Ha venido a transformarnos según la imagen de Cristo y convertirnos en la prueba de que el hombre está hecho no sólo del polvo de la tierra, sino del soplo divino
La Pascua es el tiempo idóneo para administrar el sacramento de la
confirmación. Como obispo, no ceso de confirmar a adolescentes y jóvenes que se
han preparado con catequesis adecuadas a su edad.
Confieso, sin embargo, que
cada vez me resulta más difícil hablarles sobre el Espíritu Santo, la tercera
persona de la Trinidad. Si ya es difícil explicar qué es lo espiritual del
hombre, tan saturado por lo material, ¿qué entenderán —me pregunto— cuando hablamos
del Espíritu Santo?
Pero, ¿y el Espíritu? ¿Cómo imaginarlo? Hablando con Nicodemo,
Jesús le dice: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes
de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». ¿Cómo
explicar esto al hombre de hoy? ¿Qué significa nacer del Espíritu?
La crisis de interioridad, típica de nuestro tiempo, y
diagnosticada con tanta precisión por el filósofo Sciacca, ha dejado al hombre
inerme ante sí mismo. No se conoce, no sabe quedarse solo y pensar, le abruma
el silencio. Los jóvenes no saben vivir sin cascos ni auriculares, convertidos
en apéndices necesarios de su naturaleza. Viven en una permanente extroversión
de sí mismos y absorbidos por los
móviles, tablets y playstations. ¿Cómo hacerles sensibles a su mundo interior,
a su espíritu? ¿Cómo educarles en la espiritualidad? ¿Qué les sugiere esta
palabra?
En la teología de san Pablo se distingue entre el «espíritu» del
hombre y el «Espíritu» de Dios, la tercera persona de la Trinidad. Según su
pensamiento, el hombre, en cuanto ser espiritual, está preparado para recibir
el Espíritu de Dios, pero necesita hacerse consciente de su propio espíritu, descubrir
su propio «hombre interior» donde habita la verdad. Y sabemos que esto no lo
favorece nuestra cultura y sociedad. Hagamos la prueba y preguntemos a los
chicos qué saben de sí mismos, de su realidad interior. La respuesta es el
silencio. Al menos, esa es mi experiencia.
Vuelvo al comienzo de mi reflexión. Entonces, ¿hay que renunciar a
hablar del Espíritu Santo? En absoluto; pero necesitamos una pedagogía
especial. Cuando Jesús habla de él, lo presenta como «paráclito», el que viene
en nuestra ayuda; «consolador», que alivia nuestra orfandad vital; lo llama
«espíritu de la Verdad». ¿Qué haríamos sin él? Pero advierte también que el «mundo»
—en cuanto estructura de pecado— no lo ve ni lo conoce.
No seamos ingenuos: para conocer al Espíritu Santo y recibirlo, hay
que estar prevenidos y saber que hay una poderosa oposición al Espíritu por
parte de las estructuras pecaminosas de este mundo, la misma oposición que hay
frente a Cristo. La Iglesia, los obispos, y los cristianos debemos hablar del Espíritu,
pero la mejor pedagogía es vivir de él y en él, de modo que nuestra vida sea de
hecho espiritual, significativa de su verdad y belleza, porque para eso ha
venido: para hacernos «espirituales» (no ñoños, ni simplemente piadosos).
Ha venido a transformarnos según la imagen de Cristo y
convertirnos en la prueba de que el hombre está hecho no
sólo del polvo de la tierra, sino del soplo divino, del aliento del Resucitado,
que hace al hombre reconocerse a sí mismo como hijo de Dios y hermano de
Cristo, y vivir bajo el poderoso dinamismo del Espíritu que sopla donde quiere
renovando el mundo.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
