«Estad alegres, les dice, porque vuestros nombres están inscritos en el cielo»
El hombre tiende a enorgullecerse de sus
propias obras. Todos caemos en la autocomplacencia, y nos gusta el incienso del
reconocimiento público. Negarlo sería hipocresía. Jesús advierte del peligro de
buscar la gloria unos de otros y no la de Dios. Títulos, homenajes, honras
humanas, es el modo que tenemos los hombres para pagar servicios, destacar
hallazgos, o simplemente dejar constancia de hechos laudables y meritorios.
Nada de malo hay en ello si el hombre no se hincha con la vanidad o el deleite
interior de pensar que todo le es debido. Los santos han huido del elogio, la
adulación y las honras mundanas. Como vulgarmente se dice, se han puesto el
mundo por montera, han practicado la humildad y han buscado siempre la
aprobación de Dios, no la de los hombres.
Dicen que cuando san Juan de Ávila
agonizaba, una piadosa mujer que le tenía por maestro le recordaba todo lo que
había hecho por Dios y por la Iglesia, y el santo replicó: no seré yo quien le
recuerde a Dios todo eso.
En el evangelio de hoy, Jesús recuerda a los
setenta y dos discípulos, antes de enviarles a predicar, que han sido
investidos de un gran poder para pisotear serpientes y escorpiones y todo el
ejército del enemigo. Es una forma simbólica de revelarles que participan
de la misma autoridad y poder de Cristo, quien empieza por decir que ha visto a
Satanás caer desde el cielo como un rayo, metáfora que alude a su derrota.
¿Quién no se alegraría de un poder semejante? ¿No es el argumento de tantas
películas de héroes y superhombres que vencen el mal ante la admiración del
mundo? ¿No lucha el hombre por ser coronado de gloria y poder como una forma de
autoafirmación y de pasar a la posteridad?
Jesús, sin embargo, advierte a los suyos de que
no deben poner su alegría en ese poder recibido, aunque venga de Dios. También
él fue tentado por Satanás con la vanagloria de signos portentosos, que
mostraran su mesianismo. Sus discípulos no deben alegrarse porque los espíritus
se les sometan y triunfen sobre los poderes malignos. «Estad alegres, les dice,
porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». ¿Qué diferencia hay entre
uno y otro motivo de alegría? ¿Acaso la victoria sobre el mal no debe
alegrarnos? ¿Y la salvación final no depende en definitiva de nuestras obras
buenas? Sí y no. Es claro que la lucha contra el mal llena de gozo y produce la
mayor satisfacción a la que el hombre puede aspirar, la que está en el fondo de
toda obra verdaderamente humana, que el mundo premia con aplauso y homenaje.
Pero, en la batalla contra el mal, el hombre no triunfa con su propio poder y
eficacia. Es superior a sus fuerzas vencer el mal moral, el mal que se
personifica en el espíritu diabólico. En los crímenes del terrorismo, por
ejemplo, y las masacres de inocentes sabemos que hay un poder oculto,
siniestro, que ningún poder humano puede vencer por mucho que lo intente. Es el
mal personificado en el ángel caído que busca perder al hombre, incluso a los
amigos de Cristo, a sus enviados, contra los cuales se revolverá siempre con la
envidia homicida del origen, que acabó con la pureza de los primeros padres.
Contra ese poder, sólo puede Cristo y los suyos en la medida en que sean
conscientes de que también ellos están sujetos a la posibilidad de la
corrupción, como bien sabemos por experiencia propia y ajena. Por eso, Jesús,
recuerda a sus discípulos que la verdadera alegría no está en los milagros que
puedan hacer, en los éxitos apostólicos, sino en la conciencia de que sus
nombres están escritos en el cielo, es decir, en la misericordia divina que ha
tenido a bien salvarlos de antemano, protegerlos de todo mal, y destinarlos por
pura gracia a la vida sin fin.
+ César Franco Martínez
Obispo de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia