Hoy quisiera hablar del Viaje Apostólico que he realizado en los días pasados a Myanmar y Bangladés
“He
querido expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha
sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora está lentamente
caminando hacia una nueva condición de libertad y de paz”, lo dijo el Papa
Francisco en la Audiencia General del primer miércoles de diciembre, al
regresar de su Viaje Apostólico a Myanmar y Bangladés.
Texto de la catequesis del
Papa Francisco
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy
quisiera hablar del Viaje Apostólico que he realizado en los días pasados a
Myanmar y Bangladés. Ha sido un gran don de Dios, y por eso le agradezco a Él
por cada cosa, especialmente por los encuentros que he podido tener. Renuevo la
expresión de mi gratitud a las Autoridades de los dos Países y a los respectivos
Obispos, por todo el trabajo de preparación y por la acogida reservada a mí y a
mis colaboradores. Un “gracias” sincero quiero dirigir a la gente birmana y
aquella bangladesí, que me han demostrado tanta fe y tanto afecto: ¡gracias!
Por
primera vez un sucesor de Pedro visitaba Myanmar, y esto ha sucedido poco
después que se han establecido las relaciones diplomáticas entre este País y la
Santa Sede.
He
querido, también en este caso, expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a
un pueblo que ha sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora está
lentamente caminando hacia una nueva condición de libertad y de paz. Un pueblo
en el cual la religión budista está fuertemente enraizada, con sus principios
espirituales y éticos, y donde los cristianos están presentes como una pequeña
grey y levadura del Reino de Dios. A esta Iglesia, viva y fervorosa, he tenido
la alegría de confirmar en la fe y en la comunión, en el encuentro con los
Obispos de los países y en las dos celebraciones eucarísticas. La primera ha
sido en la gran área deportiva en el centro de Rangún, y el Evangelio de ese
día ha recordado que las persecuciones a causa de la fe en Jesús son normales
para sus discípulos, como ocasión de testimonio, pero “ni siquiera un cabello
se les caerá” (Cfr. Lc 21, 12-19). La segunda Misa, último acto de la visita a
Myanmar, estuvo dedicada a los jóvenes: un signo de esperanza y un regalo
especial de la Virgen María, en la catedral que lleva su nombre. En los rostros
de esos jóvenes, llenos de alegría, he visto el futuro de Asia: un futuro que
será no de quien construye armas, sino de quien siembra fraternidad. Y siempre
en el signo de esperanza he bendecido las primeras piedras de dieciséis
iglesias, del seminario y de la nunciatura, dieciocho.
Además
de la Comunidad católica, he podido encontrar a las Autoridades de Myanmar,
animando los esfuerzos de pacificación del País y deseando que todos los
diversos componentes de la nación, ninguna excluida, puedan cooperar en este
proceso en el respeto recíproco. En este espíritu, he querido encontrar a los
representantes de las diversas comunidades religiosas presentes en el País. En
particular, al Supremo Consejo de monjes budistas he manifestado la estima de
la Iglesia por su antigua tradición espiritual, y la confianza que cristianos y
budistas puedan juntos ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo,
rechazando toda violencia y oponiéndose al mal con el bien.
Dejando
Myanmar, me he dirigido a Bangladés, donde en primer lugar he rendido homenaje a
los mártires de la lucha por la independencia y al “Padre de la Nación”. La
población de Bangladés es en grandísima parte de religión musulmana, y por ello
mi visita – siguiendo las huellas del Beato Pablo VI y de San Juan Pablo II –
ha marcado un paso más en favor del respeto y del diálogo entre cristianismo e
islam.
A
las Autoridades del País he recordado que la Santa Sede ha sostenido desde el
inicio la voluntad del pueblo bangladesí de constituirse como nación
independiente, como también la exigencia que en ella sea siempre tutelada la
libertad religiosa. En particular, he querido expresar solidaridad a Bangladés
en su empeño de socorrer a los prófugos Rohingya llegados en masa a su
territorio, donde la densidad de población está ya entre las más altas del
mundo.
La
Misa celebrada en un histórico parque de Daca fue enriquecida por la Ordenación
de dieciséis sacerdotes, y esto ha sido uno de los eventos más significativos y
gozosos del viaje. De hecho, sea en Bangladés como en Myanmar y en los otros
países del sureste asiático, gracias a Dios las vocaciones no faltan, signo de
comunidades vivas, donde resuena la voz del Señor que llama a seguirlo. He
compartido esta alegría con los Obispos de Bangladés, y los he animado en su
generoso trabajo por las familias, por los pobres, por la educación, por el
diálogo y la paz social. Y he compartido esta alegría con tantos sacerdotes,
consagradas y consagrados del país, como también con los seminaristas, las
novicias y novicios, en quienes he visto los brotes de la Iglesia en aquella
tierra.
En
Daca hemos vivido un momento fuerte de diálogo interreligioso y ecuménico, que
me ha dado modo de subrayar la apertura del corazón como base de la cultura del
encuentro, de la armonía y de la paz. Además he visitado la “Casa Madre
Teresa”, donde la santa se hospedaba cuando se encontraba en esta ciudad, y que
acoge a muchísimos huérfanos y personas con discapacidad. Allí, según su
carisma, las religiosas viven cada día la oración de adoración y el servicio a
Cristo pobre y sufriente. Y jamás – jamás – se pierde de sus labios la sonrisa:
religiosas que oran tanto, que sirven a los que sufren continuamente con la
sonrisa. Es un bonito testimonio. Agradezco mucho a estas religiosas.
El
último evento ha sido con los jóvenes bangladesí, rico de testimonios, cantos y
danzas. ¿Y qué bien danzaban, estos bangladesí? ¡Saben danzar bien! Una fiesta
que ha manifestado la alegría del Evangelio acogido por esta cultura; una
alegría fecundada por los sacrificios de tantos misioneros, de tantos
catequistas y padres cristianos. En el encuentro estaban presentes también
jóvenes musulmanes y de otras religiones: un signo de esperanza para Bangladés,
para Asia y para el mundo entero. Gracias.
Traducción
del italiano, Renato Martinez, SpC
Radio
Vaticano