¿Lo que no vemos con nuestros ojos y que no tocamos
con las manos no existe?
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| Shutterstock_-Sebastian Kaulitzki |
Hoy lunes, solemnidad de la Anunciación del
Señor, celebramos la Jornada por la Vida que este año lleva por lema Educar
para acoger el don de la vida. Esta Jornada nos invita a
recibir con amor y confianza el don de la vida. Una vida que nos viene
regalada, sin que ninguno de nosotros haya podido decidir cuándo nacemos, dónde
ni en qué condiciones.
Hoy querría compartir con
vosotros una preciosa parábola que circula estos días por las redes sociales.
Cuenta que en el vientre de una madre dos bebés inician un singular diálogo:
Uno: - ¿Crees en la vida después del
parto?
El
otro: - ¡Por
supuesto! Tiene que haber algo después de nacer.
Uno: - ¡Tonterías! No hay
vida después del nacimiento. ¿Qué te hace pensar que podría haberla?
El
otro: - Supongo que
si tenemos ojos, piernas y boca es porque hay un mundo exterior con luz que
contemplar; un espacio inmenso que hay que recorrer, e infinidad de alimentos
que hay que deglutir. Si no, ¿por qué los tendríamos? Hay cosas que ahora no
comprendemos.
Uno: - Eso es absurdo. Tú sólo estás
creando una ilusión esperanzadora. Esta oscuridad es todo lo que hay.
El
otro: Además, ¿por
qué crees que estamos aquí, flotando tan panchos, totalmente protegidos? ¿Quién
nos alimenta? Sabes, hay una explicación: ¡tenemos una Madre, que nos alimenta y que nos cobija. Sí, y
ahora… ¡estamos dentro de ella! Solo puede ser así.
Uno: - Bueno, yo no la veo y, por lo
tanto, no creo que ella exista.
El
otro: - A veces
cuando estoy en silencio la llego a escuchar. Percibo su presencia y escucho su
voz cariñosa.
A la luz de esta parábola, ¿podemos
afirmar que todo aquello que no vemos con nuestros ojos y que no tocamos con
las manos no existe?
¡Cuántas cosas nos ciegan y nos
impiden ver la belleza de las cosas grandes! Aprendamos a amar y a respetar la
vida. Respetemos la vida de los no nacidos, ya que tienen derecho a vivir y
gozar de esta vida, de este mundo en el que vivimos nosotros. Estemos atentos y
abiertos a ver los signos de la VIDA que nos espera en el más allá.
Y permitidme una última
reflexión. De vez en cuando, me encuentro con familias que han adoptado a niños
y comparten conmigo su inmensa alegría. Sin embargo, también se lamentan de la
excesiva duración y el elevado coste del proceso que han tenido que seguir
antes de llegar a acogerlos como hijos.
Por ello, en esta Jornada por la
vida, invito a trabajar por un sistema de adopciones más ágil,
que apostando por la vida, supere toda tentación de convertirse en un negocio
económico. La vida no es un negocio.
¿Por qué adoptar es tan caro y
tan complicado? ¿No sería posible ofrecer a los padres biológicos que no se ven
capacitados a acompañar la llegada de una nueva vida, un sistema ágil y
sencillo de dar a sus criaturas en adopción?
Quiero dar gracias por el don de
la vida y que la intercesión de Santa María nos ayude a superar las barreras
que, a menudo, se cuelan en nuestra existencia.
Juan
José Omella
Fuente:
Aleteia
