Ni los hombres son de Marte ni las mujeres son de Venus.
Hombre y mujer no somos de planetas distintos; estamos hechos el uno para el
otro
Hoy, la ideología de
género, el feminismo radical y la servidumbre al dinero y al Estado nos quieren
hacer abandonar nuestra vocación…, pero Dios ha venido en nuestra ayuda para
vencer nuestro miedo a amar, para hacernos felices hoy y siempre.
Uno con una, para
siempre, abiertos a los hijos: si hubiera recetas para la felicidad, éstos
serían los principales ingredientes. Pero, hoy, el matrimonio y la familia se
ponen en tela de juicio, porque muchos ven la relación entre hombres y mujeres
como una lucha de sexos.
Sin embargo, la diferencia sexual no es oposición
ni lucha. No estamos condenados a pelear interminablemente el uno contra el
otro; estamos llamados a querernos.
«Es verdad que la
cuestión de la diferencia sexual -afirma Carmen Álvarez, profesora de Teología
del cuerpo en la Universidad San Dámaso, de Madrid, y Presidenta de
la asociación Mater Dei– necesita aún mucha fundamentación, no sólo
antropológica, sino también teológica. Está aún por elaborar la teología
de la masculinidad y la teología de la feminidad, ambas
indispensables para arrojar luz a la cuestión -importantísima para nuestros
días- de la diferencia sexual».
Pero esa luz ha de venir de «considerar ambos
sexos no como excluyentes o antagónicos, sino como complementarios». Por eso,
«mientras no entremos en una correcta hermenéutica de la diferencia sexual,
seguiremos incapacitándonos para penetrar sin miedos y sin prejuicios en la
enorme belleza del plan de Dios sobre el hombre y sobre su cuerpo sexuado. La
masculinidad y la feminidad son claves importantísimas para penetrar e
interpretar, en toda su grandeza, el plan salvífico de Dios sobre el hombre».
Dios tiene un plan
Este plan no es otro que
el amor. pero el amor hoy está amenazado no sólo por la ideología de género, el
feminismo radical o el machismo. Además, el matrimonio sufre también la enorme
presión de los intereses económicos. Ya en 1961, Romano Guardini, en El
comienzo de todas las cosas, alertaba del peligro de «una tendencia a nivelar
al varón y a la mujer de modo que ya no están ordenados uno al otro como ayuda
mutua, sino que ambos sirven a los poderes anónimos del Estado, de la economía
y de la técnica. ¿Llegará el varón a la libertad si el Estado lo convierte en
una rueda de su mecanismo? ¿Llegará la mujer a ser libre si, bajo la fórmula de
la igualdad, tiene que trabajar en las minas y combatir como soldado?»
Recuerda también que «la
relación entre los sexos está confundida por el pecado. Por sí sola no puede
mantenerse en la verdad. ¿A dónde se llega solo, sin Dios, confiando sólo en el
propio entendimiento y en los impulsos del propio corazón?» Porque cuando se
abandona a Dios, desaparece la alegría y el sentido del humor. Cada pequeño
paso afectivo se hace áspero y difícil, y queda atrapado en las redes de lo
provisional, del miedo al abandono, de la amenaza de la separación, defendiendo
como en una trinchera mi espacio, mi tiempo libre, mis aficiones,
siempre con permiso del trabajo en el que dejamos la mayor parte de nuestra
jornada…
Dios tiene un plan para
cada uno, y ese plan pasa por realizar nuestra vocación de hijo, esposo y
padre; de hija, esposa y madre. En definitiva, pasa por amar. Tenemos necesidad
de darnos, de darnos para siempre, de darnos del todo. No de otro modo se
concreta la llamada que Dios puso en nuestro corazón desde el principio, el día
en que fuimos concebidos por nuestro padre y nuestra madre.
Juan Luis Vázquez
Díaz-Mayordomo
Fuente: Alfa y Omega
