
pero estas hermanas han caído aquí como pez en el agua. No ha habido ni una
queja. Y eso es pura gracia de Dios».
A
eso ha ayudado mucho lo que predicaba la misma santa Clara: «camina segura y
gozosa, sin que se te pegue el polvo del camino». Siguiendo a su fundadora,
«ellas han venido con lo puesto», asegura sor María Aleluya. «Lo único que
tienen es a Jesucristo, que es quien las ha acompañado hasta aquí».
Echando
la vista atrás, al convento que han abandonado y a su patrimonio, surge la
inquietud, pero las monjas solo esperan «que quede para algo religioso y sirva
para hablar de Dios a la gente. Y ya está, no les preocupa más», dice la
abadesa.
Y
como muestra citan las dos únicas posesiones que trajeron las dos primeras
hermanas que llegaron a Cantalapiedra: un cuadro de la Virgen y un crucifijo
que recibieron el día de su profesión. «Es un desprendimiento absoluto; son
pobres, pobres», dice sor María Aleluya, que confirma que esta acogida «es lo
que nos está pidiendo Dios ahora mismo. Ahora que el Papa habla tanto de la
cultura del descarte, lo que Dios nos pide es entender y acoger el tesoro que
nos ofrecen las hermanas mayores. Para nosotras es una alegría tenerlas aquí y
recibir toda la sabiduría que traen con ellas».
Hablan las jóvenes
Las
monjas más jóvenes ven a las mayores a la sombra de la figura de Abrahán, que
siendo ya anciano salió de su casa y de su tierra para ir a una tierra
desconocida. Ellas –que constituyen la mitad de la comunidad–, aprovechan para
preguntar a las ancianas por su vocación y conocer historias de su vida. Dice
una: «Yo solo me estoy beneficiando. Ya disfrutábamos de las hermanas mayores
que hay aquí, pero con estas nuevas hermanas me he dado cuenta de que lo más
importante es amar a Dios. Cuando el corazón está puesto en el Señor, todo es
más fácil».
Las
jóvenes también están aprendiendo que «lo que estamos llamadas a ser vemos que
se cumple en las mayores», y además ven detalles como el de sor Visitación, que
en el coro se sienta junto a la entrada y cada vez que pasa una hermana se
levanta para abrirle la puerta. «Tú puedes estar pensando solo en ti misma y de
repente ves a estas hermanas que viven para darse a las demás. Son todas ellas
una lección de vida», añaden.
«Solo Dios llena el
corazón»
Esta
lección forma parte de un libro con unas páginas que, aunque parezca que
amarillean, siguen más actuales que nunca. «La vida contemplativa no va a
desaparecer –explica sor María Aleluya–, porque la Iglesia siempre va a
necesitar un corazón. Jesucristo va a seguir atrayendo siempre a los corazones
hacia su intimidad. Es algo que va a suceder siempre».
«Sí
es verdad que estamos pasando una etapa de purificación en la Iglesia –admite–.
Eso es evidente, pero está pasando en todo: muchas veces nos fijamos en el
descenso en el número de vocaciones, pero no vemos la falta de matrimonios
cristianos, o de hijos que muestran cómo viven la fe esos matrimonios».
«Pero
como toda purificación, está haciendo salir lo mejor de lo mejor –continúa–.
Cuando veo esta fusión nuestra, doy muchas gracias a Dios. El testimonio que
dieron los primeros cristianos fue el “Mirad cómo se aman”, y el testimonio que
va a seguir funcionando es el mismo: “Mirad cómo se aman”. Mostrar que somos
familia, que nos une Jesucristo, es un milagro muy grande.
La
vida contemplativa va a seguir dando un testimonio muy fuerte, aunque seamos
menos monjas. Y esto va a ser porque va a contrastar cada vez más con la forma
de vivir de ahora, de tanto consumismo e ideologías, y de tanto vivir para uno
mismo. Nuestra voz, aunque sea muy débil, va a ser muy chocante, porque vivimos
todo lo contrario: que Jesucristo basta y que solo Dios llena el corazón».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fuente: Alfa y Omega
