Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar
Los que amamos el camino de Santiago, y además hemos podido vivirlo, sabemos cuán cierta, hermosa y profunda es esa cita de Machado. Qué importante es saber vivir cada paso, cada jornada, cada etapa en su justa dimensión y medida.
Cada paisaje, cada momento, con su marco concreto, con sus compañeros o con su silencio y soledad. Con sus alegrías, con sus dolores… Cada paso es único y hay que saber darlo. Hay que recibirlo y saber también dejarlo atrás, con todo lo que trajo a nosotros.
Y así, poco a poco, día a día, aunque al principio pudiera parecer lejano, llega el final, la meta. Se ha dicho también que este camino de Santiago, como cualquier peregrinación, es la gran metáfora de la vida misma. Nuestra meta última es Dios. Nos hiciste, Señor, para ti, -dice San Agustín-, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti.
Precisamente por esto, en nuestro camino, en
todos los caminos que transitamos y muy especialmente en el de la fe, se hace
necesario pararse, contemplar, reconocer nuestros pasos dados, las bendiciones
recibidas, las experiencias vividas, los errores cometidos, todo lo aprendido.
Necesitamos acudir con frecuencia al abrazo misericordioso del Padre que tienda
su bálsamo de perdón sobre las heridas que va dejando en nosotros el pecado,
los pedruscos del camino. Necesitamos volver constantemente a la fuente de
nuestras fuerzas, a comer el Pan de la vida y la Palabra que alumbre nuestros
pasos. Para poder seguir caminando. En esto no hay verano, ni vacaciones.
Hemos culminado un curso más, en el ámbito
escolar. Y también en el pastoral. Por eso, nos hemos encontrado hace unos días
una parte de nuestra comunidad parroquial de San Cristóbal. Como en los últimos
años, es un encuentro gozoso para hacer sencillamente esto: compartir lo que ha
sido este curso y despedirlo con el corazón agradecido a todos los que han ido
ayudándonos a caminar a lo largo del mismo con su aportación y sobre todo,
dando gracias a Dios, como María en el Magníficat: “Proclama mi alma, la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios
mi Salvador… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí…” No es lo
importante nuestra pequeña o gran obra, nuestra aportación.
Lo importante es lo
que Dios hace con nuestra disponibilidad, con lo que estamos dispuestos a poner
a su servicio cada día. “Son tuyas las
horas y tuyo el viñedo. A lo que sembramos, dale crecimiento. Tú que eres la
viña, cuida los sarmientos.” Esto cantamos en el himno de vísperas. Esto
creemos y esto vivimos al culminar esta etapa.
Para poder dar gracias a Dios de una forma
concreta, con rostro y “paisaje” concreto, fuimos compartiendo y revisando
brevemente lo que ha sido el recorrido concreto en cada área pastoral de la
Parroquia: Liturgia, Coro, Cáritas, monaguillos, Catequesis, Arciprestazgo,
limpieza y ornato de la iglesia, jardín, Consejo,…
Un curso ha terminado. Se abre un tiempo
necesario de descanso, para reponer fuerzas y dar ocasión a que fragüen nuevos
proyectos e ideas para el curso próximo, si Dios quiere seguir contando con
nosotros aquí. No podemos dudar de que Él, que nos ha llamado a la vida por
amor, cuenta con cada uno de nosotros siempre. Tarea nuestra es ir descubriendo
día a día su voluntad sobre nuestra vida. Que este tiempo de verano, de
descanso, de encuentros y adioses tengamos la gracia de poder descubrir
justamente esto. Pidámoslo con fe: Señor, aquí estoy. Qué quieres de mí.
Antonio Sanz de Frutos