En este Adviento quiero vigilar y
no estar ensimismado
Comienza
el Adviento y yo quiero estar atento al paso de Dios por mi vida. Quiero
vigilar y no estar ensimismado. Hoy escucho: “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. Es igual que un
hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su
tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo
vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del
gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”.
Sé que Dios
da a cada uno su tarea. ¿Cuál es mi tarea? ¿Qué misión me ha confiado? Muchas
veces veo muchas tareas y me siento pequeño ante ese desafío inmenso. Me
desborda lo que esperan de mí. Todo lo que no hago. Veo las personas que me ha
confiado Dios. Me ha puesto para que vigile. Para que esté atento a los
peligros. Quiero estar en vela, quiero vigilar. Pero a veces vivo ensimismado.
El otro día
una persona me hablaba de ese peligro del ensimismamiento. Sucede cuando sólo
pienso en mí, en lo que me está pasando en el alma. Vivo agobiado por todo lo
que me sucede. Sufro en medio de mis miedos. Entonces dejo de mirar más allá mi
preocupación inmediata. No veo a nadie más que a mí mismo. No veo a Dios
actuando en medio de mi desierto.
Estoy yo
solo ensimismado, preocupado, angustiado. Pero no veo a Dios sujetando mis
pasos. Me gusta cuando Jesús me dice que vigile, que esté atento, porque viene
a verme. Me gusta pensar que viene. Es verdad que no sé el momento en el que
vendrá a mí. No sé cuándo me va a abrazar por la espalda sin que yo lo espere.
No sé cuándo me va a decir que actúe o permanezca quieto. No alcanzo a ver su
presencia en medio de mis noches y mis miedos. No distingo su rostro. No
escucho su voz dentro de mí porque no callo.
Quiero
mirar y descubrir a Jesús en medio de mis días y oscuridades. En medio de mis
tinieblas y mis fríos. Yo también espero un encuentro profundo con Él que
cambie mi vida. Sueño con ver su rostro y tocar sus llagas. Quiero convertirme
de una vez por todas. Me gustaría ver a Jesús que nace para darle un sentido a
mi vida, yo de rodillas en esa cueva fría. Me alegra pensar en la posibilidad
de verlo cuando estoy agobiado con tantos trabajos y preocupaciones.
Quisiera
vivir infinitamente despreocupado. Cuando me superan los compromisos y no doy
abasto. Cuando vivo ensimismado, preocupado y agobiado. Y entonces me faltan
las fuerzas para caminar yo solo. Y quiero que Jesús venga a mí y me diga que
está conmigo, que me necesita, que ha nacido para darle sentido a mi vida.
Anhelo tocarlo, como María tocaba a Jesús niño en su regazo. O como S. José lo
miraba conmovido. O como lo contemplaban esos magos y pastores que lo dejaron
todo por ver a Jesús.
Quiero ver
su rostro en medio de una cueva, en medio de mi noche, en esa noche de Belén,
esa noche fría de invierno. Pero creo que me duermo con frecuencia preocupado
del mundo que me inquieta. Me faltan las fuerzas para vigilar siempre y estar
atento a lo que pueda ocurrir. Será culpa de mi pecado. Culpa de mis faltas e
imperfecciones. No soy perfecto. Me canso de tanto esforzarme y vigilar. Me
cansa estar siempre atento.
Necesito la
fuerza de Dios para seguir de pie. Decía el P. Kentenich: “Cuando
esa tarea de vigilancia descansa sólo en la virtud, no podremos liberarnos del
cansancio, similar a aquel que sufre el vigía en su torre cuando se fatiga de
tanto mantener la atención sobre el horizonte y evitar toda distracción. Para
cumplir la labor de velar, y estar atentos, hace falta el auxilio del Espíritu
Santo”.
Veo tantas
imperfecciones en mi alma. Tanto pecado. Tantos buenos propósitos incumplidos.
Veo que no hago lo que deseo hacer. No hago el bien que sueño y no evito el mal
que temo. No vigilo. No estoy atento para ver dónde soy tentado en la vida y me
dejo llevar. No amo con hondura a los que me aman. No
me doy con generosidad cuando me lo piden. Necesito que venga su
Espíritu.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
