La caridad no conoce diferencias de clase, cultura, raza o religión
Hay preguntas que son claramente retóricas y buscan
justificarnos ante los demás. Es la que plantea el maestro de la ley a Jesús en
el evangelio de hoy. Dice Lucas que, «queriendo justificarse» por haber
preguntado algo que debería saber —¿cómo alcanzar la vida eterna?—, y
habiéndole Jesús mostrado que el camino para lograrla era el amor a Dios y al
prójimo, el rabino le hace esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús, en
lugar de responder directamente, le cuenta una historia a modo de parábola,
conocida como la del buen samaritano.
Los dos primeros pasaron de
largo, posiblemente porque subían al templo a orar y no podían perder la pureza
ritual con la sangre de un malherido. El tercer personaje era un samaritano,
que fue quien se compadeció de él, curó sus heridas con aceite y vino, lo montó
en su cabalgadura y lo llevó a una posada donde encargó al posadero que cuidara
de él hasta que a su vuelta le pagara lo que había gastado con sus atenciones.
Es de sobra
conocido que en el tiempos de Jesús, judíos y samaritanos se consideraban
enemigos irreconciliables. Les separaban no sólo la tierra —la Samaría pagana y
la Judea religiosa— sino su concepción del culto y otras tradiciones. Baste
recordar como ejemplo de esta enemistad las palabras de la samaritana a Jesús
cuando éste, sentado sediento junto al pozo de Jacob, que está en Samaría, le
pide de beber. La mujer, sorprendida, le dice: ¿cómo tú, siendo judío, me pides
de beber a mí que soy samaritana?
El hecho de que Jesús haya escogido al samaritano como el único que se
compadece del judío apaleado y herido al borde del camino, es el dato que
centra la enseñanza de la parábola y prepara la respuesta de Jesús a la
pregunta del maestro de la ley: ¿Quién es mi prójimo? Jesús deja claro que
el prójimo es el que nos necesita en cualquier momento, aunque sea un enemigo
nuestro. La caridad no conoce diferencias de clase, cultura, raza o religión.
Prójimo es el necesitado de nuestra ayuda, cualesquiera que sea la
circunstancia en que se encuentre. Así lo entendió enseguida el maestro de la
ley, cuando, al acabar la historia, Jesús le preguntó: «¿Cuál de estos tres te
parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». La
respuesta no se hizo esperar: «El que practicó la misericordia con él». Y Jesús
remachó su argumento: «Anda y haz tú lo mismo».
Nuestro concepto de prójimo adolece de muchos prejuicios. Amamos a los que nos
aman. Hacemos el bien a amigos y compañeros. Ayudamos a quienes pueden
devolvernos el favor. O discriminamos en razón de conveniencias sociales,
religiosas y políticas. Jesús critica estás posturas en varios pasajes del
evangelio. ¿Qué mérito tenemos, nos dice, si amamos a los que nos quieren? Amar
al enemigo, incluso al enemigo de Dios, es nota distintiva del cristiano.
Así
hicieron los mártires perdonando a sus verdugos que actuaban con odio a la fe.
Jesús tuvo por prójimos, y los trató con compasión, a publicanos y prostitutas,
a sus verdugos y torturadores, a leprosos intocables y marginados de la
sociedad y del culto a Dios. Tuvo por prójimos a los ladrones crucificados con
él, y a uno de ellos, que le pidió acordarse de él, le prometió el Reino de los
cielos. Toda persona es prójimo, y para alcanzar la vida eterna hay que cumplir
la sentencia de Cristo: «Anda y haz tú lo mismo».
+ César Franco Martínez
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
