Algunas reflexiones sobre la
doble moral
Muchas veces nos comportamos como personas con
doble vida, es decir con doble moral. Entendemos como
moral al conjunto de normas y costumbres que se consideran buenas para dirigir
el comportamiento de las personas, y con mayor razón la moral cristiana que
está empapada del amor al prójimo y a Dios.
Entonces al final del día, constatamos tristemente, que predicamos una cosa pero hacemos otra. Obviamente algunos lo hacemos más escandalosamente que otros.
Esto podría desanimarnos y hacernos sentir que somos y estamos rodeados de hipócritas, por lo que miramos esta realidad desde el lado feo diciéndonos a nosotros mismos y a quienes nos rodean que todo está perdido, que no tenemos arreglo pues predicamos algo que no nos molestamos en practicar. O bien, podemos mirar esta realidad con esperanza, creyendo que en el fondo todos buscamos el bien, deseamos que los demás lleven una vida correcta y que, aunque somos frágiles, propiciamos oportunidades para estimular en quienes nos rodean una vida íntegra.
Esto es fundamental en nuestra vida de fe, pues si frecuentamos la Eucaristía y los sacramentos, si somos personas piadosas y de oración, pero en nuestro corazón damos cabida a sentimientos y pensamientos que nos llevan a acciones que se alejan de eso que profesamos, ¿qué sentido y qué valor tiene todo eso que hacemos?.
La vida moralmente correcta que se nos invita a tener no es solo un accesorio dentro de la espiritualidad, sino que es fundamental para comprender nuestra identidad como hijos de Dios. Nuestra intención de hacer el bien proviene de nuestro ser creados con una ley natural inscrita en nuestro corazón, y no proviene de que tengamos que cumplir una lista de mandamientos. El hacer el bien es producto de esta relación de amor.
Entonces al final del día, constatamos tristemente, que predicamos una cosa pero hacemos otra. Obviamente algunos lo hacemos más escandalosamente que otros.
Esto podría desanimarnos y hacernos sentir que somos y estamos rodeados de hipócritas, por lo que miramos esta realidad desde el lado feo diciéndonos a nosotros mismos y a quienes nos rodean que todo está perdido, que no tenemos arreglo pues predicamos algo que no nos molestamos en practicar. O bien, podemos mirar esta realidad con esperanza, creyendo que en el fondo todos buscamos el bien, deseamos que los demás lleven una vida correcta y que, aunque somos frágiles, propiciamos oportunidades para estimular en quienes nos rodean una vida íntegra.
Esto es fundamental en nuestra vida de fe, pues si frecuentamos la Eucaristía y los sacramentos, si somos personas piadosas y de oración, pero en nuestro corazón damos cabida a sentimientos y pensamientos que nos llevan a acciones que se alejan de eso que profesamos, ¿qué sentido y qué valor tiene todo eso que hacemos?.
La vida moralmente correcta que se nos invita a tener no es solo un accesorio dentro de la espiritualidad, sino que es fundamental para comprender nuestra identidad como hijos de Dios. Nuestra intención de hacer el bien proviene de nuestro ser creados con una ley natural inscrita en nuestro corazón, y no proviene de que tengamos que cumplir una lista de mandamientos. El hacer el bien es producto de esta relación de amor.
No obstante, el asunto moral es secundario, lo primero
es el amor. Si amas a Dios, si te amas a ti y si amas al prójimo,
casi no es necesaria una lista de normas y costumbres que respetar, pues saldrá
todo por añadidura. Y aplicado a nuestra vida, ¿por qué queremos hacer el
bien?, ¿porque Dios lo indica en sus mandamientos o como una respuesta de
amor y gratitud por todo el bien recibido?.
Sabiendo que somos frágiles, el ser humano ha
dispuesto tener algunos puntos de referencia para no extraviarse en el camino.
El problema es que muchas veces esos puntos de referencia están lejos y para
llegar a ellos, tomamos atajos.
Te comparto algunos de los atajos más comunes y que nos hacen caer en la doble moral:
Te comparto algunos de los atajos más comunes y que nos hacen caer en la doble moral:
1. Lavar el plato por fuera
Seguro lo has hecho en casa. Ocupas un plato pero casi
ni se ensucia, por lo que le pasas un trapito o una servilleta y vuelves a
guardarlo. En estricto rigor, ese plato es un plato usado, está sucio y no ha
sido lavado. También lo hacemos en lo moral y en lo espiritual y Jesús es
duro con quienes queremos hacer que las cosas pasen desapercibidas o
despreocupan lo que realmente está pasando y sólo les interesa que se «vea
limpio» aunque no esté limpio realmente.
«Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas, que
limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de
codicia y desenfreno… Limpia primero la copa por dentro y así quedará también
limpia por fuera» (Mateo 23, 25-26).
2. Lo escandaloso de la
intimidad
Todos tenemos un aspecto íntimo y otro público de
nuestras vidas y en ambas nos comportamos y nos permitimos cosas diferentes y
está bien que así sea. Lo que está mal, es que en la intimidad nos demos
licencia para hacer, pensar, omitir o decir cosas que sabemos que no son
moralmente correctas, pero como nadie lo sabrá, las hacemos de todas formas. La
intimidad es buena y muy saludable, pero cuidémosla. Nuestras acciones privadas
o públicas siempre tienen un impacto en los demás, sobre todo con Dios.
3. Aquello que
estadísticamente empezó a considerarse como normal
Como somos seres sociales, mucho de lo que nos
permitimos hacer tiene que ver con lo que nuestras comunidades hacen y se
permiten. Eso es lo lindo de la vida con los demás, pues transamos y somos
flexibles a sus diferencias; las amamos. Lo triste es cuando hacemos vista
gorda porque “todos lo hacen” y nadie se escandaliza.
¿Cuántas veces hacemos como si Dios no estuviera mirando y nos permitimos hacer lo que hacen nuestros “hermanos mayores” aunque sabemos que no está bien?
La verdad es que el bien y el mal no son democráticos ni se acomodan según la opinión de la mayoría. Algo que está mal, seguirá estando mal aunque todos lo practiquen.
¿Cuántas veces hacemos como si Dios no estuviera mirando y nos permitimos hacer lo que hacen nuestros “hermanos mayores” aunque sabemos que no está bien?
La verdad es que el bien y el mal no son democráticos ni se acomodan según la opinión de la mayoría. Algo que está mal, seguirá estando mal aunque todos lo practiquen.
4. Queremos lo mejor para
los demás, pero no estamos dispuestos a que sea lo mejor para nosotros
Esta es la parte que nos quita credibilidad
como cristianos. Predicamos a Jesús, su buena noticia, los valores
que nos enseña, lo importante de amar al prójimo y deseamos que todo el mundo
lo conozca y le entregue su vida y su corazón, pero nosotros no hacemos ni el
más mínimo esfuerzo por hacer aquello a lo que invitamos a la todo el mundo.
«¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportable, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!» (Lucas 11, 46b).
«¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportable, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!» (Lucas 11, 46b).
Fuente: Catholic.Link
