De ser
espectador externo a tener una relación
Al intentar compartir mi fe con los
demás, a menudo tengo dificultad en explicar el concepto de oración. ¿Hay
realmente diferencia? ¿No es suficiente ayudar a los demás, ser “buena
persona”?
Si bien esta lógica puede convencer a
muchos –a veces yo mismo caigo– nada es más distante del corazón que el
cristianismo. La
virtud sin la oración es como un cristianismo que sufre de Alzheimer.
Preferimos la rutina a los momentos de
profunda intimidad, momentos que podrían ser agradables en lugar de
desafiantes. En resumen, un
cristianismo sin oración es un cuerpo sin alma.
Dicho de este modo, la oración es, después de todo, fácil,
necesita una simple decisión: abrazar el silencio y ofrecer el corazón.
Pero es un camino gradual y a menudo irregular.
Para ilustrar mejor este punto, quisiera
preguntarte: ¿has notado la diferencia entre el arte en las paredes laterales
de las iglesias (sobre todo en las iglesias decoradas de manera más
tradicional) y la del ábside, alrededor del altar? Tomemos por ejemplo la
catedral de Cefalú, en Sicilia. ¿Qué observas al caminar por esta bella iglesia
del 1131?
Un cristiano que no reza: una mirada del
exterior
Sobre las paredes laterales de la
iglesia, encontramos una serie de imágenes que muestran escenas del Antiguo y
el Nuevo Testamento. Ocupan toda la nave que apunta hacia el altar. Caminamos a
lo largo del sendero de la historia de la Salvación, admirando muchas historias
de la relación entre Dios y el hombre.
Lo hacemos como observadores externos. Como si estuviéramos leyendo
un libro de historia o una novela, conocemos lo que sucedió entre Dios y las
personas. Pero estamos fuera de la escena.
Eso es lo que somos cuando no rezamos:
espectadores del cristianismo. Asistimos a las escenas del amor entre
Dios y el hombre. Y por muy conmovedor que sea, imagina que lees historias de
amor durante toda tu vida sin nunca haber tenido una relación sentimental. Sin
haber recibido nunca realmente una de esas miradas de amor.
Podemos oír hablar de nuestra fe en la
misa, o en la clase de catecismo. Podemos aprender la vida de los santos e
incluso intentar imitar sus buenas obras. Podemos servir en el comedor a los
pobres o hacer obras de caridad. Todas estas son iniciativas excelentes que de
hecho nos acercan a Dios. Pero no podemos contentarnos con esto. No podemos
olvidarnos de la esencia del cristianismo.
Sin un encuentro más profundo y personal
con Cristo, corremos el riesgo de distraernos con una simplicidad increíble.
En lugar de Cristo, ponemos otras cosas
en el centro de nuestra espiritualidad: los encargos que debemos realizar, la
formación que debemos conseguir, la liturgia que debemos cumplir de manera impecable, etc.
El momento crucial
Una de las mejores formas para poner a Cristo en el centro de tu
vida cristiana es continuar haciendo lo que haces, cambiando ligeramente la
perspectiva.
La próxima vez que escuches una homilía,
que leas la Biblia o un libro sobre la vida de un santo, o dediques tu tiempo
al servicio de los pobres, en lugar de concentrarte en lo que estás escuchando
o haciendo, pregúntate: “¿Por qué?”.
Cuando lees las historias de la salvación
tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, o las historias de los santos, no
te concentres mucho en el deseo de imitar sus obras. Permite en cambio que el
amor de Cristo te inspire. Más que hacer lo que estas personas han hecho, debemos
aprender a seguir la mirada de su corazón.
Si después de una lectura una parte de ti
no se siente del todo impulsada a entrar en el silencio y a sentir la mirada
amorosa de Cristo, algo salió mal.
Dante lo describe magistralmente en una
escena de la Divina Comedia. Al entrar en el paraíso, Dante vislumbra a Beatriz
por primera vez. La mirada de Dante se cruza con la de su amada Beatriz,
encontrándose frente a una expresión encantadora, tan llena de luz y de amor. Y
ese sol (Dios) lo empuja a hacer lo mismo. Lo increíble es que el mismo
planteamiento arquitectónico y artístico de nuestras iglesias nos empujan a
actuar de la misma manera.
Un cristiano que reza: un encuentro cara
a cara
Al seguir caminando a lo largo de la
iglesia, llegamos
al altar. Ahí, levantamos la mirada y descubrimos algunos cambios radicales.
Hemos pasado de una estructura lineal a
una circular: la estructura lineal simboliza el orden cronológico tradicional
de un evento tras otro. La estructura circular, en cambio, representa el orden
cronológico de la eternidad.
El círculo desde siempre ha sido un símbolo del
infinito (no tiene fin). Aquí nos acercamos a la presencia del eternamente
presente.
Análogamente, cuando nos abrimos a Cristo en la
oración, la lógica de la eternidad comienza a prevalecer sobre nuestra lógica
cotidiana hecha de preocupaciones y de estrés.
Las interminables listas de cosas para
hacer son finalmente colocadas en su lugar. Cada cosa está organizada en dos
simples categorías: lo que pertenece al amor, y, por lo tanto es eterno, y lo
que no, que es efímero e inútil.
Es la misma experiencia del emprendedor
que vuelve a casa, tras un largo día de preocupación, números que cuadrar y
resultados a obtener. Basta una simple mirada por parte de la mujer y el abrazo
de los niños alrededor de sus piernas para recordarle lo que es realmente
importante en la vida.
La mirada directa de Cristo: algo aún más
importante, nuestros ojos son acogidos
por la presencia de Cristo, nuestro Salvador.
Y, sin embargo, Cristo estaba presente en
otras escenas que hemos visto hasta ahora a lo largo de las paredes laterales.
¿Qué es diferente aquí? Su posición frontal y directa, Él nos está mirando
directamente.
En este lugar sagrado –sobre todo durante
el momento del sacrificio eucarístico– estamos
invitados a realizar el paso entre ser espectadores externos a ser miembros
activos en una relación: es el momento del encuentro cara a cara con nuestro amado.
Presta atención, sin embargo, porque
encontrarte con Él (así como cualquier otro encuentro personal) significa que
no se mira de reojo, sino que se es protagonista, se está sobre el escenario. Uno está expuesto, vulnerable. Su mirada
está llena de amor, y Él quiere transformarnos en amor puro. Eso es la oración.
Un cristiano que reza nutre su vida con
la mirada contemplativa de Cristo. Demasiados cristianos caen en una especie de
moralismo ansioso o, al contrario, en una especie de laxismo indiferente porque
hemos olvidado o nunca hemos experimentado este encuentro entre nuestra mirada
y la de Cristo. Y esta
mirada puede encontrarse sólo en la oración (y es necesario buscarla).
Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te
han visto mis ojos (Jb 42, 5)
Por Garett Johnson
Fuente: Catholic link
