Escuchar a Tasio es ser testigo de cómo
un hombre libra la batalla de Dios. Un hombre que vive con intensidad y que
cree que Dios le ama
Pero
al no ser Dios una idea en la que refugiarse, sino alguien vivo, tiene que
vérselas con Él en las circunstancias que le conforman. Y ahí está, a brazo
partido. Escucharle es adentrarse en terreno sagrado, y dan ganas de
descalzarse. Su amigo Alberto ha partido pronto y Tasio, como el poeta, sigue
gritando: «Pero si teníamos que hablar de muchas cosas, compañero del alma,
compañero»
«Sin
Alberto tengo la sensación de que la vida va a ser otra cosa. La tengo de una
manera durísima. Como si todo a partir de ahora no solo vaya a ser distinto,
sino menos vida. También sé que todo tendrá un sentido».
¿Cómo se vive la muerte
de un amigo con el que has mirado al Cielo?
Para
entenderlo es importante entender cómo viví su enfermedad y muerte, que tan
solo duró una semana. Era consciente de que Alberto tenía un cáncer terminal.
Pero tenía una confianza absoluta en que Dios iba a obrar el milagro. Alberto
era un tipo que hablaba mucho de esto. Parece que ahora le hemos quitado ese
poder real al Señor, vivimos de una fe desprovista de acciones, y él hablaba
del poder concreto y milagroso de Dios. De modo que yo me agarré a esas
palabras de Alberto, pero murió.
Entonces…
Justo
un día antes tuve una luz muy clara. De alguna manera yo estaba poniendo al
Señor en una de las tentaciones del desierto. «Señor, si eres un Dios bueno, y
Alberto habla de ti, y yo tengo fe en ti, pues ya está, cúrale». Era como
decirle: «Si eres un Dios bueno, ya sabes, y si no, ya vamos viendo, ¿eh?». Y
entonces el Señor me dijo: «No me juzgues». Y Alberto murió unas horas después.
¿Y le has juzgado?
Al
principio no. Lo primero fue un agradecimiento profundo a Dios por su vida.
Pero con el paso de las semanas no he sido capaz de mirar al Señor a los ojos.
Me siento como un niño enfadado porque su padre no le ha dado lo que él quería.
Cuando mis hijos se enfadan conmigo, no dejan de quererme ni de saber que soy
su padre. Pues yo estoy exactamente igual. Estoy muy enfadado con Dios, pero
como aquel que reconoce que es su Padre. No es un enfado que me aleje de mi
Padre, simplemente intento no cruzarme con Él. No quiero pelearme con Él, sé
que va a ganar, y ahora no quiero que gane.
¿Quién es ahora para ti
Dios?
Tengo
la conciencia clara de que el Señor permite esto. Sé que no tengo razón, pero
también sé que sabe del dolor profundo que tengo y entiende el momento. No
permite que me pierda o haga el idiota. Estoy devastado, pero Él me lleva en
brazos.
¿Has tenido momento de
estar con Dios más cerca estas semanas?
He
hecho ejercicios espirituales con mi mujer y con Elisa, la mujer de Alberto.
Una de las meditaciones fue la del paralítico al que descuelgan por el techo.
Eso fue precisamente lo que hicimos durante esa semana con Alberto. El Señor
dice: «Tus pecados te son perdonados», pero luego obra el milagro. Yo pienso:
«¿Por qué a Alberto no? ¿Tengo que picarte como los fariseos?». Pero Elisa me
dice que el milagro se ha producido ya, porque murió con una presencia del
Señor brutal y con una configuración plena con Él en la cruz. Este es un
milagro mucho más grande, entrar en la Casa del Padre de esa manera.
¿Quién te acompaña ahora
a mirar el Cielo como hacía Alberto?
La
Iglesia. Los amigos que hay en ella. Siempre ha sido así y ahora con más
fuerza.
¿Qué es ahora la vida?
Cuando
pienso las cosas que hemos dejado de hacer… antes guardaba vinos buenos para
momentos especiales, ahora no guardo ni uno.
¿Y la muerte?
No
tengo miedo a la muerte. Alberto me ha ayudado a eso. Sé que mi nombre está
escrito en las palmas del Señor. Yo tengo una habitación allí, en mi casa,
donde tengo que llegar. De alguna manera entiendo que ya se ha pagado el precio
por mi salvación. Y eso no quita ni un ápice a la lucha de estos meses.
Rocío
Solís
Fuente: Alfa y Omega
