El Papa Francisco encargó
la preparación de las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo 2017
a la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, que decidió hacer algunas
innovaciones en la estructura del mismo
A
continuación publicamos el texto completo de las meditaciones que se usarán en
el Vía Crucis que presidirá el Santo Padre el día 14 de abril:
Introducción
La
hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y
Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por
la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la
colina del Gólgota. Hoy la cruz cierra el
camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá.
El
amor de Dios alcanza aquí su medida más alta, sin medida.
Hoy,
el amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del
Hijo, llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde
estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra
religiosidad.
En
el Gólgota, en efecto, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata,
no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del
amor.
Y
precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y
dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las
tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles,
en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes…
Tantas
lágrimas, tanta miseria en el cáliz que el Hijo bebe por nosotros.
Tantas
lágrimas, tanta miseria, que no se han de perder en el océano del tiempo, sino
que él las recoge para transfigurarlas con el misterio de un amor que devora el
mal.
El
Gólgota tiene que ver con la fidelidad indestructible de Dios a la humanidad.
Lo
que allí se cumple es un nacimiento.
Debemos
tener el valor de decir que la alegría del Evangelio es la verdad de ese
momento.
Si
no llegamos a entender esa verdad, entonces quedaremos atrapados en las redes
del sufrimiento y de la muerte. Y la Pasión de Cristo no dará fruto en
nosotros.
Oración
Señor,
nuestros ojos no tienen luz. Y, ¿cómo acompañarte hasta tan lejos?
«Misericordia»
es tu nombre. Pero este nombre es una locura.
Que
se rompan los odres viejos de nuestros corazones.
Sana
nuestros ojos para que se llenen de luz con la buena noticia del Evangelio, cuando
estemos al pie de la Cruz de tu Hijo.
Y
así celebraremos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3, 18)
del amor de Cristo, con el corazón consolado e iluminado.
Primera Estación: Jesús es
condenado a muerte
Lectura del santo
Evangelio según san Lucas
Cuando
se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los
sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín (22, 66).
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos
Y
todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole
la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban
bofetadas (14, 64-65).
Meditación
No
tuvieron que discutir mucho los miembros del Sanedrín para pronunciarse. Desde
hacía ya mucho tiempo la causa estaba decidida. Jesús debe morir.
Así
pensaban ya aquellos que querían despeñarlo desde lo alto de la colina, aquel
día en que, en la sinagoga de Nazaret, Jesús había desenrollado el libro
proclamando en primera persona las palabras del libro de Isaías: «El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, […] para proclamar el año de
gracia del Señor» (Lc 4, 18.19).
Desde
que curó al paralítico en la piscina de Betesda, inaugurando el sábado de Dios
que libera de toda esclavitud, las murmuraciones homicidas se desataron contra
él (cf. Jn 5, 1-18).
Y
en la última parte del camino, cuando subía hacia Jerusalén para la Pascua, el nudo
de la soga se fue estrechando inexorablemente: no escaparía más a sus enemigos
(cf. Jn 11, 45-57).
Pero
hemos de remontarnos más lejos en el recuerdo. Desde Belén, desde el día de su
nacimiento, Herodes había decretado su muerte. La espada de los esbirros del
rey usurpador exterminó a los niños de Belén. En aquella ocasión, Jesús escapó
a su furia. Pero sólo por un poco de tiempo. Él ya no era más que una vida en
suspenso. En el llanto de Raquel por sus hijos, que ya no están, resuena,
sollozando, la profecía del dolor que Simeón anunciará a María (cf. Mt 2,
16-18; Lc 2, 34-35).
Oración
Señor
Jesús, Hijo predilecto, que viniste a visitarnos caminando entre nosotros y
haciendo el bien, devolviendo a la vida a los que habitaban en sombras de
muerte, tú conoces nuestros corazones retorcidos.
Nosotros
decimos que amamos el bien y queremos la vida. Pero somos pecadores y cómplices
de la muerte.
Nos
proclamamos discípulos tuyos, pero emprendemos caminos que se pierden lejos de
tus designios, lejos de tu justicia y de tu misericordia.
No
nos abandones a nuestra violencia.
Que
tu paciencia con nosotros no se agote.
Líbranos
del mal.
Pater noster
«Pueblo
mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme!»
Segunda Estación: Jesús es
negado por Pedro
Lectura del santo Evangelio
según san Lucas
Y
pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba
con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y
enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose,
le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le
había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y,
saliendo afuera, lloró amargamente (22, 59-62).
Meditación
Alrededor
de un fuego, en el patio del Sanedrín, Pedro y alguno más buscan calentarse en
aquellas frías horas de la noche, atravesada por un febril ir y venir de gente.
Dentro, la suerte de Jesús está a punto de decidirse en el cara a cara con sus
acusadores. Pedirán su muerte.
