Tan sencillo como eso, tan
difícil como eso
Le preguntaban a Jesús este
domingo en el Evangelio cuál es el camino correcto para llegar al
cielo: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
Es la misma pregunta que, con pureza de
intención, le hizo también el joven rico. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué
tengo que cambiar para ser feliz siempre?
Escuchamos una respuesta a la pregunta
acerca de la vida eterna: “Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas
y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.
¡Cuánto cuesta amar bien, amar de forma madura! Decía el papa Francisco en la
exhortación apostólica Amoris Laetitia: “Hay personas que
se sienten capaces de un gran amor sólo porque tienen una gran necesidad de
afecto, pero no saben luchar por la felicidad de los demás y viven encerrados
en sus propios deseos”. Y ya nos lo decía Jesús:“Hay más felicidad
en dar que en recibir” (Hch 20,35).
El amor es la clave. Mi capacidad para amar a Dios y tocar su
amor. Mi camino de felicidad comienza en mi corazón: “El
mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca”. Ahí se
juega mi felicidad. Amar con todo el corazón. Amar con toda el alma. Amar
siempre. A Dios, al prójimo.
Jesús lo dice hoy bien claro: “Bien
dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Pero, “¿Y quién es mi
prójimo?”. En la búsqueda obsesiva de recetas queremos tener claro
cómo actuar. ¿Hasta dónde tengo que amar? Amar al prójimo. ¿Quién es
mi prójimo? Uno quiere delimitar bien hasta dónde amar.
¿Cuál es la medida de mi amor, el límite? No quiero amar de forma excesiva. No estoy
dispuesto a amar sin medida. Un amor localizado, determinado, sin
extremos, es más llevadero. Un amor concreto que no me saque de mi
comodidad.
La parábola del buen samaritano me
descoloca siempre en mi medida. Me habla de un prójimo al que no conozco, al
que no quiero por ser extranjero, al que no deseo porque está necesitado y me
puede quitar mi tiempo, mi dinero, mi libertad, mi paz.
“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó,
cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se
marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por
aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un
levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo”.
Esa parábola siempre me incomoda. Los tres
vieron al hombre que estaba tirado al borde del camino. Yo mismo soy el
sacerdote, el levita, el samaritano. Los tres vieron al hombre herido. Yo
también lo veo. Pero en el sacerdote y el levita el corazón permaneció
insensible.
Se alejaron porque sólo vieron con los
ojos, no con el corazón. No estaban dispuestos a un amor sin medida. Ese hombre no era su prójimo. Estaba fuera de los
límites. Miraron sólo con el juicio y su soberbia, no con la sencillez de un
hombre que mira a otro hombre que necesita ayuda. Sin cargos.
Seguramente los dos tenían que hacer cosas
importantes, tenían altos cargos. Iban a realizar misiones buenas y sagradas.
Su presencia era necesaria. Lucas no dice si sintieron algo al mirar al herido.
Tan solo aclara que dieron un rodeo.
Para poder pasar de largo y llegar a mi
destino, a veces tengo que dar un rodeo. Así no me afecta lo que ocurre cerca
de mí, así no me siento culpable. Si me alejo no miro esos ojos que me
suplican y no dejo que la compasión me cambie los planes. ¡Me parezco tanto
al levita y al sacerdote!
Siento que muchas veces lo mejor es
amurallarme, alejarme. Porque si no lo hago me complico la
vida. Ellos siguieron su camino importante y lleno de responsabilidades. No
podían detenerse, perder su tiempo, dejar de hacer lo que les correspondía.
Si no hubieran tenido nada que hacer,
quizás se hubieran detenido a ayudar. Pero no era posible, los esperaban, eran
necesarios.
¡Qué difícil es cambiar el plan cuando nos
creemos importantes! ¡Cuánto me cuesta
detenerme ante un imprevisto! ¡Cuántas veces Dios está escondido en el
imprevisto y yo no lo encuentro, no me detengo, paso de largo y no veo su
huella!
El levita y el sacerdote no vieron a Dios
ese día en un hombre herido. Hablaban de Dios, pero no entregaron el amor de
Dios. ¡Cuántas veces yo hablo de Jesús pero luego no soy Jesús en mi
amor, en mi entrega!
La vida del sacerdote y del levita no
cambió con el encuentro con ese hombre herido. No hubo encuentro y el corazón
permaneció igual. Ni siquiera lo recordarían. No les rompió esquemas ni les
hizo plantearse nada nuevo. No renunciaron a nada, no cedieron, no se
abrieron a la sorpresa.
