Nosotros, los discípulos
de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o supremacía
Como
Jesús, que es manso y humilde de corazón, así debemos ser sus discípulos. Lo
dijo el Papa Francisco al reflexionar en el XXXI domingo del tiempo ordinario
sobre el Evangelio del día, ambientado en los últimos días de la vida del Señor
en Jerusalén.
Alocución del Papa
Francisco antes de la oración del Ángelus:
Queridos
hermanos y hermanas: ¡buenos días!
El
Evangelio de hoy (Mt 23, 1-12) está ambientado en los últimos días de la vida
de Jesús en Jerusalén; días cargados de expectativas y también de tensiones.
Por un lado, Jesús dirige severas críticas a los escribas y los fariseos, y por
el otro, realiza importantes entregas a los cristianos de todos los tiempos,
por lo tanto también a nosotros.
Él
le dice a la multitud: «En la cátedra de Moisés, se han sentado los escribas y
los fariseos» Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan». Esto para hacer
entender que ellos tienen la autoridad para enseñar lo que es conforme a la ley
de Dios.
Sin
embargo, inmediatamente después, Jesús añade: «pero no los imiten; porque dicen
y no hacen. (V 2- 3). Hermanos y hermanas, un defecto frecuente en quienes
tienen una autoridad, sea civil que eclesiástica, es exigir de los demás cosas,
inclusive justas, pero que ellos no practican en primera persona. Hacen una
doble vida.
Jesús
dice: «Atan fardos pesados, difíciles de llevar, y se los cargan en la espalda
a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo» (v. 4). Esta
actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que en cambio debería tomar su
principal fuerza precisamente del buen ejemplo. La autoridad nace del buen
ejemplo para ayudar a otros a practicar lo que es justo y debido,
sosteniéndolos en las pruebas que se encuentran en el camino del bien. La
autoridad es una ayuda, pero si se ejerce mal, se vuelve opresiva, no permite
que la gente crezca y crea un clima de desconfianza y hostilidad, y también
conduce a la corrupción.
Jesús
denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y
fariseos: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros
asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros»
(vv. 6-7). Esta es una tentación que corresponde a la soberbia humana y que no
siempre es fácil de vencer. La actitud de vivir sólo de la apariencia.
Luego,
Jesús realiza las entregas a sus discípulos: «Ustedes no se hagan llamar
maestros, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son
hermanos […] Ni se llamen jefes, porque solo tienen un jefe que es el Mesías.
El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás» (vv. 8-11).
Nosotros,
los discípulos de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o
supremacía. Yo les digo que personalmente me duele ver a personas que
psicológicamente andan corriendo detrás de las honorificaciones. Nosotros,
discípulos de Jesús, no debemos hacer esto porque entre nosotros debe haber una
actitud sencilla y fraternal. Todos somos hermanos y no debemos dominar a los
demás de ninguna manera ni mirarlos de arriba a abajo. No, somos todos
hermanos. Si hemos recibido cualidades de nuestro Padre Celestial, debemos
ponerlas al servicio de los hermanos, y no aprovecharlas para nuestra
satisfacción e interés personal. No debemos considerarnos superiores a los demás;
la modestia es esencial para una existencia que quiere estar conforme a las
enseñanzas de Jesús, que es manso y humilde de corazón; y ha venido, no para
ser servido, sino para servir.
La
Virgen María, «humilde y alta más que otras criaturas» (Dante, Paradiso,
XXXIII, 2), nos ayude con su intercesión maternal, a rehuir del orgullo y la
vanidad, y a ser dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de
nuestros hermanos y para su alegría, que también será la nuestra.
Traducción
del italiano: Griselda Mutual - Sofía Lobos
Radio
Vaticano
