6 Carta pastoral con motivo de la Jornada «Pro orantibus» 22 de Mayo de 2016
El domingo de la Santísima
Trinidad, que este año se celebra el 22 de Mayo, es la Jornada de oración por
las comunidades de vida contemplativa. El lema de este año hace referencia al
Jubileo de la Misericordia: «Contemplad el rostro de la misericordia».
La vida
contemplativa en la Iglesia se explica como una llamada a contemplar el rostro
de Cristo, en el que brilla la misericordia del Padre.
Es
llamativo que la mayor parte de la vida de Cristo, lo que llamamos vida oculta,
transcurrió en el ámbito reducido de su casa y taller de Nazaret y en la
dedicación a la oración y lectura de las Escrituras Sagradas. ¡Qué pérdida de
tiempo!, pensarán algunos. ¡Con lo que podría haber hecho si tenemos en cuenta
la actividad que desplegó durante su vida pública!
La
vida contemplativa se contrapone indebidamente a la vida activa, como si la
primera fuera un cruzarse de brazos, dejando que pase el tiempo en la pura
pasividad. Nada más contrario a la verdadera contemplación. Ésta es una intensa
acción del Espíritu de Dios en el hombre y la mujer que buscan el conocimiento
de Dios y de la verdad última de la existencia. La verdadera acción parte
siempre de una contemplación intensa de la verdad. Y, para ello, el hombre debe
buscar dentro de sí mismo a su Creador.
El hombre
que no soporta el silencio y la soledad, se incapacita para la relación con
Dios y con los demás. Toda creatividad auténtica, toda acción fecunda se gesta
en la contemplación. Las obras de arte son fruto de intenso pensamiento, de
apertura a la inspiración que viene de la verdad y belleza supremas, que son
atributos de Dios.
La
Iglesia no vive sólo de la acción de los evangelizadores y misioneros que se
lanzan al apostolado con tanta generosidad. Hay que decir que muchos de estos
santos misioneros, que desgastaron su vida al servicio del evangelio, fueron
también místicos, contemplativos, hombres de profunda oración. Nada habrían
hecho sin esta dosis de vida contemplativa. Pero hay que afirmar con la misma
fuerza que la Iglesia vive de esos cenáculos de oración, escondidos a los ojos
del mundo, donde monjes y monjas, religiosos y religiosas gastan su vida orando
por la Iglesia, como una retaguardia que soporta con su intercesión el fragor
de la primera línea.
El
corazón de la Iglesia tiene mucho que ver la actitud de María, la Madre del
Señor. No fue apóstol. Cristo no le dio cargos de responsabilidad en la Iglesia
fundada por él. Pero la hizo Madre de la Iglesia al pie de la cruz. Ella es la
Virgen orante, silenciosa, que acoge la Palabra en su corazón y la medita
constantemente. Ella es modelo perfecto para la vida contemplativa, como lo es
para todos los demás estados de vida, porque está centrada plena y totalmente
en Dios. Vivir así supone una profunda actividad en el Espíritu que habita en
nosotros y nos permite entregarnos a Dios con todo nuestro ser.
En
esta Jornada «pro orantibus» debemos dar gracias a Dios por nuestros
monasterios de vida contemplativa que permiten a la Iglesia de Segovia crecer
en santidad y entrega apostólica. Y pidamos para que reciban abundantes
vocaciones que nos recuerden el absoluto de Dios y la necesidad que todos
tenemos de contemplar el rostro de Cristo, que refleja la misericordia del
Padre.
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César Franco Martínez
