Jesús murió por nosotros
en pleno día, entonces ¿por qué disimulamos nuestras dificultades?
Me hice católica como san Pablo:
desde mi encuentro con Cristo, todo cambió. Estaba prometida, tenía cuatro
hijos y tres hijastros. Estaba convencida de que, tras mi matrimonio religioso,
todos mis allegados notarían los cambios producidos en mi vida y que todos me
considerarían católica.
Pensaba que mi
conversión sería el comienzo de una vida feliz y que dejaría atrás un pasado
caótico. No es exactamente lo que sucedió.
En realidad, cada crisis nueva
aumenta el estrés que ya habían causado las crisis precedentes. Y cada vez
volvía el rostro hacia la cruz preguntándome cómo podía haber imaginado que ser
católica iba a ser un camino de rosas.
He intentado de múltiples maneras
comportarme según la forma que estimo apropiada y procurar que mis seres
queridos hagan lo mismo.
Ya no me enfado con Dios, porque he
comprendido que esa no es la perspectiva adecuada, pero lo he intentado todo: en
un momento de duda, dejé de ir a misa. En otro momento, iba a todas las misas
que podía.
He rezado el rosario y las novenas.
He hablado con sacerdotes y psicólogos. No hay nada que no haya
intentado para tratar de apaciguar “de manera católica” ciertas batallas y
dolores recurrentes en mi vida.
Fue así como me di cuenta de
que esta lucha es la lucha de los católicos.
La lucha de los
católicos
En la mayoría de las historias de
santos, parece que los santos nunca hicieron mal alguno.
Pero los santos también son
humanos, con su particular lote de conflictos y de pecados. Ser santo
no quiere decir que uno ya no sea pecador, sino que ama lo suficiente a Jesús
como para presentarse con sus propios errores delante Él.
Así que, ¿por qué tratamos
de silenciar nuestros conflictos? ¿Por qué nos dan un sentimiento de
vergüenza y de soledad?
Me siento sola
en mis batallas. No tengo la impresión de que los otros católicos
sufran de la misma forma, con hijos homosexuales, con enfermedades mentales,
implicados en actividades ilegales y reacios a asistir a misa. Siento
una presión enorme por hacer como si nada de todo eso sucediera.
Cada uno carga
con su cruz
No me avergüenzo de ninguno de mis
hijos, ni siquiera de aquellos con los que estoy tan furiosa que no consigo
analizar la situación con claridad.
Nunca sentiría vergüenza de las
batallas que libra mi familia.Son esas batallas las que nos hacen humanos,
es nuestro propio camino del Calvario.
Somos el pueblo de la Cruz. No
hay ninguna necesidad de ocultar a los otros nuestras penas.
Jesús no murió
en la cruz en la penumbra de la noche. Permaneció en
la cruz a plena luz del día para que todo el mundo pudiera verle y comprender
que la “salvación tiene un precio”. Siempre.
Temo por mis hijos y por mí. Pero
soy católica y jamás debería tener miedo a pedir ayuda u oraciones,
porque entonces demostraría vergüenza por la cruz que cargo conmigo.
Debo tener plena confianza en mí
misma y los demás y tener la valentía de pedir ayuda a otros para llevar mi
cruz. Jesús mismo necesitó ayuda para cargar la suya.
Fuente: Aleteia
