…a pesar de los rumores
que hablan del fin de las religiones en 2100
Cuando su biógrafo Peter Seewald le
preguntó sobre la descristianización de Europa, el papa emérito Benedicto XVI
respondió:
“Todo es una cuestión de repensar la
presencia, encontrar nuevas formas, trabajar con talento”.
Es decir: en vez de repetir la letanía de las
iglesias vacías, cerradas y abandonadas, es más útil entender que el problema
es precisamente la fe, que está sedada y distraída. Es de esta cuestión
fundamental que se debe recomenzar, dando testimonio de Cristo de formas
nuevas.
Philip Jenkins, uno de los mayores
especialistas en historia y ciencia de las religiones, reforzó recientemente en
el diario The Catholic Herald: nada de fin, nada de
extinción.
El problema, según Jenkins, está en
pensar en el catolicismo como algo europeo, relacionado a la teoría de las
antiguas catedrales, a los ritos de un tiempo que se fue, a la catequesis en
dosis masivas para niños de 5, 6, 7 años, toda la mañana, después
de la misa y antes de la escuela.
Al
final, la mayoría de las veces, esos niños son hoy los adultos que,
desvinculados de deberes impuestos, no ponen nunca más los pies en la iglesia ni llevan a sus hijos.
De hecho, en gran parte de las actuales
democracias laicas, la tendencia es la de no identificación con ninguna
religión. En la República Checa, nada menos que el 60% de la población se
declara sin religión.
El escenario llevó a la American Physical Society a publicar, en 2011, un detallado
dossier en el que sentenciaba
inapelablemente que el mundo se libraría de todas las religiones en el 2100;
encabezaban la lista de los países ya listos a abandonar todo aquello en que
han creído durante siglos, Austria e Irlanda.
Hay, sin embargo, una gran distancia
entre esas tablas de Excel y la realidad de la fe individual.
El hecho de que haya cada vez menos
católicos en Praga puede preocupar a quien aún se emociona con el sonido de las
campana de las iglesias, pero no sella el destino de una religión.
El propio Jenkins ya había escrito un
libro, La historia perdida del cristianismo,
en que observaba que muchas religiones mueren: “A lo largo de la historia,
algunas religiones desaparecen totalmente, otras se reducen de
grandes religiones mundiales a un puñado de seguidores”.
En el caso de la Iglesia católica, sin
embargo, el catastrófico pronóstico no parece aplicable, prosigue.
La Iglesia, que “es la mayor institución
religiosa del planeta”, viene disfrutando de un crecimiento global: en 1950, la población católica sumaba 347
millones de individuos. En 1970, eran 640 millones. En 2050, conforme
estimaciones conservadoras, serán 1,6 billones.
“He hablado de crecimiento global, y el
elemento ‘global’ requiere énfasis”, subraya Jenkins. “A lo largo de la
historia, ha habido muchos imperios llamados ‘mundiales’ que, en realidad,
estaban confinados principalmente a la Eurasia. Fue sólo en el siglo XVI
cuando los imperios español y portugués realmente abrazaron el mundo. Para
mí, la verdadera globalización comenzó en 1578, cuando la Iglesia católica
estableció una diócesis en Manila, en Filipinas, al otro lado del inmenso
Océano Pacífico”.
Y continúa:
“Estamos habituados a pensar en el
cristianismo como una fe tradicionalmente ambientada en Europa (…), pero esta
religión se propaga a escala global. El número de cristianos está aumentando
rápidamente en África, Asia y en América Latina. El cristianismo está tan
enraizado en el patrimonio cultural de Occidente que hace que parezca casi
revolucionaria esa globalización, con todas las influencias que puede ejercer
en la teología, en el arte y en la liturgia. Una fe asociada principalmente a Europa
debe adaptarse a este mundo cada vez más vasto, redimensionando muchas de sus
premisas”.
Es natural preguntar: ¿ese “nuevo” cristianismo global
permanecerá auténtico?
Es una interrogante legítima, sólo que un
tanto sin sentido cuando nos damos cuenta de que las grandes reservas del catolicismo
están hoy en países como Brasil, México y Filipinas; por otra
parte, en este último país ha habido más bautismos el año pasado que en
Francia, España, Italia y Polonia juntas.
