Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona
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| Dominio público |
• «Le suplica Jairo a Jesús con
insistencia, diciendo: "Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus
manos sobre ella, para que se salve y viva"» (Mc 5, 23).
• «Éstos ancianos que pedían a Cristo la
curación del siervo del centurión, llegando donde Jesús, le suplicaban
insistentemente diciendo: "Merece que se lo concedas"» (Lc 7, 4).
• «Así pues, Pedro estaba custodiado en la
cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (Hch 12,5).
•«Noche y día le pedimos a Dios insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe»
(1 Tes 3, 10).
El Padrenuestro, sí o no
Orar insistentemente por una cosa es
repetir una y otra vez lo mismo. Volver a las mismas palabras no tiene en sí
nada de malo, defectuoso o inútil. De hecho, el mismo Señor nos dejó la oración
del Padrenuestro para que la repitamos toda nuestra vida: «Vosotros, pues, orad
así: Padre nuestro que estás en los cielos...» (Mt 6, 9ss).
Pero algunos hasta dicen que el
Padrenuestro es sólo una «oración modelo» para inspirarnos a hacer nuestra
propia oración, sin fórmulas escritas ni memorizaciones, y que sólo de este
modo evitaremos caer en el «pecado» de la vana repetición.
La enseñanza de Jesús
¿A qué se refiere Cristo al desaconsejarnos orar multiplicando las palabras
«como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos» (Mt
6, 7)? Responde Fernando Sales-Mayor en Apologética.org:
«Jesús... no condena las oraciones
repetitivas judías, de las cuales había muchas. Por ejemplo, el libro de los
Salmos es una colección de himnos y oraciones usadas repetidamente en
celebraciones judías en las cuales el mismo Jesús participaba. Uno de los
salmos, el 136, es en sí mismo una oración repetitiva, en forma de letanía. La
Pascua, celebrada por Jesús antes de su crucifixión, incluía oraciones fijas
que eran repetidas anualmente, entre ellas los salmos del 113 al 118. A
continuación de la Última Cena, Jesús fue al huerto de Getsemaní y oró la misma
oración tres veces seguidas (cfr. Mt 26, 39-44). Así pues, también Él recurrió
a la oración repetitiva.
«En Mt 6, 7-8 Jesús nos previene contra
las prácticas de oración de los paganos, quienes tenían una visión mágica de la
oración y cuyas oraciones repetitivas Él sí condenó... Pero no condena la mera
repetición sino la charlatanería de los paganos. ¿Qué tipo de charlatanería
practicaban los paganos? Miremos en 1 Reyes 18, 26-29, donde los profetas
paganos en el monte Carmelo trataban de invocar a Baal durante todo el día,
invocando repetidamente su nombre y llevando a cabo danzas rituales: "Pero
no se oyó ni una respuesta"...
«Las oraciones de los profetas paganos
eran vanas porque, después de pasar el día entero llamando desesperadamente a
Baal, éste nunca les respondía. No era un dios real, a diferencia del Dios de
Israel, que siempre responde a la oración sincera. El argumento de Jesús en Mt
6, 7 es que no necesitamos -como hacían esos paganos- pasarnos todo el día
saltando sobre altares, cortándonos con cuchillos o delirando para ser
escuchados por nuestro Padre del Cielo. Él escucha nuestras oraciones al margen
de qué tipo de oración sea, larga o corta, compuesta o improvisada, en grupo o
individual, repetitiva o única; eso sí, siempre y cuando sea sentida,
entendida, y no "de corridillo", en cuyo caso es vana, vacía,
reducida a palabrería».
Repeticiones «espaciadas»
Entonces, pues, al rezar no se falla por
emplear oraciones escritas o aprendidas de memoria. Tampoco si nuestro rezo
emplea palabras repetitivas; de hecho, la manera más fácil de hacer una oración
perseverante es repitiéndola. Y al argumento de algunos de que, si nuestra
oración es la misma, al menos debemos espaciarla en el tiempo para que no sea
repetitiva, responde Sales-Mayor: «Dios está por encima del tiempo, le da igual
que le pidamos lo mismo cada quince segundos que cada mucho rato»; y añade que
conviene hacer esa oración sin espaciarla pues así «en un tiempo razonable
presentamos nuestra oración más veces, mientras que al rezar un Avemaría cada
mucho rato, difícilmente nos permitiría rezar el Rosario entero en un día,
aparte de que interrumpiría constantemente nuestras actividades. San Pablo dice
que tenemos que orar constantemente (cfr. 1Tes 5, 17); no dice "orar con
moderación, no sea que nos repitamos", lo cual es inevitable en la oración
continua».
Por su parte, el padre Jordi Rivero, en
Corazones.org, dice que en Mateo 6 Jesús también nos advierte de la vanagloria
que obstaculiza la auténtica oración: «Siempre hay la tentación en quien reza
de creerse mejor que los demás por el hecho mismo de rezar. En el tiempo de
Jesús los fariseos desarrollaron una élite religiosa con prácticas y rezos que
eran inaccesibles al hombre común. Por eso se creían superiores. Repetían
palabras en la oración poniendo más importancia en sus propios logros que en el
don de Dios. Su pecado era la soberbia. "Algunos... se han dado a vanas
palabrerías; pretenden ser maestros de la Ley, cuando no saben lo que dicen, ni
lo que rotundamente afirman" (1 Tim 1,6-7). «Podemos ver en este
contexto por qué Jesús critica a los "que se figuran que por su palabrería
van a ser escuchados". Se trata de palabras que no surgen del corazón, a
lo que hoy llamamos rezar "de la boca para afuera". Éstos ponen su
confianza en el poder de sus propias palabras más que en Dios».
¿Oración o magia?
En realidad hay muchos hoy que siguen
poniendo su confianza en las palabras, en lugar de ponerla en el Señor; caen,
así, en la práctica de la magia, puesto que la magia pretende utilizar recursos
(oraciones, ritos, etc.) que, se supone, guardan en sí mismos un poder tan
grande sobre Dios que Él no puede resistirse. Así, las famosas cartas en cadena,
las populares imágenes en las redes sociales que invitan a publicarlas o a
contestar amén como fórmula para "garantizar" obtener el favor
requerido y las novenas "infalibles" para obligar a Dios a
conceder un favor -«pida un deseo de negocios y dos imposibles», dice una de
las cadenas más famosas- son magia y, por tanto, pecado de superstición, porque
pretenden conseguir un resultado garantizado con sólo repetir mecánicamente una
serie de palabras, sin necesidad alguna de conversión.
Así, cualquier oración hecha en forma
distraída es una total pérdida de tiempo. Santa Teresa advierte que cualquier
oración vocal requiere «advertencia», es decir, tener clara conciencia de lo
que se está diciendo en el momento mismo en que se dice, además de hacerlo con
una actitud básica de amor a Dios. Reuniendo estas condiciones cualquier
oración repetitiva es tan meritoria como una oración espontánea, y, por tanto,
puede acercarnos a la vida en el Cielo, donde esperamos, con los cuatro
vivientes del Apocalipsis, repetir «sin descanso día y noche: "Santo,
Santo, Santo es el Señor Dios del Universo, aquel que era, que es y que ha de
venir"» (Ap 4, 8).
Por: Diana R. García B.
Fuente: elobservadorenlinea.com
