Sor San Pedro (II)
No puedo expresar lo que
pasó en mi alma. Lo que sí sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la
verdad, que excedían de tal forma el brillo tenebroso de las fiestas de la
tierra, que no podía creer en mi felicidad... No, no cambiaría los diez minutos
que me llevó realizar mi humilde servicio de caridad por gozar mil años de
fiestas mundanas...
Si ya en el sufrimiento y en medio de la lucha es posible
gozar un instante de una dicha que excede a todas las alegrías de la tierra
sólo con pensar que Dios nos ha sacado del mundo, ¡qué será en el cielo cuando,
abismadas en un júbilo y en un descanso eternos, veamos la gracia incomparable
que el Señor nos ha concedido al elegirnos para habitar en su casa, verdadero
pórtico del cielo...! No siempre he practicado la caridad entre estos
transportes de júbilo.
En cuanto llegaba esa hermana, se ponía a hacer
un extraño ruido, parecido al que se haría frotando dos conchas una contra
otra. Sólo yo lo notaba, pues tengo un oído extremadamente fino (demasiado a
veces). Imposible decirle, Madre, cómo me molestaba aquel ruidito. Sentía unas
ganas enormes de volver la cabeza y mirar a la culpable, que seguramente no se
daba cuenta de su manía. Era la única forma de hacérselo ver. Pero en el fondo
del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de Dios y no hacer
sufrir a la hermana. Así que seguía quieta y trataba de unirme a Dios y de
olvidar el ruidito... Todo inútil.
Me sentía bañada de sudor, y me veía forzada
a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Pero a la vez que sufría,
buscaba la manera de hacerlo sin irritarme, sino con alegría y paz, al menos
allá en lo íntimo del alma. Trataba de amar aquel ruidito tan desagradable: en
vez de procurar no oírlo (lo cual era imposible), centraba toda mi atención en
escucharlo bien, como si se tratara de un concierto maravilloso, y pasaba toda
la oración (que no era precisamente de quietud) ofreciendo aquel concierto a
Jesús.
En otra ocasión, en la lavandería, tenía enfrente de mí a una hermana
que, cada vez que golpeaba los pañuelos en la tabla de lavar, me salpicaba la
cara de agua sucia. Mi primer impulso fue echarme hacia atrás y secarme
la cara, con el fin de hacer ver a la hermana que me estaba asperjando que me
haría un gran favor si ponía más cuidado. Pero enseguida pensé que sería bien
tonta si rechazaba unos tesoros que me ofrecían con tanta generosidad, y me
guardé bien de manifestar mi lucha interior.
Me esforcé todo lo que pude por
desear recibir mucha agua sucia, de manera que acabé por sacarle verdadero
gusto a aquel nuevo tipo de aspersión e hice el propósito de volver otra vez a
aquel venturoso sitio en el que tantos tesoros se recibían. Madre querida, ya
ve que yo soy una alma muy pequeña que no puede ofrecer a Dios más que cosas
muy pequeñas. Con todo, muchas veces me ocurre que dejo escapar algunos de esos
pequeños sacrificios que dan al alma tanta paz. Pero no me desanimo por eso: me
resigno a tener un poco menos de paz, y procuro poner más cuidado la próxima
vez. El Señor es tan bueno conmigo, que no puedo tenerle miedo. Siempre me ha
dado lo que deseaba, o, mejor dicho, me ha hecho desear lo que quería darme.
Así, poco tiempo antes de que comenzase mi prueba contra la fe, yo pensaba en
mi interior: Realmente, no tengo grandes pruebas exteriores, y para tenerlas
interiores Dios tendría que cambiar mi camino. No creo que lo haga. De todas
formas, no puedo vivir siempre así, en el sosiego... ¿Cómo se las arreglará,
pues, Jesús para probarme? La respuesta no se hizo esperar, y me hizo ver que
mi Amado no es pobre en recursos. Sin cambiar mi camino, me envió una prueba
que iba a mezclar una saludable amargura en todas mis alegrías.
Fuente: Catholic.net