A veces yo soy así y voy así por mi
camino. Veo necesidades, pero doy un rodeo. Prefiero que las
necesidades de los otros no interfieran en mi vida. Y todo lo justifico desde
mí. Pienso que no puedo, que si pudiera lo haría, pero es que me
esperan. Busco excusas.
Y en el fondo, estoy diciendo que yo soy
más importante que este hombre. Me
creo que los que me esperan son más importantes y se van a sentir quizás
defraudados. No voy a cumplir las expectativas. No se conmueve mi
corazón al ver al que me necesita.
¿Qué hubiera pasado si el sacerdote
hubiera visto a otro sacerdote herido? ¿O el levita a otro levita? No lo sé.
Tal vez sí hubiera sido su prójimo.
Recuerdo una vez en el camino de Santiago.
No nos querían dar alojamiento en una parroquia. Hasta que el párroco supo que
éramos sacerdotes. Al ver que éramos colegas, así fue como nos llamó, nos dejó
entrar. Al ser sacerdotes como él nos convertimos en prójimos. Antes no.
Tal vez en la parábola se hubieran
acercado si lo hubieran reconocido. No lo sé. A veces el poder, el
cargo que detentamos, el dinero que ganamos, endurecen el corazón. Nos hacen
lejanos del que sufre. Ya no somos próximos. Ya no hay prójimos cerca.
Tal vez el samaritano había sentido en su
vida el desprecio y la marginación. Y esa experiencia le hizo especialmente
sensible a cualquier herido, a cualquier persona vulnerable. Él se sabía
también herido, y su corazón estaba más abierto.
Le pido a Dios que nunca me crea
importante, que nunca me aleje de mi prójimo,
sea quien sea. Que nunca deje de sentirme sencillamente, hombre, peregrino,
como todos. Y que mis heridas me hagan más humano, más comprensivo, más
cercano.
Yo quisiera hacer lo mismo que hace el
samaritano. Quiero aprender a amar a Jesús, vivir
con Él, ser como Él. Aunque deje mi alma en los caminos y me tropiece mil veces
porque no doy rodeos:
“Pero un samaritano que iba de viaje,
llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las
heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo
llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y,
dándoselos al posadero, le dijo: – Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo
pagaré a la vuelta”.
Quiero detenerme como me dice hoy
Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”. Al verlo, tuvo compasión, y
se acercó. Creo que esa es la clave. Y es lo que yo imploro siempre.
Tener un corazón de carne que me haga conmoverme. Pero muchas veces no sé
hacerlo.
Este hombre se acercó porque sintió
lástima. No podía seguir de largo. Seguramente el encuentro con este herido fue
un cambio en su vida. Amar lo cambia todo. Y recordaría siempre a
este herido que le tocó el corazón por estar desvalido.
Se acercó, e hizo más que lo mínimo. Eso
me conmueve. No era necesario hacer tanto. Comparado con los otros que
siguieron de largo, ya era mucho llevarlo a una posada y dejarlo a salvo. Pero
él amó más del mínimo, de lo necesario, de lo exigible.
No pidió ayuda, lo hizo él
personalmente. Se implicó. No se desentendió. Se manchó con la
sangre del herido. Se expuso. Perdió su tiempo por amor. Amó con ternura. Vendó
sus heridas. Las calmó con aceite. Le sanó por dentro y por fuera.
Calmó su pena y su dolor. Su rabia y su herida.
Es lo mismo que hizo Jesús por los
caminos, cuando sanaba el cuerpo y el alma. Curaba y perdonaba.
No sabemos quién era este
samaritano. No importa su cargo, su misión. Solo hay un hombre herido y
un hombre misericordioso. Dos hombres que se encuentran. Uno que sufre y
otro que se conmueve.
Subió al herido a su caballo. Es lo mismo
que hace Jesús conmigo. Me sube a sus hombros cuando necesito ayuda. Él es así.
A veces yo no pido eso. Sólo pido que desde lejos haga el milagro.
Pero Dios se conmueve ante mi dolor. Mi
tristeza, mi soledad, mi miedo, mi enfermedad, mi vacío, mi desilusión, mi
pérdida, tocan su corazón. Mi vida toca su corazón. Se conmueve ante mí y
se acerca. Se abaja, se despoja para llegar a mí.
