Jesús me da una idea: dice que esté siempre contenta porque «mi nombre está escrito en el cielo»
Cuando
en la comunidad teníamos un pequeño colegio me visitó un amigo monje de la
abadía de Santo Domingo de Silos y le invité a participar en la clase de
Religión que yo impartía a los niños de 5 años.
Les
expuso de forma muy sencilla en qué consistía su vida y, al terminar, se
ofreció para responder a alguna cuestión. Uno de los pequeños se levantó y, con
cierta solemnidad, le preguntó: «¿Eres feliz?».
Todos
nos quedamos callados. Se percibía cierta tensión en el ambiente. En ese
momento sonó el timbre que anunciaba el final de la clase. Me quedé pensando:
¿Qué hubiera respondido yo? Si digo que sí, el Señor me podría decir: «¿En qué
se nota?». Habitualmente «no tengo vino», falta en mi vida la alegría.
Por
otra parte, tengo miedo a decir que no, porque Dios se entristecería mucho,
sería hacer inútil la obra redentora. Jesús nos dice: «Como el Padre me amó, yo
también os he amado a vosotros […] y os he dicho esto para que mi alegría esté
en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud». E insiste: «Volveré a
veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá
quitar».
Solo
me queda callar como hace el invitado a la boda del hijo del rey que Mateo nos
relata. Un rey invita a todos al banquete de bodas de su hijo y entra para
saludar a los comensales. Ve a uno que no lleva traje de fiesta y le dice:
«Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?». Ante esa pregunta, sufre
una fuerte conmoción y enmudece. Es de los silencios de la Sagrada Escritura
que más me sobrecogen.
La
asistencia al banquete de bodas del hijo del rey implicaba el máximo de
felicidad posible. No había excusa ni disculpa para la tristeza y de ahí la
severidad del castigo: «Atadle de pies y manos y echadle fuera, a las
tinieblas».
¿Qué
puedo hacer? Jesús me da una idea: dice que esté siempre contenta porque «mi
nombre está escrito en el cielo». Así que, durante el día, miro con frecuencia
al cielo buscando la estrella en la que está escrito mi nombre y eso me hace
feliz.
Tú, ¿eres feliz?
Ernestina
Álvarez, Monjas Benedictinas.
Monasterio
de Santa María de Carbajal de León
Fuente:
Alfa y Omega