La objeción es fácil: las
tendencias demográficas explicarían las razones de ese crecimiento. Donde nacen más niños, crecen más
católicos, si el sustrato estuviera presente. Donde eso no pasa, el catolicismo
se seca.
Jenkins discrepa: basta ir a África y ver que no es exactamente así. En
1900, había en el inmenso continente africano tal vez 10 millones de cristianos
(no sólo católicos), constituyendo el 10% de toda la población.
Hoy, hay en África medio billón de
cristianos (200 millones son católicos). Y ellos se duplicarán en los próximos
25 años. Sucede que no hay “sustrato cristiano” en África, brutalmente marcada
por invasiones, ocupaciones e islamización más o menos forzada.
Incluso así, África tendrá más católicos en 2040 de los que había en el mundo
entero en 1950. Más
aún, en 2030, los católicos africanos ya habrán superado a los europeos.
Enseguida, África se disputará con América Latina el título de la región más
católica del mundo.
En solamente una generación, Nigeria,
Uganda, Tanzania y el Congo estarán entre los diez países más católicos del
planeta, y el catolicismo ha comenzado a enraizarse en esos lugares hace apenas
un siglo.
Incluso frente a este escenario, hay dudas legítimas, especialmente en lo
relativo a las conversiones y bautismos en masa.
Benedicto XVI, en 2009, reconoció que
existen riesgos incluso en una Iglesia joven y entusiasta como la de África: es
verdad que esta es “un inmenso pulmón espiritual para la humanidad en crisis de
fe y de esperanza”, pero también es verdad que un pulmón siempre puede
enfermarse.
Y, al final, ¿cuáles son los riesgos de
“contaminación” del cristianismo euroamericano, considerado por muchos como el
“único auténtico”?
La respuesta está no sólo en las masas de
fieles africanos y asiáticos que llenan las iglesias italianas en la misa
dominical, sino también en la forma del rito, muchas veces mucho más respetuosa
de lo que se ve en algunas catedrales centenarias, de rosácea brillante y altares
majestuosos.
Basta ver cómo el Papa fue acogido en la
paupérrima República Centroafricana: mientras él entraba a la catedral después
de abrir la Puerta Santa, el pueblo estaba arrodillado, recogido en adoración,
sin empujones ni intentos superficiales y groserías de hacerse selfies con el smartphone.
Se trata de respetar profundamente lo
esencial, lo sagrado, y no sólo de supervalorar, apegadamente, las formas y
rituales que, sin lo esencial, no hacen sentido.
En este mismo contexto, Jenkins menciona
la ciudad de Aarhus, en Dinamarca. Aunque ese país tenga muy poco de católico,
tanto en las costumbres como en la práctica religiosa, las pocas iglesias
católicas que existen en la ciudad han visto grupos numerosos de fieles, procedentes de tierras lejanas,
entrar con frecuencia cada vez mayor para rezar, en muestra evidente del
carácter global (es decir, católico) de la fe cristiana.
Frente a estas realidades, la pregunta
que no calla es: ¿existe
voluntad y capacidad de experimentar nuevas formas de testimonio y de
presencia?
Eso implica enfocarse en lo esencial y dejar de lado
los discursos menos cristianos y partidistas sobre “la verdadera raíz del
cristianismo”, así como los debates sectarios que divagan indagando si su
“imagen más correcta” es la de la vieja Europa (que ya no se reconoce) o la de
la joven África (que abraza cada vez más el cristianismo).
En el mensaje enviado a los participantes
al 14º Simposio Ecuménico, realizado el pasado agosto en Salónica para tratar
justamente la reevangelización de las comunidades cristianas en Europa, el papa
Francisco escribió que el continente ya está lidiando con “la realidad
generalizada de los
bautizados que viven como si Dios no existiera, de las personas
que no son conscientes del don de la fe recibida, de las personas que no
experimentan su consuelo y no son plenamente partícipes de la vida de la
comunidad cristiana”.
La Iglesia del Viejo Mundo está,
claramente, frente al desafío de renovar sus raíces cristianas cada vez menos
entendidas.
¿Cómo?
El papa Francisco propone: “Identificando caminos nuevos, métodos
creativos con un lenguaje capaz de hacer que el anuncio de Jesucristo, en toda
su belleza, llegue al hombre europeo contemporáneo”.
A partir del
texto de Matto Matuzzi en el diario Il Foglio
Fuente: Aleteia
