El hombre no camina solo, ni atraviesa en soledad las cañadas oscuras de la vida. Dios ha pronunciado una palabra salida del silencio: se llama Jesús, el Salvador
Debería durar más, porque cuanto más se espera más se ama, y más se alegra el corazón con la llegada del Amado. ¡Ven, Señor Jesús, decimos todos los días en la eucaristía cuando el sacerdote acaba de consagrar el pan y el vino! Ven, no tardes más. Todo hombre vive de esta espera.
El cardenal Ratzinger ha comparado al hombre con el niño que siente miedo
al tener que atravesar un bosque en una noche oscura, aunque le digan que no
corre peligro.
No teme por nada concreto, sino que «experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una pesadilla.
No teme por nada concreto, sino que «experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una pesadilla.
Existe una angustia —la angustia auténtica, que radica en lo más íntimo de
nuestra soledad— que no puede ser superada por el entendimiento, sino
exclusivamente por la presencia de un amante». El Adviento es el anuncio de esa
voz en la noche, de la mano cariñosa de alguien, de la presencia de un Amante,
que se llama Cristo. Sí, Cristo viene. Vino en la carne, no deja de venir cada
día a nosotros, vendrá con gloria al final de los tiempos. Su venida tiene que
ver con nuestra soledad.
El hombre experimenta, cuando vive sin distraerse o somnoliento, la
soledad. Es la más fiel compañera del hombre desde que nace hasta que muere.
Como resulta molesta, el hombre intenta olvidarse de ella mediante todo tipo de
comparsas que le hagan olvidar su destino. No nos gusta estar solos, huimos del
silencio, nos fabricamos divertimentos de todo tipo, para no tener que pensar.
Y dejamos de esperar a quien puede llenar nuestra soledad y acompañarnos en el
paso por la vida: el mismo Dios.
En este primer domingo de Adviento, la Iglesia nos lee la exhortación de
san Pablo a los cristianos de Roma: «Reconociendo el momento en que vivís, ya
es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de
nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca,
dejemos, pues las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz.
Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada
de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias.
Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne
siguiendo sus deseos». Estas palabras convirtieron a san Agustín y le sacaron
del sueño y de la distracción en que había sumergido su vida. Lo despertaron
violentamente y lo arrancaron de la noche. Vio la luz del día, la de Cristo,
Sol del Oriente, que se levantaba para iluminar las tinieblas de muerte en que
Agustín y todos los hombres yaceríamos para siempre si no nos hubiera visitado
Dios.
El hombre no camina solo, ni atraviesa en soledad las cañadas oscuras de la
vida. Dios ha pronunciado una palabra salida del silencio: se llama Jesús, el
Salvador. Dios ha dado la mano al hombre para que atraviese seguro, aunque sea
de noche, el bosque de la vida. Dios es el Amante que esperábamos para saber
que no estamos arrojados a la existencia, sin sentido, sin meta, sin compañía.
Dios viene, porque ha escuchado el gemido de nuestra soledad y se ha
compadecido del hombre que había perdido la esperanza, cuando fue lanzado fuera
del paraíso. Esto es el Adviento, hermosa palabra que nos recuerda que la
medida de nuestra soledad ha sido colmada por la presencia de aquel que viene
como Enmanuel, «el Dios con nosotros».
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
