Una peregrinación se
asemeja mucho a la propia vida
Hace algunas semanas estuve en el norte
de España, en la región de Galicia, donde tuve la bendición de realizar el
Camino de Santiago, una tradicional peregrinación, llena de historia y aventura
que miles de personas de diferentes países llevan a cabo durante todo el año.
Te cuento que
para mí fue una oportunidad muy especial, ya que desde hace varios años tenía
en mente poder realizar este camino, y tuve una gran certeza interior de que la
realizaría este 2016, luego de leer una publicación sobre las peregrinaciones
que podíamos realizar por el Año de la Misericordia. Leí el post y me dije
interiormente (a la vez que le pedía a Dios que así se diera): «este año es».
Realizar el
camino (como se le llama tradicionalmente), fue para mí una experiencia
única, intensa, que me marcó mucho: Dios respondió muy concretamente a una
serie de cuestionamientos personales que tenía en los últimos años de mi vida,
en la línea de descubrir con más claridad qué quiere de mí, en el lugar que
ocupo en el mundo, en mis relaciones con las personas que me rodean y en
general en conocer más profundamente quién soy yo.
Como habrás
escuchado alguna vez una
peregrinación se asemeja mucho a la propia vida:
hay subidas y bajadas, momentos difíciles y momentos más tranquilos, conoces
diversas personas que dejan alguna huella en ti (y tú dejas alguna huella en
cada una), siempre caminamos hacia una meta muy concreta dando todo por
alcanzarla (que en mi caso culminó con el abrazo a la imagen del Apóstol, como
símbolo de un encuentro con quien ya recorrió esos pasos, figura de lo que será
el cielo). Es por ello que quiero compartirte 6 enseñanzas que me dejó el Camino de
Santiago. Espero puedan ser útiles para tu propia vida.
1. Un peregrino está siempre en búsqueda
Es
impresionante ver la cantidad de gente que peregrina. Personas de diferentes
edades, países, e incluso creencias. En grupo o solos, cada quien con una
particular motivación. Me encontré con personas que lo hacían por motivos de
fe, otros como ofrecimiento, otros para conocerse más, e incluso había quienes
lo hacían por aventura o por deporte. Sin embargo, lo que era permanente en
todas estas diferentes experiencias era que todos esperaban algo. Todos estaban en búsqueda de algo
más. Algo los atraía a hacer El Camino de Santiago aún con todas las
dificultades que implicaban hacerlo. Si bien la meta estaba clara, siempre la
mirada estaba atenta a descubrir qué nos traía el nuevo día, qué personas conoceríamos,
que obstáculos surgirían, siempre
en búsqueda, como en la propia vida. Búsqueda
que se hace más llevadera, si tenemos una luz que nos guíe a cada paso. Somos
peregrinos de la misericordia.
2. Sé tú mismo
En El Camino no hay poses, máscaras o roles
que valgan. Eres tú
y Dios que va contigo. El camino que transitas y las personas con las que
te vas encontrando simplemente «conectan» contigo. La amistad va brotando entre
los peregrinos de forma muy natural. Te lo explico mejor: en la vida cotidiana
muchas veces nos acostumbramos a aferrarnos a nuestras formas de pensar, a
nuestros esquemas, que muchas veces se cierran al encuentro con los demás. Lo irónico
es que nuestro ser más profundo anhela ese encuentro. Y solo lograremos hacerlo
cuando nos quitemos de encima todo ese peso de quien no soy y que tantas veces
cargamos para aparentar, quedar bien, y calmar el qué dirán. Ya lo decía el
gran escritor francés Saint-Exupery: «Aquel
que quiera viajar feliz, debe viajar ligero». Ser yo mismo, con
mis dones, virtudes, y cosas por cambiar, eso es lo que abre al contacto
sincero con los otros.
3. Existen personas realmente buenas y con hambre de verdad
en el mundo
El Camino
debe ser vivido en clave de encuentro. Por supuesto tuve mis ratos de
oración personal mientras caminaba, y de reflexión mientras veía el paisaje,
pero también tenía (sin planificarlo) mis ratos de conversación con otros
peregrinos, de conocerlos y darme a conocer, de compartir la vida. Fue muy
gratificante encontrar personas de lo más variadas, de países que nunca hubiese
pensado conocer, y compartir desde lo más cotidiano. Y entender en ello que
realmente existen personas con un gran corazón en el mundo, que buscan a Dios
(a veces sin darse cuenta), y que anhelan cosas buenas y verdaderas para su
vida, aún a pesar de las diferencias culturales que puedan existir.
4. La alegría de la vida en Cristo, de estar siempre con Él,
cuestiona
En esa dinámica de encuentro, desde ese
ser yo mismo, encontré algo que siempre fue bien recibido: la alegría y la bondad que viene de Dios,
siempre cuestiona y siempre tiene un efecto transformador en la vida de las
personas. Cuando
tenemos esa certeza fuerte de que Dios habita en nuestro corazón y no nos
permitimos nublar esa presencia, podemos vivir con una alegría que irradia
felicidad. Y eso contagia, cuestiona, compromete y genera relaciones de amistad
sólidas y que pueden ser perdurables.
5. Rezar por los demás te acerca y te hace sentirte
acompañado
Durante
mi peregrinación tuve la oportunidad de rezar también por muchas personas, de
ofrecer mis esfuerzos y oraciones al Señor, así como la misa diaria de los
peregrinos en cada pueblo donde paraba cada día, por numerosas intenciones que
amigos, familiares y hasta personas desconocidas me pidieron llevara en mi
mente y en mi corazón durante todo mi Camino. Fue muy bonita esta experiencia
porque de alguna forma, me sentí muy acompañado de
todos ellos, y a su vez los acompañé cuando le
pedía al Señor por sus esperanzas, por sus sueños, sus propósitos y por
las situaciones que les inquietaban.
6. Dios me interpela constantemente con la creación
Finalmente, y no por ello menos importante,
fue fundamental el contacto con la Creación. Realmente me encontré con paisajes
hermosos, llenos de colores y de vida, que no hacían más que remitirme una y
otra vez al Creador y a elevar una acción de gracias por estar allí y por su
obra. Dios nos interpela
una y otra vez con las maravillas de la naturaleza en el día a día,
y esto es ocasión para darle gloria y para agradecerle por todo lo que tenemos
que es realmente un tesoro.
«El cansancio del andar, la variedad de
paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más
profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres
necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y
de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres
resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre
que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y
quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre
y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace
para encontrarse sobre todo con Dios» (Papa Benedicto XVI en Misa por el
Año Santo Compostelano en Plaza del Obradoiro, Santiago de Compostela, 6 de
noviembre de 2010).
Artículo originalmente publicado por Catholic
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