Es el tema general que
abordó el padre Raniero Cantalamessa en su segunda y última predicación de
Adviento a la que asistió el Papa y la Curia romana el penúltimo viernes de
diciembre en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico
El
Predicador de la Casa Pontificia se refirió de este modo a la “omnipresencia de
Cristo en el tiempo”. Y para hacerlo propuso reflexionar acerca de tres
cuestiones, a saber: Cristo y el tiempo, Cristo en su calidad de figura, acontecimiento y sacramento y
el encuentro con Cristo que cambia la vida.
Teniendo
en cuenta la inminencia de la Navidad, el Padre Cantalamessa dijo que es
posible “aplicar al nacimiento de Cristo” lo que un autor afirma de su muerte,
es decir, que “para cada hombre el principio de la vida es aquel, a partir del
cual Cristo ha nacido para él. Pero Cristo nace para él en el momento en que él
reconoce la gracia y pasa a ser consciente de la vida que le ha procurado ese
nacimiento”.
Se
trata – añadió – de un pensamiento que ha atravesado toda la historia de la
espiritualidad cristiana, comenzando por Orígenes, pasando por san Agustín, san
Bernardo, Lutero y los demás. Sí porque como también explicó el Predicador,
cada Navidad, y también la de este año, podría ser la primera verdadera Navidad
de nuestra vida. A lo que agregó que un filósofo ateo ha descrito en una página
famosa el momento en que uno descubre la existencia, las cosas; es decir,
descubre que existen en la realidad y no sólo en el pensamiento.
“Jesús es una persona viva
y existente, aunque invisible para los ojos”
Algo
similar – explicó el Predicador de la Casa Pontificia – ocurre cuando uno que
ha pronunciado infinitas veces el nombre de Jesús, que conoce casi todo sobre
él, que ha celebrado innumerables Misas, un día descubre que Jesús no es sólo
una memoria del pasado, por muy litúrgica y sacramental que sea, no es un
conjunto de doctrinas, dogmas, un objeto de estudio; no es, en definitiva, un
personaje, sino una persona viva y existente, aunque invisible para los ojos.
Cristo ha nacido en él; se ha producido un salto de calidad en su relación con
Cristo.
Y
esto – dijo el Padre Cantalamessa – es lo que han experimentado los
grandes conversos en el momento en que, por un encuentro, una palabra, una
iluminación desde lo alto, de repente se enciende en ellos una gran luz, han
tenido, ellos también, su ‘respiración cortada’ y han exclamado: ‘¡Pero
entonces Dios existe! ¡Es todo verdad!’”.
Al
proponer dar un paso ulterior, el Padre Cantalamessa recordó que Cristo no es
sólo el centro, o el centro de gravedad de la historia humana, aquel que, con
su venida, crea un antes y un después en el transcurso del tiempo; sino que
también es el que llena cada instante de este tiempo; es “la plenitud” que llena
de sí la historia de la salvación: primero como figura, luego como
acontecimiento y finalmente como sacramento.
“Decir a Cristo ¡te amo!”
Hacia
el final de su reflexión, trasladando estos conceptos al plano personal – dijo
– significa que Cristo debe llenar también mi tiempo. “Llenar de Jesús la
mayoría de instantes posibles de la propia vida”, un programa que no debería
ser imposible, puesto que no se trata, de hecho, de estar todo el tiempo
pensando en Jesús, sino de “darse cuenta” de su presencia, abandonarse a su
voluntad y decirle: “¡Te amo!”.
También
sugirió usar la técnica moderna para entender de qué se trata, utilizando como
comparación la conexión a internet. ¿Qué es esta conexión – se preguntó el
Padre Cantalamessa – en comparación con la que se realiza cuando uno se
“conecta” por la fe con Jesús resucitado y vivo? En el primer caso, se te abre
delante el pobre y trágico mundo de los hombres; “aquí se te abre delante el
mundo de Dios, porque Cristo es la puerta, es la vía que introduce en la
Trinidad y en el infinito”.
Aludiendo
al próximo año en que los jóvenes estarán en el centro de la atención de la
Iglesia a través del Sínodo como preparación también de las Jornadas Mundiales
de la Juventud, el Predicador pidió que los ayuden a llenar de Cristo su
juventud haciéndoles así el don más hermoso. Porque “todo, excepto lo eterno,
para el mundo es vano”. Y nosotros podemos decir con igual verdad: “Todo,
excepto Jesús, para el mundo es vano”. Hace falta poca fuerza para mostrarse,
pero hace falta muchas para esconderse y borrarse. Dios – concluyó diciendo
antes de desear a todos feliz Navidad – es infinita capacidad de ocultamiento y
la Navidad es su signo más claro.
María
Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano
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