Toma de hábito
Entretanto, había llegado
la fecha de mi toma de hábito. Fui aprobada por el capítulo conventual. Pero
¿cómo pensar en una ceremonia solemne? Ya se hablaba de darme el santo hábito
sin hacerme salir de la clausura, cuando se optó por esperar.
Contra toda
esperanza, nuestro padre querido se repuso de su segundo ataque, y Monseñor
fijó la ceremonia para el día 10 de enero. La espera había sido larga, pero,
también, ¡qué hermosa fue la fiesta...! No faltó nada, nada, ni siquiera la
nieve... No sé si te he hablado ya de mi amor a la nieve...
Cuando aún era muy
pequeña, me fascinaba su blancura. Uno de mis mayores deleites era pasearme
bajo los copos de nieve. ¿De dónde me venía esta afición a la nieve...? Tal vez
de que, siendo yo una florecita invernal, el primer ropaje con que mis ojos de
niña vieron adornada a la naturaleza debió ser su manto blanco...
A la
mañana siguiente, el cielo no había cambiado. Sin embargo, la fiesta resultó
maravillosa, y la flor más bella, la más preciosa de todas, fue mi rey querido.
Nunca había estado tan guapo y tan digno... Fue la admiración de todo el mundo.
Aquel día fue su triunfo, su última fiesta aquí en la tierra. Había entregado
todas sus hijas a Dios, pues cuando Celina le confió su vocación, él había
llorado de alegría, y había ido a dar gracias a Quien «le hacía el honor de
tomar para sí a todas sus hijas».
Al final de la ceremonia, Monseñor entonó
el Te Deum. Un sacerdote trató de advertirle que aquel cántico sólo se cantaba
en las profesiones, pero ya estaba entonado, y el himno de acción de gracias se
cantó hasta el final. ¿No debía ser completa aquella fiesta, si en ella se
resumían todas las demás...? Después de abrazar por última vez a mi rey
querido, volví a entrar en la clausura. Lo primero que vi en el claustro fue a
«mi Niño Jesús color rosa» sonriéndome en medio de flores y de luces.
Inmediatamente después mi mirada se posó sobre los copos de nieve... ¡El patio
estaba blanco, como yo! ¡Qué delicadeza la de Jesús!
En atención a los deseos
de su prometida, le regalaba nieve... ¡Nieve! ¿Qué mortal, por poderoso que
sea, puede hacer caer nieve del cielo para hechizar a su amada...? Tal vez la
gente del mundo se hizo esta pregunta; lo cierto es que la nieve de mi toma de
hábito les pareció un pequeño milagro y que toda la ciudad se extrañó. Les
pareció rara mi afición por la nieve... ¡Tanto mejor! Eso hizo resaltar aún más
la incomprensible condescendencia del Esposo de las vírgenes..., de ese Dios
que siente un cariño especial por los lirios blancos como la NIEVE... Monseñor
entró en clausura después de la ceremonia, y estuvo conmigo muy paternal. Creo
que estaba orgulloso de que lo hubiera conseguido, y decía a todo el mundo que
yo era «su hijita».
Siempre que Su Excelencia volvió a visitarnos después de
aquella hermosa fiesta, se mostró muy bueno conmigo. Me acuerdo muy
especialmente de su visita con ocasión del centenario de N. P. san Juan de la
Cruz. Me tomó la cabeza entre sus manos y me acarició de mil maneras. ¡Nunca me
había visto tan honrada! En aquel momento Dios me hizo pensar en las caricias que un día él me prodigará delante de los ángeles y los santos, de las
que me daba ya en este mundo una tenue imagen. Por eso, fue muy grande el
consuelo que sentí...
Fuente: catholic.net