Como
una marea que sube, la hostilidad va creciendo a su alrededor. Con la misma
rapidez con que arde la estopa, el odio crece y se multiplica. Muy pronto una
muchedumbre vociferante exigirá a Pilato la gracia para Barrabás y la condena
de Jesús.
Es
difícil declararse amigo de un condenado a muerte sin sentirse estremecido por
el miedo. La fidelidad intrépida de Pedro sucumbe ante las palabras recelosas
de la sierva, la portera de la casa.
Reconocerse
discípulo del rabí galileo sería darle más importancia a la fidelidad a Jesús
que a la propia vida. Cuando se exige tener un valor semejante, la verdad no
encuentra fácilmente testigos… Los hombres están hechos de tal manera que
muchos prefieren la mentira a la verdad; y Pedro pertenece a nuestra humanidad.
Traiciona por tres veces. Después se cruza con la mirada de Jesús. Y sus
lágrimas caen amargas y sin embargo dulces, como agua que lava la suciedad.
Muy
pronto, después de algunos días, cerca de otro fuego, en la orilla del lago,
Pedro reconocerá a su Señor resucitado, que le confiará el cuidado de sus
ovejas. Pedro aprenderá el perdón sin medida que el Resucitado proclama sobre
todas nuestras traiciones. Y empezará a vivir una fidelidad que, desde ese
momento, le llevará a aceptar su propia muerte como una ofrenda unida a la de Cristo.
Oración
Señor,
Dios nuestro, tú has querido que fuera Pedro, el discípulo renegado y
perdonado, el que recibiera el encargo de guiar a tu grey.
Graba
en nuestros corazones la confianza y la alegría de saber que, contigo, podemos
atravesar los precipicios del miedo y la infidelidad.
Haz
que, instruidos por Pedro, todos tus discípulos sean testigos de tu mirada
sobre nuestras caídas. Que nunca nuestras resistencias y nuestras
desesperaciones hagan que la Resurrección de tu Hijo sea en vano.
Pater noster
Cristo
muerto por nuestros pecados,
Cristo
resucitado para vida nuestra,
te
rogamos, ten piedad de nosotros.
Tercera Estación: Jesús y
Pilato
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos
Apenas
se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el
Sanedrín en pleno, hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron
a Pilato. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato, queriendo
complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo
entregó para que lo crucificaran (15, 1.3.15).
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo
Al
ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un
tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente
de esta sangre. ¡Allá vosotros!» (27, 24).
Lectura del libro del
profeta Isaías
Todos
errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él
todos nuestros crímenes (53, 6).
Meditación
La
Roma de César Augusto, la nación civilizadora, cuyas legiones se proponen la
misión de conquistar a los pueblos para llevarles los beneficios de su justo
orden.
Roma,
presente también en la Pasión de Jesús en la persona de Pilato, el
representante del Emperador, el garante del derecho y de la justicia en tierra
extranjera.
Y,
sin embargo, el mismo Pilato, que afirma no haber encontrado ninguna culpa en
Jesús, es el que ratifica su condena a muerte. En el pretorio, donde Jesús es
procesado, la verdad resplandece: la justicia de los paganos no es superior a
la del Sanedrín de los Judíos.
Verdaderamente
este Justo, que extrañamente atrae sobre sí los propósitos homicidas del
corazón humano, reconcilia a judíos y paganos. Pero lo lleva a cabo, por ahora,
haciendo que los dos sean cómplices en su muerte. Sin embargo, llega la hora,
es más, está ya cerca, en que este Justo los reconciliará de otro modo, por
medio de la Cruz y de un perdón que alcanzará a todos, judíos y paganos, los
curará de sus cobardías y los librará de su violencia.
La
única condición para tener parte en este don será confesar la inocencia del
único Inocente, el Cordero de Dios inmolado por el pecado del mundo; renunciar
a la presunción que murmura dentro de nosotros: «Soy inocente de la sangre de
este hombre»; declararse culpables, con la seguridad de que un amor infinito
nos envuelve a todos, judíos y paganos, y de que Dios nos llama a todos a ser
sus hijos.
Oración
Señor,
Dios nuestro, ante Jesús entregado y condenado, no sabemos hacer otra cosa que
disculparnos y acusar a los demás. Durante mucho tiempo los cristianos hemos
cargado sobre tu pueblo Israel el peso de tu condena a muerte. Durante mucho
tiempo hemos ignorado que todos debíamos reconocernos cómplices en el pecado,
para poder ser salvados por la sangre de Jesús crucificado.
Concédenos
reconocer en tu Hijo al Inocente, el único de toda la historia. Él, que ha
aceptado hacerse «pecado en favor nuestro» (cf. 2 Co 5, 21),
para que por él tú pudieras encontrarnos de nuevo, humanidad recreada en la
inocencia con la que nos creaste, y en la que nos haces hijos tuyos.
