Existe un mecanismo que
aporta equilibrio tanto a la bondad como a la verdad; sin él, nuestro esfuerzo
es incompleto
Vivo
en un animado convento con más de 50 hermanas religiosas. Nuestra comunidad es
grande y no escasean las oportunidades para hacer obras caritativas, ya sea al
lavar los platos, escuchar pacientemente a otra hermana o recoger a alguien del
aeropuerto. Sin embargo, con el tiempo, tras observarme a mí misma en la
comunidad, me he dado cuenta de que cuando hago algo caritativo, a menudo es
por alguna forma de interés propio.
Si
observamos atentamente nuestra vida emocional interior —y si somos sinceros con
nosotros mismos—, muchos nos percataremos de que a menudo hacemos cosas
aparentemente cariñosas por motivos egoístas. Amamos para poder lograr
reconocimiento de los demás, para gustar, para sentirnos superiores a otros,
para sentirnos necesitados y para conservar amistades.
Realizamos
actos de amor para recibir algo a cambio. Debido a que los actos caritativos
pueden enmascarar tan fácilmente un amor egoísta, me he preguntado muchas
veces: “¿Qué es la auténtica caridad cristiana?” y “¿Cómo puedo vivir el amor
real?”.
Aprender
cómo es la caridad cristiana ha sido una larga travesía para mí y, después de
siete años en el convento, puedo decir que apenas he empezado a entenderla
realmente. Una cosa que he comprendido es que no se parece a la idea secular y
mundana que define el amor como una emoción dramática: el afecto no “daña” a
nadie. Esta noción es incompleta y también es inherentemente imperfecta, porque
está concebida como separada de y no relacionada con Dios.
Pero
Dios es amor, así que el amor sin Dios, simplemente, no es amor.
Ya
que el amor que vemos profesarse en el mundo está divorciado de Dios, a menudo
termina faltándole verdad. Cuando al amor le falta verdad, entonces
la bondad se convierte en el aspecto más vital del amor. El amor
mundano es amable y tolerante con todo el mundo, excepto para quienes
creen que al amor incluye corrección fraternal y una articulación de verdad
moral objetiva; para ellos se reserva la mayor de las intolerancias.
En
respuesta a esta visión incorrecta del amor, algunos cristianos enfatizan con
razón que el amor desafía el comportamiento inmoral porque tiene el bien del
prójimo en su centro. Por desgracia, este amor también se vuelve a menudo
demasiado centrado estrictamente en la corrección, tanto que excluye otros
aspectos de los frutos de la caridad, a saber: misericordia, gozo, paz,
generosidad, amistad y comunión (ver CIC 1829).
Cuando
los cristianos no viven la plenitud de los frutos de la caridad, se convierte
en una fuente de auténtico escándalo y confusión para no cristianos y
cristianos por igual. El escándalo de un amor cristiano incompleto hace que las
personas de alejen de Jesús y las acerca a la visión parcial del amor del mundo
exterior.
Toda
la confusión en torno al amor es uno de los motivos por los que he tenido
dificultades para vivir la virtud de la caridad en el convento. El énfasis del
mundo en la amabilidad a menudo me conduce a preguntarme si me falta amor
cuando soy “antipática”. Y el énfasis de algunos cristianos sobre la corrección
fraternal me conduce a pensar que no estoy amando al prójimo si no le estoy
corrigiendo constantemente.
Cualquiera
de estas perspectivas, si le falta equilibrio, está incompleta, lo cual puede
originar graves obstáculos para la vida espiritual. Por un lado, si tememos
hacer sacrificios y nos desafiamos a nosotros mismos y a los demás, quizás nos
encontremos que caemos en una falsa bondad y en un amor de comodidad que no se
parece en nada al amor real. Por otro lado, si nos centramos en exceso en
detallar los defectos de los demás en vez de amarlos, quizás nos volvamos
sentenciosos.
Sin
equilibrio, nos quedamos atrapados en nuestros instintos y nuestro amor se
paraliza. Vivir solamente por la amabilidad es vivir superficialmente. Vivir
por la verdad divorciada del amor —que no es en absoluto verdad— es terminar
frustrado, sintiéndose incomprendido y aislado de los demás (y poco de lo que
hacemos influye en el comportamiento de aquellos a quienes nos gustaría
corregir).
En
medio de esta confusión, el poder del Evangelio y de la gracia de nuestro
Bautismo queda, en cierto modo, neutralizado, algo que debe complacer
en gran medida al diablo.
Así
que, la pregunta se me sigue presentando: “¿Cómo puedo vivir la auténtica
caridad cristiana?”. ¿Cuál es el mecanismo que trae equilibrio tanto para la
bondad como para la verdad?
Thomas
Merton escribió una vez: “Nuestro crecimiento en Cristo es crecimiento en
caridad”. A medida que los años pasan en el convento, una cosa ha quedado más
clara: no puedo vivir la caridad real yo sola. Abandonada a mis propios medios,
mis actos de amor a menudo enmascaran intenciones egoístas. Pero la virtud de
la caridad es una participación en el amor de Dios mismo.
Crecer
en la virtud es, pues, crecer en la vida de Dios. Hacer eso siempre implica
rendir las preocupaciones o los intereses propios. Por consiguiente, rendirse es
ese mecanismo que nos falta; nos ofrece el equilibrio necesario que autentica
nuestra caridad cristiana. Solo la caridad desinteresada de uno mismo —de los
sentimientos propios o de la necesidad propia de sentirse victorioso de alguna
forma— puede ser realmente “verdadera”.
El
amor exige un acto de voluntad, pero también requiere una rendición sincera y
completa a la acción de Dios en nuestro interior. Esto desata la gracia. Lo que
separa a una persona caritativa de otra que no lo es no es que una sea perfecta
y la otra imperfecta: todos estamos rotos y somos egoístas de alguna forma. Sin
embargo, cuando una persona ha hecho algo verdaderamente caritativo, es porque
ha rendido sus “recipientes de barro” (2 Cor 4,7) sin esperar la gracia de
Dios, de modo que pueda fluir libremente y obrar libre de cargas en ella, por
el bien del prójimo.
Cualquiera puede
ser caritativo con la ayuda de Dios. Cualquier puede convertirse en un conducto
de gracia, a través de la caridad, ya sea esa caridad “bondadosa” o
“correctora”. Requiere una rendición al equilibrio que Cristo ejemplifica para
nosotros en el Evangelio, que nuestro amor se arraigue en la Verdad y que
nuestra verdad se temple con Amor.
Theresa Noble
Fuente:
Aleteia
