Entrada de Celina
Pero mi deseo más
entrañable, el mayor de todos, el que nunca pensé que vería hecho
realidad, era la entrada de mi Celina querida en el mismo Carmelo que
nosotras... Vivir bajo el mismo techo, compartir las alegrías y las penas de la
compañera de mi infancia me parecía un sueño inverosímil. Por eso, había hecho
por completo el sacrificio.
Había puesto en manos de Jesús el porvenir de mi
hermana querida y estaba dispuesta a verla partir, si era necesario, para el
último rincón del mundo. Lo único que no podía aceptar era que no fuese esposa
de Jesús, pues, al quererla tanto como a mí misma, se me hacía imposible verla
entregar su corazón a un mortal.
Ya había sufrido mucho sabiendo que en el
mundo estaba expuesta a peligros que yo no había conocido. Puedo decir que mi
cariño a Celina, desde mi entrada en el Carmelo, era un amor de madre tanto
como de hermana... Un día en que tenía que ir a una fiesta nocturna, tenía yo
un disgusto tan grande que supliqué a Dios que no la dejase bailar, y hasta
derramé (contra mi costumbre) un torrente de lágrimas. Jesús se dignó
escucharme y no permitió que su joven prometida pudiese bailar aquella noche
(aunque sabía hacerlo muy bien cuando era necesario).
Ella había cumplido ya su primera
misión: encargada de representarnos a todas nosotras al lado de nuestro padre,
al que amábamos con tanta ternura, la cumplió como un ángel... Y los ángeles no
se quedan en la tierra: una vez que han cumplido la voluntad de Dios, vuelven
enseguida hacia él, que para eso tienen alas... También nuestro ángel batió sus
blancas alas. Estaba dispuesto a volar muy lejos para encontrarse con Jesús,
pero Jesús le hizo volar muy cerca... Se conformó con aceptar el gran
sacrificio, que fue extremadamente doloroso para Teresita... Durante dos años
su Celina le había ocultado un secreto. ¡Y cuánto había sufrido también
ella...!
Por fin, desde lo alto del cielo, mi rey querido, al que en la tierra
no le gustaban las demoras, se dio prisa en arreglar los embrollados asuntos de
su Celina, ¡y el 14 de septiembre se reunía con nosotras...! Un día en que las
dificultades parecían insuperables, le dije a Jesús durante mi acción de
gracias: «Tú sabes, Dios mío, cuánto deseo saber si papá ha ido derecho al
cielo. No te pido que me hables, sólo dame una señal. Si sor A. de J. consiente
en la entrada de Celina, o al menos no pone obstáculos para ello, será la
respuesta de que papá ha ido derecho a estar contigo». Como tú sabes, Madre
querida, esta hermana pensaba que tres éramos ya demasiadas, y por consiguiente
no quería admitir otra más.
Pero Dios, que tiene en sus manos el corazón de las
criaturas y lo inclina hacia donde él quiere, cambió los pensamientos de esa
hermana: la primera persona que encontré después de la acción de gracias fue
precisamente a ella, que me llamó con un semblante muy amable, me dijo que
subiera a tu celda y me habló de Celina con lágrimas en los ojos... ¡Cuántas
cosas tengo que agradecer a Jesús, que ha sabido colmar todos mis deseos...!
Ahora no tengo ya ningún deseo, a no ser el de amar a Jesús con locura... Mis
deseos infantiles han desaparecido. Ciertamente que aún me gusta adornar con
flores al altar del Niño Jesús.
Pero desde que él me dio la flor que yo
anhelaba, mi querida Celina, ya no deseo ninguna más: ella es el ramillete más
precioso que le ofrezco... Tampoco deseo ya ni el sufrimiento ni la muerte,
aunque sigo amándolos a los dos. Pero es el amor lo único que me atrae...
Durante mucho tiempo los deseé; poseí el sufrimiento y creí estar tocando las
riberas del cielo, creí que la florecilla iba a ser cortada en la primavera de
su vida... Ahora sólo me guía el abandono, ¡no tengo ya otra brújula...! Ya no
puedo pedir nada con pasión, excepto que se cumpla perfectamente en mi alma la
voluntad de Dios sin que las criaturas puedan ser un obstáculo para ello.
Puedo
repetir aquellas palabras del Cántico Espiritual de nuestro Padre san Juan de
la Cruz: «En la interior bodega de mi Amado bebí, y cuando salía por toda
aquesta vega, ya cosa no sabía; y el ganado perdí que antes seguía. Mi alma se
ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo
otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio». O bien estas otras: «Hace
tal obra el AMOR, después que le conocí, que, si hay bien o mal en mí, todo lo
hace de un sabor, y al alma transforma en sí». ¡Qué dulce es, Madre querida, el
camino del amor!
Es cierto que se puede caer, que se pueden cometer infidelidades;
pero el amor, haciéndolo todo de un sabor, consume con asombrosa rapidez todo
lo que puede desagradar a Jesús, no dejando más que una paz humilde y profunda
en el fondo del corazón... ¡Cuántas luces he sacado de las obras de nuestro
Padre san Juan de la Cruz...! A la edad de 17 y 18 años, no tenía otro alimento
espiritual. Pero más tarde, todos los libros me dejaban en la aridez, y aún
sigo en este estado. Si abro un libro escrito por un autor espiritual (aunque
sea el más hermoso y el más conmovedor), siento que se me encoge el corazón y
leo, por así decirlo, sin entender; o si entiendo, mi espíritu se detiene,
incapaz de meditar...
En medio de esta mi impotencia, la Sagrada Escritura y la
Imitación de Cristo vienen en mi ayuda. En ellas encuentro un alimento sólido y
completamente puro. Pero lo que me sustenta durante la oración, por encima de
todo, es el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi pobre alma. En
él descubro de continuo nuevas luces y sentidos ocultos y misteriosos... Comprendo
y sé muy bien por experiencia que «el reino de los cielos está dentro de
nosotros». Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores para instruir a
las almas. El, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de palabras...
Yo
nunca le he oído hablar, pero siento que está dentro de mí, y que me guía
momento a momento y me inspira lo que debo decir o hacer. Justo en el momento
en que las necesito, descubro luces en las que hasta entonces no me había
fijado. Y las más de las veces no es precisamente en la oración donde esas
luces más abundan, sino más bien en medio de las ocupaciones del día... Madre
querida, después de tantas gracias, ¿no podré cantar yo con el salmista: «El
Señor es bueno, su misericordia es eterna»? Me parece que si todas las criaturas
gozasen de las mismas gracias que yo, nadie le tendría miedo a Dios sino que
todos le amarían con locura; y que ni una sola alma consentiría nunca en
ofenderle, pero no por miedo sino por amor...
Comprendo, sin embargo, que no
todas las almas se parezcan; tiene que haberlas de diferente alcurnias, para
honrar de manera especial cada una de las perfecciones divinas. A mí me ha dado
su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás
perfecciones divinas...! Entonces todas se me presentan radiantes de amor;
incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás) me parece revestida
de amor... ¡Qué dulce alegría pensar que Dios es justo!; es decir, que tiene en
cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la debilidad de nuestra
naturaleza. Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo? El Dios infinitamente justo,
que se dignó [84rº] perdonar con tanta bondad todas las culpas del hijo
pródigo, ¿no va a ser justo también conmigo, que «estoy siempre con él»...?
Fuente: Catholic.net