Dios
habla en cualquier circunstancia, en cualquier momento
Hay una gran diferencia entre
observar y contemplar. Con frecuencia observo la vida. Lo que sucede delante de
mí. Lo analizo, lo disecciono, y decido lo que está bien y lo que no
corresponde. Me indigno con lo que no comparto. Quiero cambiarlo. Me emociono
con lo que toca mi alma. Quiero alterar la disposición de las cosas. Eliminar
algunas, introducir otras nuevas. Tengo una tendencia natural a observar lo que
sucede y después actuar. Miro, pero no contemplo.
Me cuesta más estar sencillamente contemplando lo que tengo
en frente, admirándome de su belleza, sin hacer nada.
El otro día leía: “Si uno observa quiere saber y obtener información.
Uno quiere conseguir algo, por ejemplo conocimiento. En cambio el mero
contemplar no pretende conseguir nada. La actitud contemplativa nos conduce a
una increíble calma. Todo lo que está presente puede estar presente. No
necesitamos cambiar nada. Lo dejamos todo como está. Contemplando se llega al amor por lo
contemplado. La contemplación es desinteresada y libre de intereses propios. Así, nunca
desearíamos que Dios nos observara, pero somos felices cuando nos contempla
bondadosamente.
En la vida eterna tampoco observaremos a Dios, sino que lo contemplaremos y por
eso lo amaremos”.
Me gustaría aprender a vivir
así. Y sacar paz de todo lo que veo. Detenido
ante la vida llenarme de la presencia de Dios. Sé que todo me habla de su amor,
de su preocupación por mí. Quiero
que Dios me contemple.
Quiero contemplar a Dios y saber lo que me está diciendo en medio de mis días. No sólo
donde creo que Dios sí me tiene que decir algo.
Precisamente el otro día
caminando por la calle se me acercó un perro para olerme. Yo me aparté un poco
porque me asusté. La chica que lo llevaba atado con una correa, me miró y me
dijo: “Hola”. Por un momento pensé
que la conocía y le respondí: “Hola”.
La chica joven me dijo: “No soy
yo, es el perro el que te dice hola”. Me quedé algo confundido. Y
le dije hola al perro. Luego me preguntó: “¿Eres
cura?”. “Sí”, le dije. Entonces, cuando me temía cualquier cosa, me
dijo: “Dile a todos que es necesario abrazar.
Muchas personas mueren sin ser abrazadas”.
A veces creo que Dios me va a
hablar a través de los santos, a través del Evangelio, a través de escritos
piadosos, a través de personas en las que creo y confío. Pero me cuesta pensar
que Dios me vaya a hablar de cualquier forma
en mitad de la calle. A
través de una persona desconocida con un perro.
Sin duda esa chica rubia con
su perro me dijo algo de Dios ese día. No que los perros dicen hola. Eso no me
afecta demasiado. Sino que es necesario abrazar para vivir. Que es verdad que
muchas personas mueren sin ser abrazadas. Y es necesario dar abrazos y querer
con el alma y con los gestos.
Me recordó algo que sé pero
que a veces olvido. Que el amor
que no se expresa se pierde y la muerte es muy dura cuando nos falta el amor en
el camino. Me recordó que tengo que abrazar a las personas a
las que quiero, antes de que se vayan. Porque la vida es muy corta. Tengo que
abrazar cuando perdono al que me ha hecho daño.
Pienso que Dios me habla a
través de otras formas de vivir y de pensar, diferentes a las mías. Y que no
por ser diferentes tengo que querer cambiarlas. No me habla sólo en aquellos
que piensan como yo, en los creyentes, en los que están muy cerca de Dios.
A veces me sigue
sorprendiendo. Y me
habla en lo que no conozco. En lo diferente. En lo que me asusta. En cualquier
circunstancia. En cualquier momento.
Por eso creo que tengo que
aprender a contemplar más la vida. Detenerme y mirar sin querer cambiar nada. Admirarme más,
sorprenderme más. Y no querer cambiar inmediatamente lo que no comparto, lo que
no me gusta.
Tal vez por eso me sorprende encontrar personas muy
religiosas que dudan del Papa. No están de acuerdo con sus
gestos y no ven en ellos nada profético, ninguna señal de Dios. No les gustan
sus opiniones sobre distintos temas. Dudan y les molesta un Papa molesto.
Quieren cambiarlo. Les cuesta percibir en sus actitudes una voz de Dios que nos
saca a todos de nuestro conformismo.
Contemplar la vida significa
aprender a tomarla como es sin querer cambiarla. Aprender a sacar su belleza admirando lo que Dios me regala, lo
que me muestra, allí donde me habla.
Significa estar abierto a lo
que recibo de otros, aunque piense que yo lo haría de forma diferente. No
importa. Esa tentación la tengo yo mismo cada día. El prejuicio que me hace
evitar al que no es como yo, al que actúa de otra forma, al que no piensa como
yo pienso. A aquel que me va a sacar de mi esquema, de mi horario, de mis
planes. Observo la vida y quiero cambiarla. No escucho.
Quiero aprender a contemplar
al que me detiene por la calle. Al que me habla cuando yo no le busco. Al que
rompe mi camino para sacarme de él. Contemplar la vida y en la vida contemplar
a Dios. Es una forma de vivir que quiero aprender
cada día. Me cuesta.
CARLOS PADILLA ESTEBAN
Fuente:
Aleteia
