El encuentro con el Papa en el estadio de San Siro
Transcripción de las
preguntas y las respuestas de Francisco en el encuentro con los chicos y chicas
en el estadio de San Siro
Hola, yo soy Davide y vengo de Cornaredo. Quería hacerle una
pregunta: ¿A Usted, cuando tenía nuestra edad qué le ayudó a hacer que creciera
su amistad con Jesús?
Buenas tardes, Davide
hizo una pregunta muy simple, y que para mí es fácil de responder, porque solo
tengo que hacer un poco de memoria, de memoria de los tiempos en los cuales yo
tenía la edad de ustedes. Son tres cosas, pero con un hilo que las une.
Lo
primero que me ayudó fueron los abuelos. Pero ¿cómo, padre, los abuelos pueden
ayudar a que crezca la amistad con Jesús. ¿Pueden o no pueden, qué piensan
ustedes? Pero los abuelos son viejos. ¿No son viejos? Son viejos, y los abuelos
son de otra época, los abuelos no saben usar la computadora, no tienen
teléfono.
Pregunto otra vez: ¿Los abuelos pueden ayudarnos a crecer en la
amistad con Jesús? Sí. Y esta fue mi experiencia. Los abuelos me hablaron
normalmente sobre las cosas de la vida, un abuelo era carpintero y me enseñó
cómo con el trabajo Jesús aprendió el mismo oficio. Y así, cuando yo veía al
abuelo pensaba en Jesús. El otro abuelo, me decía que nunca me fuera a dormir
sin decirle una palabra a Jesús. Decir “Buenas Noches”. La abuela me enseñó a
rezar, también la mamá, la otra abuela lo mismo. Pero es importante esto. Los
abuelos tienen sabiduría de la vida. ¿Qué tienen los abuelos?Tienen sabiduría
de la vida y ellos con esa sabiduría nos enseñan cómo acercarnos a Jesús.
Conmigo lo hicieron.
Primero los abuelos. Un
consejo: hablen con los abuelos, hablen, háganles todas las preguntas que
quieran, escuchen a los abuelos. Es importante en estos tiempos hablar con los
abuelos. ¿Entendieron? Y ustedes, los que tengan vivos a sus abuelos, ¿harán un
esfuerzo para hablar con ellos, preguntarles? ¿Harás este esfuerzo, este
trabajo? ¿Lo harán? Los abuelos. Y luego me ayudó mucho jugar con los amigos,
porque jugar bien, jugar y sentir la alegría del juego con los amigos, sin
insultarse, y pensar que así jugaba Jesús. Y les pregunto, ¿Jesús jugaba o no?
Pero era Dios , ¿no puede jugar? Sí, Jesús jugaba. Y jugaba con los demás y a
nosotros nos hace bien jugar con los amigos. Porque cuando el juego es limpio,
se aprende a respetar a los demás, se aprende a hacer el equipo, a trabajar
todos juntos, y esto nos une a Jesús. Pero jugar con los amigos.
Es una cosa que creo que
alguno de ustedes dijo: pelearse con los amigos, ¿ayuda a conocer a Jesús?
¿Cómo? No. Y si uno se pelea, porque es normal pelearse, después hay que pedir
perdón y se acaba la historia. Está claro. A mí me ha ayudado mucho jugar con
los amigos. Y una tercera cosa que me ayudó a crecer en la amistad con Jesús es
la parroquia, el oratorio, ir a la parroquia, ir al oratorio, reunirme con los
demás, esto es importante.A ustedes les gusta ir a la parroquia? ¿Les gusta,
pero digan la verdad, ir a misa? No estoy seguro, ¿eh? ¿Les gusta ir al
oratorio? Ahhh, esta sí les gusta. Y estas tres cosas harán de verdad, es un
consejo que les doy, les harán crecer en la amistad con Jesús. Hablar con los
abuelos, Jugar con los amigos. E ir a la parroquia y al oratorio, porque con
estas cosas tú rezarás más. Y la oración es ese hilo que une estas tres cosas.
¡Gracias!»
Buenas tardes, somos Mónica y Alberto y somos padres de tres
chicos y la última recibirá la confirmación. La pregunta es esta: ¿cómo
transmitir a nuestros hijos la belleza de la fe? A veces es difícil sin
volverse incluso autoritarios ¿Qué palabras usar?
«Yo estas preguntas ya
las tenía y, sí, porque.... Ustedes me las mandaron y para ser claro en la
respuesta he tomado algunos apuntes y he escrito algunas cosas. Y ahora me
gustaría responderles a Mónica y a Alberto. Creo que esta es una de las
preguntas clave, la transmisión de la fe. Que toca a nuestra vida como padres,
como pastores, como educadores. Y me gustaría hacérsela a ustedes. Los invito a
recordar cuáles han sido las personas que han dejado una huella en su fe y qué
de ellas se les ha quedado impreso. Lo que me preguntaron los niños ahora se lo
pregunto a ustedes. Cuáles, las personas, las situaciones, las cosas que les
han ayudado a crecer en la fe. La transmisión de la fe. Los invito a ustedes,
padres, a convertirse, con la imaginación, por unos minutos nuevamente en hijos
y a recordad a las personas que les ayudaron a creer ¿Quién me ayudó a creer?