Pater noster
Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Cuarta estación: Jesús rey
de la gloria
Lectura del santo
Evangelio según san Marcos
Los
soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a
toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que
habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!»
(15, 16-18).
Lectura del libro del
profeta Isaías
Creció
en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un
hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los
rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó
nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado
(53, 2-4).
Meditación
Banalidad
del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños
violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas
las épocas de la historia.
Sin
refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible
cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono
de los humillados y de los más marginados.
Pero,
¿de qué nos sirve el sufrimiento de otro inocente más?
Aquel,
que es uno como nosotros, es antes de nada el Hijo predilecto del Padre, que
con su obediencia cumple toda justicia.
Y,
de repente, todos los signos se invierten. Las palabras y los gestos de burla
de sus torturadores nos desvelan —oh absoluta paradoja— una insondable verdad,
la de la auténtica y única realeza, que se ha manifestado como un amor que no
quiere conocer nada más que la voluntad del Padre y su deseo de que todos los
hombres se salven. «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, […]. Entonces yo
digo: “Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad”» (Sal 40,
7-9).
Esta
hora del Viernes Santo nos lo proclama: hay una sola gloria en este mundo y en
el otro, la de conocer y cumplir la voluntad del Padre. Ninguno de nosotros
puede ambicionar una dignidad más alta que la de ser hijo en aquel que se ha
hecho obediente por nosotros hasta la muerte en cruz.
Oración
Señor,
Dios nuestro, te pedimos que en este día santo en el que se cumple tu designio
destruyas nuestros ídolos y los del mundo. Tú que conoces su poder sobre
nuestras mentes y nuestros corazones.
Destruye
nuestras falsas figuras del éxito y de la gloria.
Destruye
las imágenes que siempre resurgen en nosotros de un Dios a medida de nuestros
pensamientos, un Dios distante, tan alejado del rostro que se ha revelado en la
alianza y que se manifiesta hoy en Jesús, más allá de cualquier previsión, por
encima de toda esperanza. Él, que confesamos como el «reflejo de [tu] gloria» (Hb 1,
3).
Haz
que entremos en el gozo eterno, que nos hace aclamar a Jesús, revestido de
púrpura y coronado de espinas, como el rey de la gloria que canta el salmo:
«¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a
entrar el Rey de la gloria» (24, 9).
Pater noster
«¡Portones!,
alzad los dinteles,
que
se alcen las antiguas compuertas:
va
a entrar el Rey de la gloria.
Quinta estación: Jesús con
la cruz a cuestas
Lectura del libro de las
Lamentaciones
Vosotros,
los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me
atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira (1, 12).
Salmo 146
Dichoso
a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios […]. El
Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor
endereza a los que ya se doblan, […] el Señor guarda a los peregrinos, sustenta
al huérfano y a la viuda (5.7-8.9).
Meditación
Por
el áspero camino del Gólgota, Jesús no ha llevado la cruz como un trofeo. En
nada se asemeja a los héroes de nuestra fantasía que triunfantes derriban a sus
malvados enemigos.
Camina
paso a paso, el cuerpo siempre más pesado y más lento. Siente su carne
destrozada por el leño del suplicio, las piernas debilitadas bajo la carga.
De
generación en generación, la Iglesia ha meditado
sobre esta vía llena de tropiezos y caídas.
Jesús
cae, se levanta, vuelve a caer, retoma el agotador camino, probablemente bajo
los golpes de los guardias que lo escoltan, porque así es como son tratados,
maltratados, los condenados en este mundo.
Él,
que levantó a los cuerpos postrados, que enderezó a la mujer encorvada, que
arrancó del lecho de la muerte a la hija de Jairo y puso en pie a los
afligidos, hoy está ahí, hundido en el polvo.
El
Altísimo está en el suelo.
Fijemos
la mirada en Jesús. A través de él, el Altísimo nos enseña que es, al mismo
tiempo —increíblemente—, el más Humilde, dispuesto a descender hasta nosotros,
incluso más abajo si fuera necesario, de modo que ninguno se pierda en los
bajos fondos de su propia miseria.
Oración
Señor,
Dios nuestro, tú desciendes a la profundidad de nuestra noche, sin poner
límites a tu humillación, porque es allí que encuentras la tierra a menudo
ingrata, y a veces devastada, de nuestra vida.
Te
suplicamos que ayudes a tu Iglesia para que sepa mostrar cómo el Altísimo y el
más Humilde son en ti un único rostro. Concédele que lleve la buena noticia del
Evangelio a todos los que tropiezan y caen, que no hay caída que pueda
apartarnos de tu misericordia; que no hay extravío ni abismo suficientemente
profundo en el que no puedas encontrar a quien se ha perdido.
Pater noster
He
aquí que vengo para hacer tu voluntad.