No espera en su trono a que yo vaya. Él
llega y venda mis heridas. Las que me han hecho otros, o yo mismo, o la vida.
Las venda, diciéndome al oído que me quiere, que no tema, que no me va a dejar
solo, que me perdona, que confía en mí.
¿Cuándo he sentido esa cercanía de Dios? Me lleva sobre sus hombros. En su cabalgadura.
Lo hace sin pedirme nada. Lo hace gratis. En la parábola sólo hay
gratuidad. Un amor desbordante más allá de lo mínimo y lo esperable.
Hoy hay tantas heridas de abandono, de
soledad.“¿Cuál de estos tres te parece que se
portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Hay
tantos prójimos al borde del camino que necesitan mi vida, mi tiempo, mi
ternura, mi amor…
Pero yo miro la actitud del samaritano y
me parece excesivo. El samaritano practicó la misericordia. Dejó de pensar en
sus planes, en su camino. Yo también quiero practicar la misericordia.
Jesús me enseña a mirar así. Él va de camino y se para ante cualquiera.
Quiero que esa sea la norma de mi
vida. “Anda y haz tú lo mismo”. Quiero que mi vida sea eso, hacer
lo mismo. Pero no sé hacerlo. ¿Cómo lo hago? ¿Dónde puedo hacerlo? A veces no lo
sé. Ni siquiera veo dónde soy necesario.
Tal vez estoy demasiado centrado en lo que
yo necesito, en mi camino de felicidad. Y me olvido de lo importante. Mi
prójimo es cualquiera que necesita misericordia. Pienso en Jesús. Me gusta ese
samaritano que entrega al hombre herido al posadero y le dice: “Cuando
vuelva”. No se desentiende de él. Volverá.
Dios siempre vuelve a buscarme y mientras,
me deja al cuidado de otros que me aman. Mis
padres, mi cónyuge, mis hijos, mis amigos, mis hermanos. Me deja para que me
cuiden. Y Él vuelve siempre de nuevo.
¿A quién me ha entregado Dios para que me
cuide?
Al mismo tiempo yo soy el posadero. Me
pide que cuide a tantos heridos. ¿A quién me ha entregado para que yo
lo cuide?
Pienso que la única forma de vivir
de verdad es estando cerca de los otros, siendo prójimo. Así nos pensó
Dios, cercanos, ayudándonos, llevándonos unos a otros sobre la cabalgadura,
para llegar a Él.
Pero a veces vivo alejado,
encerrado en mi grupo de iguales. Y hablo de Dios, pero su ley no está más que
en la mente, no en el corazón, ni en mi vida. El camino es estar cerca.
Sobrellevar al que sufre. Apoyar al que me necesita. Y dejar de construir muros defensivos
en el alma.
No quiero dar más rodeos. Quiero
salir de mi ruta y de mí mismo. Así es como quiero vivir.
Quizás al final del día, al atardecer, el
sacerdote y el levita no recordaron haber hecho nada mal. Llegaron a cumplir
sus tareas. No defraudaron a nadie. No fallaron en nada. No dejaron de hacer lo
que habían prometido hacer. Sus responsabilidades listas. Cumplieron su misión.
A lo mejor tuvieron éxito. Tal vez no
pecaron mucho. Pero,¿y la gratuidad? No hubo nada extraordinario,
nada fuera de lo normal, no se rompió su agenda, no fallaron sus
planes. Pero tal vez les faltó amor. Un amor sin medida, desbordado.
No hicieron nada loco por amor.
Por su parte, tal vez, el samaritano, de
rodillas ante Dios, reconozca que sintió rabia por lo que hicieron esos hombres
que apalearon al herido. Quizás en su corazón criticó y tuvo la tentación de no
implicarse tanto.
No sé, quizás no era tan inmaculado su día
como el de los otros dos, no era tan perfecto. Puede que llegara tarde a su
trabajo, manchado de sangre. Puede que el dinero que invirtió en un desconocido
tuviera otro destino previsto. No lo sé. Quizás se perdió algo.
Y tal vez algunos lo criticaron por haber
sido tan poco responsable y haber perdido su tiempo en el camino por un
desconocido. Puede ser. Pero lo que es verdad es que su corazón se hizo
más grande ese día. Era un hombre bueno. Tal vez le hizo bien conocer
al herido y experimentar la gratuidad.
Hay más alegría en dar que en
recibir. Se vació y experimentó esa alegría honda de dar más allá de la
medida justa.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
