Quiero pasar
por la vida amando en el lugar donde me toca amar
Creo que la tarea más difícil que tenemos
en nuestra vida es la de superar los pequeños fracasos diarios del camino. La
derrota y la ausencia, la pérdida y la muerte, la enfermedad y el sufrimiento.
El dolor, la renuncia. La pérdida de la fama, el olvido.
Una mujer avanzada en sabiduría le dijo a
su hijo cuando este sufrió un fracaso en su vida: “No te preocupes, a todos les llega algún día el descrédito.
No hay que temerlo. Sólo hay que enfrentarlo mirando más allá de nuestros
temores”. Me pareció muy acertado. Una mirada sabia sobre la vida.
Pero a veces perdemos tanto tiempo queriendo quedar
bien, ser aplaudidos y encontrar éxito. Mendigamos aplausos.
Buscamos la confirmación de que lo que hacemos está bien. Y mientras tanto,
sufrimos.
A veces miro a los lados. Miro a los que
avanzan y prosperan. A los que fracasan y se quedan atrás. Miro hacia delante,
miro hacia atrás. A los que logran el puesto que yo deseo. A los que pierden la
fama mientras yo la conservo. Miro siempre, observo. Al que está más lejos. Al
que está más cerca.
Y me confronto con mi propia vida. Para
saber si estoy bien o mal. Si necesito un cambio o no es tan necesario. Y
calculo la distancia que me falta hasta el cielo. Y planeo una vida feliz más
allá de la que tengo.
Quiero enfrentar mi presente con la misma
alegría del comienzo.
Cuando todo tenía más luz, al menos eso recuerdo. Los ojos ingenuos de los
niños. Cuando el alma aún no había sido herida, o sólo un poco.
Una persona me dijo un día: “Lo importante en la vida es encontrar tu
lugar en el que amar”. Pero no el lugar ideal, no el lugar
perfecto. No ese lugar que no tengo. Sino simplemente mi lugar, sin comparaciones. Mi
lugar pobre y limitado. Mi lugar en el que tal vez no tengo tantas
pretensiones.
La vida es muy larga y las cosas cambian
con el tiempo. Lo que hoy me obsesiona tal vez más tarde no me interese. Lo que
hoy me agobia puede dejar luego de ser tan importante. Por eso recorro el
camino sin pensar tanto en
los futuros inciertos. Sin querer retener la juventud de los
momentos pasados.
¡Cuántas personas se aferran a su imagen
ya no tan juvenil queriendo retener una edad ya pasada! ¡Cuántas veces contamos
nuestros éxitos pasados una y otra vez para no olvidar que hemos sido
importantes!
No lo sé. No quiero aferrarme a lo que me
da seguridad. No quiero
quedarme prendido en ese intento banal por ser alguien. Por
tener un nombre. Por dejar recuerdos. Quiero
pasar por la vida amando en el lugar donde me toca amar. A mi
manera. A la manera de Jesús, eso es lo que quiero. Es la importante.
Quiero abrazar mi vida y sostenerla en
los momentos en los que a mi alrededor me quede solo. En esos momentos de
olvido y rechazo que a todos nos llegan. Tal vez entonces necesitaré sólo a
aquellos que me amen sin condiciones. Es el amor importante.
Todos necesitamos encontrar personas en
la vida que nos amen incondicionalmente. Es el amor que nos sostiene en los fracasos. Sé que Jesús me ama así. Sin
condiciones.
Sé que sólo Él me levanta cuando caigo,
está a mi vera cuando me quedo solo. Me habla cuando no escucho. Me sonríe
cuando estoy triste. Me alienta cuando me desacreditan. Me sostiene cuando
tiemblo. Jesús me hace creer que mi vida es maravillosa y merece la pena seguir
viviéndola. Me hace pensar que ha puesto en mí un tesoro incomparable que sólo
yo conozco.
Pocas personas me amarán así recordándome
siempre cuánto valgo. Habrá otros que en mis éxitos buscarán mi cariño y en mis
fracasos se alejarán de mi camino. Ya no seré tan valioso a sus ojos. Ya no
seré importante para ellos.
¡Cuánto necesito que me amen
incondicionalmente! Y yo quiero amar así siempre. No sé si lo consigo. No sé si
siempre enaltezco y alabo.
Decía el padre José Kentenich: “Si yo repito en mis charlas la misma
cosa: – No eres capaz de nada, pero Dios hizo algo decente de ti; esto generará
la ausencia de alegría en mi relación con Dios y, por lo tanto, voy a sentirme
impulsado a buscar la alegría en otro lugar”.
¡Qué importante es entonces que alguien
me recuerde cuánto valgo, todo lo que puedo lograr si creo en mí! ¡Y cuánto
vale que yo se lo recuerde a otros! Para no buscar la alegría en otros lugares
donde no se encuentra.
Quiero decirles a los demás lo que hacen
bien. Y no sólo lo
que no hacen, o lo que hacen mal. Para que sigan luchando y aspirando a lo más
alto.
Añadía el Padre Kentenich: “Con el tiempo se despertará en mi alma
tal sentimiento de parálisis, que el impulso hacia Dios, el trabajo para Dios
se volverá tibio. Nosotros
ya somos demasiado bombardeados por acontecimientos humillantes. ¿Por qué
fomentarlos aún más?”.
Juzgar y condenar es lo más fácil.
Enaltecer y alabar exige una cierta madurez y altura en el alma. No siempre
existe. Soy consciente de ello. Quiero
enaltecer, quiero animar a amar más, a luchar más.
Por Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