Sexta estación: Jesús y
Simón de Cirene
Lectura del santo
Evangelio según san Lucas
Mientras
lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo,
y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús (23, 26).
Lectura del santo
Evangelio según san Mateo
«Señor,
¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?;
¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo
te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» (25, 37-39).
Meditación
Jesús
tropieza por el camino, la espalda aplastada bajo el peso de la cruz. Pero es
necesario continuar, caminar, seguir caminando, porque la meta del pelotón de
soldados, que apremia a Jesús, es el Gólgota, el siniestro «lugar de la
Calavera», fuera de los muros de la ciudad.
En
ese momento, pasa por ahí un hombre, de brazos fuertes. Parece ajeno a lo
ocurrido aquel día. Está volviendo a casa, sin saber lo que le ha sucedido al
«rabí» Jesús, cuando los guardias le ordenan que lleve la cruz.
¿Qué
sabría de aquel condenado que los guardias empujaban al suplicio? ¿Qué
conocería de aquel que «no parecía hombre» (52, 14), como el siervo desfigurado
de Isaías?
Nada
se nos dice de su sorpresa, de su posible rechazo inicial, del sentimiento de
compasión que lo invadió. El Evangelio sólo ha conservado la memoria de su
nombre, Simón, oriundo de Cirene. Pero el Evangelio ha querido hacernos llegar
el nombre de este libio y su humilde gesto de ayuda para enseñarnos cómo Simón,
aliviando el dolor de un condenado a muerte, ha aliviado el dolor de Jesús, el
Hijo de Dios, con el que se cruzó en su camino, en esa condición de esclavo que
había asumido por nosotros, por él, por la salvación del mundo. Sin que él lo
supiese.
Oración
Señor,
Dios nuestro, tú nos revelaste en cada pobre que está desnudo, prisionero,
sediento, tú nos visitas y que en él es a ti a quien acogemos, visitamos,
vestimos, calmamos la sed: «Fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y
me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a
verme» (Mt 25, 35-36). Misterio de tu encuentro con nuestra
humanidad. Así llegas a cada hombre. Ninguno está excluido de este encuentro,
si acepta ser un hombre de compasión.
Como
una ofrenda santa, nosotros te presentamos todos los gestos de bondad, de
acogida, de dedicación que cada día se realizan en este mundo. Dígnate
reconocerlos como la verdad de nuestra humanidad, que habla más fuerte que
todos los gestos de rechazo y de odio. Dígnate bendecir a los hombres y a las
mujeres de compasión que te dan gloria, aun cuando no saben todavía pronunciar
tu nombre.
Pater noster
Cristo
muerto por nuestros pecados,
Cristo
resucitado para nuestra vida,
Te
rogamos, ten piedad de nosotros.
Séptima estación: Jesús y
las hijas de Jerusalén
Lectura del santo
Evangelio según san Lucas
Lo
seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y
lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de
Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, […]
porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (23, 27-28.31).
Meditación
El
llanto que Jesús confía a las hijas de Jerusalén como un gesto de compasión,
este llanto de las mujeres no falta nunca en este mundo.
Baja
silenciosamente por las mejillas de las mujeres. Y, probablemente más a menudo,
de forma invisible en su corazón, como las lágrimas de sangre de las que
hablaba Catalina de Siena.
No
es que las lágrimas correspondan de forma exclusiva a las mujeres, como si su
destino en la historia fuese el de llorar, pasiva e impotentemente, mientras
que son los hombres los que la escriben.
En
efecto, sus llantos son también, y sobre todo, aquellos que ellas recogen lejos
de toda mirada y de todo reconocimiento, en un mundo en el que hay mucho que
llorar. El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de
batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos
en el umbral de lo desconocido. El llanto de perdición que corre por el rostro
de este mundo, que fue creado en el primer día por lágrimas de alegría,
mientras el hombre y la mujer exultaban de júbilo.
Y
también Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de
la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de
la vida, nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su
camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la
miseria de sus hijos. En el infierno que
invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: «Voy a tratar de ayudarte», le
dice. Qué audacia tan femenina y tan divina.
Oración
Señor,
Dios nuestro, Dios de ternura y de piedad, Dios lleno de amor y fidelidad,
enséñanos, en los días felices, a no despreciar las lágrimas de los pobres que
claman a ti y que nos piden ayuda. Enséñanos a no pasar indiferentes junto a
ellos. Enséñanos a tener el valor de llorar con ellos. Enséñanos también, en la
noche de nuestros sufrimientos, de nuestras soledades, de nuestras
desilusiones, a escuchar la palabra de gracia que tú nos revelaste en el monte:
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5, 5).
Pater noster
Cristo
muerto por nuestros pecados,
Cristo
Resucitado para vida nuestra,
Te
rogamos, ten piedad de nosotros
Fuente: ACI Prensa




