«YA VOY, SEÑOR»

Homilía  de nuestro Obispo D. Cesar en la misa de acción de gracias por el IV centenario de la muerte de San Alonso Rodríguez, S.J., santo segoviano
           
“La diócesis de Segovia clausura con alegría en este domingo el IV centenario de la muerte de san Alonso Rodríguez, hermano jesuita, que nació, vivió, trabajó y fundó una familia en esta ciudad hasta que el Señor sembró en él la vocación religiosa, cuando, privado de todo, ingresó en la compañía de Jesús para amar y seguir a Cristo abrazado a su cruz. 

Como dice el Papa Francisco en su mensaje, que agradecemos vivamente, san Alonso es un «maestro de espíritu, que fue capaz de contemplar al Señor en el hermano que llamaba a la puerta, como también supo iluminar e impulsar la misión de su orden con el ejemplo de su trabajo sencillo y humilde». Un santo humilde, dotado de especiales dones de consejo y discernimiento, que sirvió en el oficio de portero practicando el mandamiento del amor. 

¿Cuál fue el secreto de su santidad? El evangelio de este domingo responde a esta pregunta: Amar a Dios y amar al prójimo en perfecta armonía. Es el principio y fundamento de la vida cristiana y de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, en cuya escuela aprendió a servir en todo al Señor, a ofrecerle su vida entera en oblación, y a desposeerse de sí mismo para alcanzar la meta del cristiano: unirse a Cristo, imitarlo y transformarse en él mediante los consejos evangélicos. 

Cuando leemos su vida comprendemos hasta qué punto el Señor lo unió a Él en las pruebas que pasó: la muerte de su mujer y de sus tres hijos, que le hicieron comprender la verdad absoluta que hemos recitado en el salmo: «Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertados, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte».

Cuando el padre provincial, después de un tiempo de discernimiento, decidió acogerlo como hermano en la Compañía de Jesús, dijo estas proféticas palabras: «Recibámoslo para santo». Así fue. Se santificó en el humilde oficio de portero que ejerció durante 46 años entregando lo mejor de sí mismo, con una obediencia, que refleja la de Cristo viniendo a este mundo: «Heme aquí para hacer tu voluntad». Así explica su vida el poeta inglés, también jesuita, Hopkins, en un soneto que le dedicó para el día de su canonización: «años y años en un mundo sin aventura/cuando en Mallorca Alonso custodiaba la puerta». 

Vista desde fuera, fue una vida sin aventura. Desde dentro: una aventura hermosa, equiparable a la grandeza de los mártires, en la que Dios talla, como artífice de toda belleza, al santo que tuvo que librar su batalla interior junto a Jesucristo, Rey eterno, que lo había llamado a su servicio. Un servicio con dos caras: la de vivir, trabajar y morir junto a Cristo; y la de amar a los hombres en la sencillez de la vida ordinaria. Gracias a la obediencia a sus superiores nos ha dejado escritos espirituales de gran hondura, piedad y altura mística. En ellos sólo encontramos la sabiduría evangélica hecha consejo, sugerencia, llamada a la santidad.

En el cuarto centenario de su muerte, podemos preguntarnos qué nos dice hoy este santo de nuestra tierra, ciudad y alma castellana. ¿Es un modelo de vida imitable? Cada santo tiene la historia que Dios hace en él. En ese sentido, cada santo es único e irrepetible. Todos coinciden sin embargo en un mismo fundamento: la caridad de Cristo, que se despojó de todo, para hacerse hermano y siervo de los hombres. La santidad es la caridad en acción. Es la entrega de uno mismo sin condiciones. Es la obediencia a Dios, que rige la historia y nuestra vida individual. San Alonso nos enseña a descubrir a Dios en los acontecimientos de la vida, a buscar su voluntad, a seguirla con determinación. Su magisterio, como hombre de espíritu, es certero.

Al hombre de hoy le cuesta entender la vida de los santos. Tenemos a veces la osadía de calificarlos de raros, extraños, alejados de la vida real. Pero sucede justamente lo contrario: el santo es el que ha alcanzado la madurez y plenitud de lo humano. Es el que, como  dice hoy san Pablo a los tesalonicenses, ha abandonado los ídolos y se ha vuelto al Dios vivo y verdadero y espera la vuelta de Jesús desde el cielo. Nos hemos acostumbrado tanto a servir a los ídolos, los que nos fabricamos y los que nos impone el mundo, que vivimos en la esclavitud, en la desobediencia a Dios, en el servicio a nuestro propio interés. Por eso los santos nos resultan extraños, inimitables. 

Os invito, queridos diocesanos, a mirar con atención a san Alonso, a escudriñar el trabajo que Dios hizo en su vida, a verlo en su tienda de paños segovianos, en el amor familiar a su mujer y a sus hijos, en la terrible soledad (parecida a la que viven tantos hermanos nuestros), en la atención de quienes llamaban a su puerta. Miradlo y veréis un hombre nuevo, de espíritu contemplativo y con los pies en la tierra por su heroica caridad. Miradlo, leed sus escritos sencillos y asequibles, y pensad que Dios quiere esculpir también en nosotros la imagen de Cristo. Quiere liberarnos de toda esclavitud y hacernos libres para el amor y el servicio. 

Pidamos para que la compañía de Jesús, bajo el magisterio de san Ignacio de Loyola, de san Alonso Rodríguez y de los otros dos santos que fueron canonizados con él: san Juan Berchmans y san Pedro Claver, siga siendo un semillero de santos. Y oremos para que esta querida diócesis de Segovia sea bendecida, en todos los estados de vida, con santos que sean modelos y gloria de nuestro pueblo. Hombres y mujeres que, cuando escuchen la llamada de Dios y de los hombres, digan sencillamente: «Ya voy, Señor». Amén”

+ Cé­sar Fran­co
Obis­po de Se­go­via