El silencio de Jesús en
su vida se convierte en mi camino
En
mi vida me he preguntado a menudo por el aparente silencio de Dios. Guardo
silencio para escuchar a Dios y Él parece callar en mi silencio. Ocurren
desgracias en mi vida, cargo cruces pesadas, me veo desprovisto del honor,
sufro la enfermedad, y Él calla. No evita mis pérdidas ni mis fracasos.
En
la película El silencio, decía el protagonista: “¿Por qué sigues Tú
en silencio? Tú tienes que saberlo. Tú sabes que ese campesino tuerto ha
muerto, y que ha muerto por ti. Y entonces, ¿por qué consientes que continúe la
calma? Esta calma absoluta del mediodía. Cosas de las que apartas la mirada,
como si te tuvieran sin cuidado las cosas estúpidas y crueles. Eso, eso es lo
que no puedo soportar”[1].
Puede
ser que en esos momentos de oscuridad y silencio me falte fe. Dejo de
creer en un Dios que parecer amarme con locura pero no salva mi vida. No
salva a los que amo. Si de verdad me ama tanto, ¿por qué calla?
Su
silencio es ausencia de gestos de amor. No impide las desgracias. ¿Por qué
permite tantas cosas malas en mi vida? ¿Por qué tolera impasible mi
muerte?
Ese
silencio de Dios siempre me conmueve. En una sala de hospital, cuando iba a
llevar la unción a un hombre que estaba muriendo, su hija me espetó: “¿Por
qué Dios es tan injusto?”. No supe qué decir.
Verdaderamente
el mundo no es justo. Hay personas a las que todo les resulta bien. Y otros que
sufren desgracias continuamente. Y pienso en una justicia que no existe en el
mundo. Y no entiendo por qué Dios no lo soluciona. Duele a veces su aparente
silencio.
Tengo
tantas preguntas sin respuesta en medio de mi vida… Cargo con ellas. En el
cielo encontraré respuestas. El silencio de Dios me incomoda.
El
sacerdote de la película antes mencionada en una escena final se enfrenta a
Dios: “Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio”. Y Dios le
responde: “No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo. Cuando tú
sufres, Yo sufro a tu lado. Estaré a tu lado hasta el final”[2].
Sé
que su silencio aparente es presencia. No me deja solo aunque a veces
dude. Pero está en silencio cuando sufro. Cargando conmigo el madero.
Una
persona rezaba: “Señor, hay muchas cosas que me alteran, que me producen
inestabilidad interior. Sé que ante la injusticia dejaste que te apresaran los
soldados y no pusiste barreras humanas buscando seguridad. Te dejaste apresar y
ese fue el camino. Sé que ante los que te juzgaban injustamente permaneciste
callado, sin rebatir la ofensa y ese fue el camino. Sé que corregiste al
que te defendió con la espada, y ese fue el camino. Haz que crezca en mí
el abandono. Dame fuerzas para vivir desgastándome cada día, valorando mi
entrega silenciosa. Dame alegría en el sacrificio, medible en obras de
amor. Dame fidelidad en la pobreza, amor en la austeridad, amor en la cruz”.
El
silencio de Jesús en su vida se convierte en mi camino. No quiero gritar
ante las injusticias. Rebelarme ante las desgracias. Guardo silencio. Me
levanto y vuelvo a empezar. No está todo perdido. No vivo quejándome. Siempre
de nuevo lucho, sin ira, sin justificaciones.
Lo
que Dios no quiere es mi silencio ante el mal, ante la injusticia. No grito
ante tanta injusticia. Pero tampoco quiero vivir un silencio culpable. No
callo cuando puedo contribuir con mi amor, con mi vida, a que haya más paz y
justicia en este mundo. No quiero guardar un silencio cobarde.
Decía
Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el
silencio de la gente buena”. Mi silencio sí que es culpable cuando puedo
hacer algo. No quiero mi huida del que sufre. No quiero cerrar la puerta
de mi corazón.
Como
decía Jean Vanier: “Ante el sufrimiento la gente se va. No soportan el
sufrimiento humano. Uno se encierra en su burbuja. Aproximarse al que sufre se
convierte en peligroso. Porque si me hago tu amigo, quizás tenga que quedarme
más tiempo contigo. Visitarte más a menudo. El sufrimiento del otro nos
molesta”.
¿Qué
hago yo por los que sufren? ¿Cómo hago que su dolor sea menor? ¿Qué medios
pongo a su servicio?
A
veces guardo silencio ante el sufrimiento de los demás. Me incomoda que otros
sufran pero prefiero permanecer en mi comodidad. Como siento que no puedo
paliar todo el sufrimiento del mundo, no hago nada por aliviar esa parte que sí
me toca.
Tengo
miedo de cargar con el dolor de otros. Por eso callo y me alejo impotente,
confundido, cobarde.
A
veces me siento culpable por mis omisiones. Otras veces huyo, dejo de ver el
dolor y me alegra que sean otros los que actúan. Mi omisión es ausencia de
misericordia. No soporto sufrir y tampoco cargar el sufrimiento de los otros.
Prefiero dejar que sufran solos. Prefiero que sufran, pero lejos de mí.
Por
eso necesito abrir la puerta al que sufre. Acercarme. Cambiar mi forma de
enfrentar la vida. Dejarme tocar por ese dolor incómodo. Comenta el papa
Francisco en la motivación para la Cuaresma: “La cuaresma es un tiempo
propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en
ella el rostro de Cristo”.
Este
tiempo de conversión me invita a no guardar un silencio culpable ante el
sufrimiento, ante la injusticia. No quiero callar ante el que sufre. No quiero
permanecer quieto ante lo injusto.
Quiero
actuar. Que con mis gestos de amor se manifieste la voz de Jesús en medio del
sufrimiento. Que con mi amor calme el dolor de los hombres. Mi silencio
culpable no da paz a nadie.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia
