El español Fernando de Haro
estrena una nueva entrega de su serie sobre el martirio cristiano en el siglo
XXI
Fernando de
Haro publicó Cristianos y Leones en 2013. Era un libro de
Planeta Testimonio en que se ilustraba una idea: en la actualidad, el
cristianismo es la religión más perseguida en todo el globo.
Después, en plena
sacudida por las imágenes de las decapitaciones del Estado Islámico, escribió Coptos:
viaje al centro de los mártires de Egipto (Encuentro, 2015).
En nuestros
tiempos digitales, si no hay imágenes de algo, ese algo no es verdad. Lo
explicaba Ignacio Ramonet en La Tiranía de la Comunicación (1998)
refiriéndose a la transformación del periodismo ocasionada por la televisión.
Pero esto es todavía más radicalmente cierto en la era del reality y
deBlack Mirror (2011-), donde incluso las personas necesitan
mostrar todas sus intimidades para sentirse existir.
Quizás por eso
el Fernando de Haro se echó la cámara al hombro y se tornó el documentalista de
lo que podríamos llamar las geografías del genocidio del pueblo cristiano en
nuestro días: para meter definitivamente a estos mártires en nuestras casas.
Primero
fue Walking Next to the Wall (2014), donde habló de la
espeluznante persecución sistemática de la comunidad copta en Egipto. En 2015
fue Nasarah, el momento para hablar de los cristianos refugiados en
el Líbano y de su diáspora desde las tierras sirias e iraquíes, provocada por
la persecución religiosa por parte del Daesh. Con Aleluya (2016) el
GPS se sitúa en Nigeria y en los continuos ataques sufridos por el yihadismo
terrorista de Boko Haram en tierras africanas. La próxima entrega, ya filmada,
aunque todavía por montar y estrenar, nos hablará de los crímenes cometidos
contra las comunidades cristianas en la India.
En Aleluya,
que se acaba de estrenar, se nos hace un análisis de la situación actual en
Nigeria y de la persecución a la que los cristianos son sometidos especialmente
en Norte, zona en la que se ocultan las hordas de Boko Haram, que se hicieron
famosas en 2014 por el rapto de más de doscientas niñas cristianas cometido
cuando estas iban a realizar un examen en la ciudad de Chibok.
La narrativa
del filme es ágil, escueta y efectiva. La música y el color del continente
africano salpican graciosamente todo el metraje. Como en otros de los mencionados
documentos firmados por Fernando de Haro, más allá de las atrocidades narradas
por los protagonistas, sorprende la constante afirmación de que, pese a todas
las amenazas de muerte, no conocen de ningún cristiano que haya decidido
convertirse al Islam.
Tras ver estas
imágenes uno tiene la clara sensación de que el nihilismo religioso
representado por Boko Haram y la muerte que va esparciendo por donde pisa, no
tienen la última palabra en este mundo. En cosas tan sencillas como los ojos de
los testigos y los cantos del coro dominical existe una potencia incontestable,
una belleza desarmada que brota de la misericordia recibida y que se difunde
entre un perfume de paz y alegría y el ubicuo colorido del continente africano.
Aleluya, hecha con pocos recursos, se puede ver en la
plataforma digital Vimeo por un módico precio que garantizará la continuidad de
este trabajo tan necesario para los cristianos de aquí y de allá: para los
occidentales porque podemos aprender a no apartar el cáliz de la circunstancia,
a beberlo como la oportunidad de relación con Dios que es y como momento
privilegiado de verificación de la propia fe; para los que son acosados hasta
el martirio, porque así saben que no están solos y que el resto de la Iglesia
se conmueve y vela por ellos.
Fuente: Aleteia
