Los saltos del silencio
Hola, buenos días, hoy Sión nos lleva al Señor. Que
pases un feliz día.
Ayer llegamos al refectorio para cenar, pero, en el
momento de bendecir la mesa, nadie dijo nada. El silencio se prolongaba,
haciéndose incómodo...
"¿Será posible?", empecé a pensar, "¿A
quién le toca bendecir esta semana? Ya se han despistado... ¡¡Uy va!! ¡¡Que me
toca a mí!!"
Con el susto, la bendición me salió bastante
atropellada... y ahora, en cualquier momento del día, cuando se crea un
silencio largo, ¡se me tensan todos los músculos! De forma automática, me salta
la pregunta: "¿Me toca a mí?"
En la oración, me reía con el Señor por este cambio de
perspectiva. He pasado del "¿A quién le toca?" al "¿Me toca a
mí?".
Y es que, ante el silencio de una necesidad, es muy
fácil mirar a los demás, esperando que sea otro el que se lance a resolverla.
¡Pero con Cristo las cosas cambian!
Él vio nuestra debilidad, nos vio cargados con miles
de pesos, se dio cuenta de las veces que, aun queriendo, somos incapaces de
amar. Cristo escuchó el silencio de nuestra necesidad; y no miró hacia otro
lado, sino que se lanzó a ayudarnos. No envió un mensajero, sino que lo hizo Él
en persona. Se hizo uno de nosotros, se puso a nuestro lado. Ante el silencio
de nuestra debilidad, ¡sabemos que contamos con Él, que siempre está dispuesto
a ayudarnos!
Hoy el reto del amor es hacer un favor a alguien. A lo
largo del día, cuando veas alguna necesidad en la que puedes ayudar, como, por
ejemplo, poner la mesa, te invito a que no mires a tu alrededor, esperando a
ver si surge otro voluntario... ¡te invito a que mires a Cristo! Él te mostrará
que es una oportunidad para amar, ¡y llenará tu corazón para que lo hagas con
una sonrisa! ¡Feliz día!
VIVE DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