¿El padre, la madre, los abuelos, una catequista, una tía, el párroco, un
vecino?, quién sabe... Todos llevamos en la memoria, pero especialmente en el
corazón, a alguien que nos ayudó a creer.
Ahora, les pongo un
reto. Un momentito de silencio, y cada uno que piense: ¿quién me ha ayudado a
creer? Y yo respondo por mi parte, y para decir la verdad, debo volver con mi
recuerdo a Lombardía. A mí me ayudó a creer, a crecer tanto en la fe un
sacerdote lodigiano, de la diócesis de Lodi, un buen cura, que me bautizó y
luego durante toda mi vida yo iba a verlo, algunas veces más seguido y otras no
tanto, y me ha acompañado hasta la entrada al noviciado. Y esto se lo debo a
ustedes los lombardos. ¡Gracias! Y nunca me olvido de ese sacerdote, nunca,
nunca. Era un apóstol del confesionario, misericordioso, bueno, trabajador, y
así me ayudó a mí a crecer. Cada uno pensó en una persona y yo les he contado
la mía. Se preguntarán el porqué de este pequeño ejercicio.
Nuestros hijos nos ven
constantemente, aunque no nos demos cuenta, ellos nos observan todo el tiempo y
aprenden mientras tanto. “Los niños nos observan”, creo que es el título de una
película de Vittorio Di Sica del 43, búsquenlo (entre paréntesis, a mí me
gustaría decir que esas películas italianas de después de la guerra fueron una
verdadera catequesis de humanidad. Cierro el paréntesis). Los niños nos
observan, y ustedes no se imaginan la angustia que siente un niño cuando los
padres se pelean: sufren. Y cuando los padres se separan, la cuenta la pagan
ellos, los niños. Cuando se trae un hijo al mundo, tienen ustedes que tener
conciencia de esto. Nosotros tomamos la responsabilidad de hacer que crezcan en
la fe estos niños. Les ayudará leer “Amoris Laetitia”, sobre todo el capítulo,
sobre la familia, el capítulo cuarto, que es clave; pero no se olviden: cuando
ustedes se peleen, los niños sufren, y no crecen en la fe.
Los niños conocen
nuestras alegrías, nuestras tristezas y preocupaciones. Logran captar todo, se
dan cuenta de todo, y, puesto que son muy intuitivos, sacan sus conclusiones y
sus enseñanzas. Saben cuándo les ponemos trampas y cuándo no. Lo saben. Son muy
listos. Por ello, una de las primeras cosas que les diría es: cuídenlos, cuiden
sus corazones, sus alegrías y sus esperanzas. Los “ojitos” de sus hijos, poco a
poco, van memorizando y leyendo con el corazón cómo la fe es una de las mejores
herencias que ustedes han recibido de sus padres, de sus abuelos. Se dan
cuenta. Demuéstrenles cómo la fe los ayuda a salir adelante, a afrontar muchos
dramas que tenemos no con una actitud pesimista, sino con confianza, este es el
mejor testimonio que podemos darles. Hay un dicho: “Las palabras se las lleva
el viento”, pero lo que se siembra en la memoria, en el corazón, queda para
siempre.
Otra cosa, en diferentes
partes, muchas familias tienen una tradición muy bella y es ir juntos a Misa, y
después van a un parque, llevan a sus hijos a que jueguen juntos. Así la fe se
convierte en una exigencia de la familia con otras familias. Esto es bello y
ayuda a vivir el mandamiento de santificar las fiestas. No solo ira a la
Iglesia a rezar, o a dormirse durante la homilía, sucede, ¿eh?, sino luego ir a
jugar juntos. Ahora que comienzan los días bonitos, por ejemplo, el domingo,
después de haber ido a Misa en familia, es algo bueno si pueden ir a un parque
o a una plaza, a jugar, a estar un poco juntos. En mi tierra esto se llama
“dominguear”.
Pero este tiempo es un
tiempo feo para hacer esto, porque muchos padres para darle de comer a su
familia, tienen que trabajar también los días festivos. Y esto es feo. Los
padres han perdido la costumbre de jugar con los hijos, o no pueden. Un papá me
dijo una vez, padre, cuando yo me voy a trabajar todavía están en la cama, y
cuando vuelvo por la noche, ya están en la cama. Solo los veo los días
festivos. Es feo, pero es esta vida que nos quita la humanidad. Piensen en esto
jugar con los hijos, perder tiempo con los hijos y transmitir la fe. Es la
gratuidad, la gratuidad de Dios. Una última cosa: la educación familiar en la
solidaridad; transmitir la fe con la solidaridad, con las obras de
misericordia, porque hacen que crezca la fe en el corazón.
