El árbol... ¿caído?
Hola,
buenos días, hoy Sión nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
-¡Ay!
Tenemos que levantar ese pobre árbol... -comentó la priora mientras paseábamos
por la huerta.
El
susodicho “árbol” en realidad era prácticamente un palito de metro y medio de
alto con cuatro o cinco ramitas de nada. Se trata de un olivo que apenas lleva
un año plantado en nuestra tierra.
A
pesar de que estábamos lejos, la verdad es que sí que parecía necesitar ayuda.
Aunque fuertemente agarrado al suelo, el tronco estaba torcido por completo,
casi tumbado.
-Cómo
ha sufrido el viento de estos días... -dije meditativa.
-¡Qué
va! -me respondió la priora- Quien lo ha sufrido ha sido la vara que tenía de
guía. A esa sí que la ha tirado el viento, ¡y ahora está doblando al olivo con
su peso!
Aquel
comentario me dejó asombrada: ¡¡menuda docilidad la del olivo a su guía!!
Orando
este hecho, caí en la cuenta de que, un árbol grande, bien formado, se reiría
de esa vara fina y de escaso tamaño. Su tronco leñoso y firme no se doblegaría
jamás. Sin embargo, este pequeño olivo tiene el tronco lo bastante flexible
como para doblarse, y, obedeciendo a la vara, ¡inclinarse hacia el suelo!
Solo
los troncos jóvenes son flexibles. Y, ¿no dijo Jesús que el Reino de los Cielos
es de los niños? ¡Sí, el Reino es de los que tienen un corazón flexible!
Jesucristo
es la guía que dirige nuestros pasos, Él nos entrega su Espíritu que, como el
viento, nos empuja y nos anima... De Su mano descubrirás que llegas donde te
parecía imposible, donde nunca habrías imaginado. Su amor hace de ti una
criatura nueva.
Y
no me refiero a que hagas “cosas raras...” Como dicen los santos, muchas veces
las mayores inspiraciones del Espíritu Santo nos llevan simplemente a “hacer lo
ordinario con un amor extraordinario”.
Lo
mejor es que nuestro corazón no es como el tronco de los árboles. Su dureza no
depende de los años: ¡cuántos mayores hay con espíritu de niño! Y, mejor aún, a
diferencia de los troncos... la dureza de nuestro corazón no es definitiva.
Jesucristo tiene poder para hacer latir de nuevo el corazón más leñoso y
rígido. Cristo es el gran apasionado de los nuevos comienzos... ¿Te apuntas?
Hoy
el reto del amor es volver a ser niño. Para ello, te invito a que te dejes
asombrar por Cristo. Abre los ojos y, a lo largo del día, dale las gracias por
tres pequeños detalles en los que veas el Amor del Señor: un rayo de sol, una
palabra amable, una “coincidencia...” Y, dócil a Jesús, ¡trasmite su Amor! Hoy
regala tres sonrisas a desconocidos. ¡Feliz domingo!
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
