Relacionado con la aparición de la
Virgen a santa Catalina Labouré, se recomienda para interceder por personas que
han perdido la fe
Gracias a Dios todavía va gente a la Rue
du Bac en París, (incluso turistas) a la capilla del convento de las Hijas de
la Caridad de San Vicente de Paúl. Es que allí, en noviembre de 1830, en ese
lugar para oración restricta de las monjas y novicias que tuvo que abrirse
posteriormente al público, la Virgen se le apareció y mostró una medalla de la
Inmaculada Concepción a una novicia llamada Catalina Labouré, hoy reconocida
como santa, pidiéndole que la mandara acuñar.
Santa
Bernardita Soubirous, que también vio la Virgen por 18 veces en Lourdes, ya en
1858 dice que Nuestra Señora se le parecía mucho a la de la Medalla Milagrosa,
pues la pastorcita la conocía e incluso la llevaba frecuentemente colgada al
pecho, desconociendo totalmente los detalles de aquella aparición de París.
Fue tal la
cantidad de milagros que esta medalla, acuñada como de la “Inmaculada
Concepción”, hizo especialmente en Francia, que se la dio en llamar hasta hoy
Medalla Milagrosa.
La nación
francesa no conseguía definir su situación política ni religiosa desde las
sangrientas jornadas de la Revolución de 1789. Ya en 1830 justo coincidiendo
con los días de la aparición a Santa Catalina, estalló otra violenta
revolución, que traería como consecuencia una revolución más en 1848 y otra
todavía peor en 1871.
Estas dos
últimas incluyeron el asesinato y el fusilamiento de dos arzobispos de París:
Mons. Denys Auguste Affre, asesinado en la revolución de 1848 y Mons. Georges
Draboy, fusilado en la Comuna de París de 1871.
Pero de los
dos arzobispos mártires, quien tiene más relación con los acontecimientos de la
Rue du Bac es Mons. Affre. Él había dado la aprobación de uso del Escapulario
Verde, entregado también a una monjita de la Caridad en 1840 en el mismo
convento donde fue revelada la Medalla milagrosa diez años atrás.
Si esta fue
entregada con la promesa de una especial protección de la vida para quien la
lleve bendita preferentemente al cuello, el misterioso escapulario fue
entregado para la hora de la muerte, según reveló Sor Justina Bisqueyburu la
buena monja agraciada con tal privilegio.
La
recomendación de la Virgen María fue que quien llevara ese escapulario sería
protegido especialmente a la hora de morir, pero que sobre
todo se le hiciera llevar a quienes estaban perdiendo la fe o ya la habían
perdido. Y entonces sucedió el milagro que conmovió a
París, y disparó la solicitud del escapulario en una Francia ya casi apóstata,
laica y camino de la perdición.
Los
Tribunales de justicia y apelación de París habían sentenciado que a Mons.
Affre lo había matado en noviembre de 1848 una bala perdida en las barricadas
de una calle, dado que el Arzobispo había salido a pedir el cese al fuego.
En 1859, un
agonizante de reconocida vida impenitente y blasfema, que había sido visitado
por dos monjitas de la Caridad y a las que había echado amenazándolas desde la
cama con un bastón, pedía el regreso de ellas para hacerles una confidencia y
que le trajeran un sacerdote: él había sido el encubierto asesino del
Arzobispo; hacía decenas de años no frecuentaba los sacramentos ni la misa y
vivía en público concubinato con una protestante ya casi atea.
Una de las
monjitas en la primera visita había dejado discretamente atado a la cama un
escapulario verde y repetido mentalmente varias veces la jaculatoria que está
en él: “Inmaculado Corazón de María ruega por nosotros ahora y en la hora de
nuestra muerte”.
Este
sacramental, a diferencia de otros, no tiene dos pañitos sino uno solo en cuyo
anverso está representada la Santísima Virgen Inmaculada tal como la monjita la
vio, y en el reverso el Corazón inmaculado atravesado por una espada alrededor
del cual está la mencionada milagrosa jaculatoria.
Dado
especialmente para ese momento final de nuestra vida y paso por esta tierra,
cuando debemos estar preparados para encontrarnos con la majestad, seriedad,
grandeza y gravedad del Juez Supremo, será la garantía de nuestra salvación
tras un profundo y doloroso arrepentimiento como el del miserable asesino de
Mons. Affre que a tiempo recibió absolución, extremaunción e incluso dispensa y
sacramento matrimonial que convirtió también a su mujer tras la abjuración de
sus prácticas protestantes.
Profundo y
doloroso arrepentimiento, porque si el Justo cae siete veces al día como dice
la Biblia, no podemos vivir en la presunción de que a la hora de nuestra muerte
estaremos listos y totalmente limpios para el juicio particular, mucho más si
nos coge de repente.
Por Antonio Borda
Artículo originalmente publicado por Gaudium
Press
Fuente:
Aleteia