Me gusta poner el acento
en la fiesta, en la gratuidad, en ese buscar a otras familias y vivir la fe
como un espacio de gozo familiar; creo que es necesario también añadir otro
elemento. No hay fiesta sin solidaridad (así como no hay solidaridad sin
fiesta, porque cuando uno es solidario, es alegre, y transmite la alegría. No
quiero aburrirlos). Me acuerdo una vez, una mamá que a la hora de comer escuchó
que alguien tocaba a su puerta. Era un pobre que pedía de comer. Ese día había
milanesas. Ella logró que todos sus hijos comieran y que también quedara para
ese niño. No dar lo que es superfluo, sino hacer partícipes a los demás de lo
que tenemos. Y las mamá les enseñó la solidaridad, pero la que cuesta, no la
que sobra.»
Buenas tardes soy Valeria, catequista. Nuestro arzobispo nos
está animando desde hace tiempo a construir comunidades educantes, en las que
el compartir fraternalmente entre los catequistas, entrenadores, padres y
enseñantes, sostenga nuestra común labor educativa. ¿Cuáles consejos puede
darnos para abrirnos a la escucha y al diálogo con todos los educadores que
tienen que ver con nuestros chicos?
«Yo aconsejaría una
educación basada en pensar-hacer-sentir. Una educación con el intelecto, con el
corazón y con las manos, los tres lenguajes: educar a la armonía de los tres
lenguajes. Para que los jóvenes puedan pensar lo que sienten y hacer sentir lo
que piensan, y hacen lo que piensan y sienten, no divorciar las tres, las tres
cosas juntas, no solo educar el intelecto, esto es dar nociones intelectuales,
que son importantes, pero esto sin el corazón y sin las manos no sirve, no
sirve. Debe ser armoniosa la educación. Se puede decir que hay que educar con
las ideas, las actitudes y los valores, pero nunca educar solo, por ejemplo,
con las nociones, con las ideas. También el corazón debe crecer en la educación
y también el hacer, la actitud, la manera de ir por la vida.
Con referencia al punto
anterior, recuerdo que una vez en una escuela, este es un ejemplo bello, había
un alumno que era un fenómeno jugando fútbol y un desastre en conducta. Una
regla que le dieron era que si no se comportaba bien tenía que dejar el fútbol.
Y como siguió portándose mal, se quedó dos meses sin jugar, y esto empeoró las
cosas. Es cierto, no me estoy inventando la cosa.Un día el entrenador habló con
la directora y le dijo: “Algo no funciona, deja que haga yo”, y le pidió que el
chico pudiera volver a jugar. Lo puso como capitán del equipo. Entonces se
sintió considerado, sintió que podía dar lo mejor de sí y empezó no solo a
portarse mejor, sino a mejorar todo su rendimiento. Esto me parece muy
importante para la educación. Entre nuestros estudiantes hay algunos que son
mejores para el deporte y no tanto para las ciencias, y otros son mejores en el
arte o en las matemáticas, y otros en la filosofía, y no tanto en el deporte.
Un buen maestro, educador o entrenador sabe estimular las buenas cualidades de
sus alumnos y no descuidar las demás; siempre buscando la complementariedad.
Nadie puede ser bueno en todo y esto es lo que debemos decirle a nuestros
alumnos: seamos complementarios. No podemos olvidar este principio.
Los niños también
necesitan jugar, divertirse, dormir. Esto forma parte del crecer. Hay
calendarios de niños que parecen más de un empresario. Las pausas, el reposo,
el juego e incluso la frustración son partes importantes del crecimiento.
Hay un fenómeno feo en
estos tiempos que me preocupa en la educación: el bulismo: por favor tengan
cuidado. Y ahora les pregunto a ustedes, en silencio, escúchenme: ¿en su
escuela, en su barrio, hay alguien del que o de la que ustedes se burlan,
porque tiene algún defecto, porque es gordo o flaco, y a ustedes les gusta
avergonzarlos y hasta pegarles por esto? Piensen. Esto se llama bulismo. Por
favor, por el sacramento de la Santa Confirmación hagan la promesa al Señor de
no volver a hacer esto y de no permitir que se haga esto en su escuela, en su
colegio, en su barrio. ¿Entendido? ¿Me lo prometen? Nunca, nunca burlarse de un
compañero de colegio, del barrio, ¿lo prometen esto hoy? El Papa no está
respuesto con la respuesta. ¿Lo prometen? Ahora sí que se lo dijeron al Papa.
Ahora en silencio: piensen que cosa fea es esto y piensen si son capaces de
prometerlo a Jesús ¿Le prometen a Jesús no hacer nunca este bulismo? A Jesús.
Gracias y que el Señor los bendiga.»
Fuente: Vatican Insider
