Quiero que mi carne enferma sane al tacto de sus
dedos. Y su voz acaricie mi alma seca llenándola de vida
Me gusta mirar a María embarazada en este
tiempo de Adviento. Mirar
su paso presuroso camino a Ein Karem. Su disponibilidad para el servicio. Con
Dios hecho carne en sus entrañas.
Me gusta pensar en su sí puro y
firme en un momento de encuentro profundo con Dios. Un sí lanzado en las manos
del Padre. Un sí confiado, de niña. Me gusta pensar que así comienza el
Adviento. Con un sí filial y alegre de una niña y los pasos presurosos que
suben la montaña, pasos de mujer. Así de sencillo.
La niña inmaculada, libre de
todo pecado. Pura y fiel. Me gusta mirar a María y creer que algo de su belleza
se pegará a mi piel si me acerco a Ella, si me dejo cuidar por su abrazo, si me
hago hijo dócil en sus manos.
Hoy escucho: Procurad que Dios os encuentre en paz con Él,
inmaculados e irreprochables. Estoy tan lejos de ser inmaculado e
irreprochable. Miro a la mujer vestida de sol que me mira. Miro a la niña que
sube por los caminos que llevan a Ein karem, a Belén.
Aún falta para que nazca Jesús.
Hoy todavía no nace en mi alma. Ella es inmaculada, virgen y pura. Yo he
perdido la pureza y la inocencia, la ingenuidad y la sencillez, de cuando era
niño. Quiero que algo se me pegue de su belleza. Se lo pido.
Me gusta mirar a María que mira
a Dios, como dice el P. Kentenich: Reflejo
de Dios, espejo de la gloria de Dios, inmaculada concepción. Relación
fundamental con Dios, con Cristo. Por el honor de Cristo María debía y tenía
que ser concebida inmaculada. Virgen de las Vírgenes.
María es el reflejo más puro de
Dios. Su belleza viene de Dios. La creatura más bella jamás soñada. La más
pura. Al mirarla veo a Dios. En su carne brilla Dios. Esa mujer vestida de sol
me conmueve. La miro a Ella que camina al encuentro de Dios. La miro a Ella que
me mira y viene hasta a mí. Llega llena de Dios. María concebida sin pecado.
María llena del Espíritu.
Me gusta contemplar su rostro,
sus ojos, sus labios. Me gusta mirarla en su silencio elocuente. Con la fuerza
contenida en sus gestos. Me conmueve su fidelidad en todo momento. Su sí
repetido una y mil veces, cada mañana, cada noche. Miro a María mirando a Dios.
Y miro a María mirándome a mí.
Dice el P. Kentenich: Aparece María más en su relación a nosotros, no
tanto a Dios. María en su relación a nosotros. Madre de Cristo, Madre de Dios y
Madre nuestra. Se trata de cómo Ella ayuda a que seamos redimidos. María como
la gran educadora, nuestra educadora y como la educadora de los pueblos.
María me mira en el camino a
Belén. Se detiene para mirar mis pasos, para abrazarme, para quererme. Se
conmueve al ver mi fragilidad. Yo le entrego mi pequeñez. Ve en mí una belleza
que tal vez sea reflejo de la suya. Ve lo que yo no sé ver, cuando miro sólo mi
pecado, sólo mi pobreza.
Es mi Madre educadora. Quiere
crear en mi alma un espacio de cielo en el que quepan todos los hombres. Es la
tierra inmaculada en la que nace Jesús. En mi alma. Quiere que yo me refleje en
su pureza y algo de Ella se me quede prendido en la piel.
He perdido la ingenuidad y la
pureza por el camino de la vida. He dejado de vestirme de su traje de gala, de
fidelidad, de hermosura. No me siento a menudo digno de su amor. Y eso que
busco sentirme querido.
Hoy busco sus ojos en el
Santuario. La encuentro, me encuentra. La miro a Ella vestida de luz. ¿Puedo
ser inmaculado teniendo pecado? ¿Puedo ser puro habiendo caído? Miro a mi Madre
que me mira. En sus entrañas lleva todo el amor de Dios y me lo entrega. Lo
infinito recogido en la vasija finita de su alma.
¡Qué misterio tan profundo! En
su carne llena de verdad nace Jesús. Y yo me asemejo a Ella cuando me dejo
amar. No sé bien cómo hace Dios los milagros. Debe ser que de tanto ponerme en
su presencia me ha llegado un poco de su gracia. María lo hace posible.
Puede mi vida llenarse de sol.
Siento que el cielo se hace un hueco en mi espesura. Y su sí cobra vida en mis
propios labios. ¿O es ahora mi sí el que yo pronuncio con su voz?
Hágase grito con voz callada. Y quiero que
mi carne enferma sane al tacto de sus dedos. Y su voz acaricie mi alma seca
llenándola de vida. Y convierta mi impureza en pureza. Mi pecado en sanación.
Quiero caminar con María por
esos caminos de desierto hasta que se llenen de vida. Busco a su lado a su
prima Isabel. Busco en Belén posada. Repito su sí con sencillez: Fiat, hágase. Porque confío que su amor tan
grande puede cambiar mi alma y hacer de mi vida un jardín inmaculado.
Si dejo que Dios me toque por
las manos puras de María. Ella me mira y me abraza. Y sostiene mis pasos lentos
por el camino de mi vida. Me fío de Ella. La dejo hacer en mí hoy su morada. Para que todo en mí sea nuevo.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
