Me da miedo
pensar de manera utilitarista
Vivimos en una cultura de lo nuevo. A mí
me gustan las cosas nuevas. La última novedad, el último avance. Lo recién
comprado. Lo que está en perfecto estado. Y descarto con facilidad lo que no
sirve, lo que está gastado, manchado, roto.
No lo sé. A veces caigo en esa tentación de optar por lo nuevo dejando
de lado lo viejo. A veces puedo mirar así mi vida y descartar
lo de siempre, lo tradicional, lo que ha sido así hasta ahora.
Hay personas que cuando asumen una nueva
tarea acaban con lo anterior y empiezan a hacerlo todo nuevo. Como si con ellos
empezara el mundo. Lo nuevo
nos atrae mucho. Pero con esa actitud a veces puedo dejar de lado a las
personas. A las que ya no me interesan, a las que no me son
útiles.
Me tocan las palabras del papa Francisco:
“Se considera al ser humano en
sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado
inicio a la cultura del ‘descarte’ que, además, se promueve. Con la exclusión
queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive,
pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se
está fuera. Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’”.
Corro el riesgo de mirar a las personas
de acuerdo a lo que producen, a su utilidad, a lo que me aportan. No merece la pena
invertir en quien no tiene nada con lo que pagarme, nada con lo que retribuir
mi tiempo. Me da miedo
pensar de manera utilitarista. Y acabar despreciando lo que no
me aporta mucho.
El otro día leía: “A veces no solamente juzgamos sino
que además despreciamos. Hay desprecio cuando, no contentos con juzgar al
prójimo, lo execramos, lo apartamos como a algo abominable, lo que es peor y
mucho más funesto”.
Despreciamos a los que no son como
creíamos, a los que fracasan y son olvidados, a los que ya no están de moda, a
los que han perdido capacidades, a los que han fallado. A los que no nos
gustan, a los que no tienen nada que aportar.
Se convierten en despreciables ante
nuestros ojos. Juzgamos entonces por la apariencia. Por su utilidad. Rechazamos a las personas que no producen
nada, que no usan bien su tiempo, que no tienen una vida
exitosa.
Despreciamos al que pierde su vida y sus
talentos. Al que no logra lo que se propuso. Al que luchó pero no llegó a
lograr lo que soñaba. El
esfuerzo sin premio lo despreciamos. Y aplaudimos el éxito sin esfuerzo.
Son las paradojas de la vida.
Me gustaría no caer tanto en el desprecio
y buscar mucho más el halago. Hablar bien de otros, comentar sus logros,
alegrarme con sus victorias. Pero a menudo me quedo en el desprecio, en la
crítica, en la condena.
Remuevo el barro de los escándalos. Como si así me sintiera yo bien. Pero no
es verdad. El escándalo me
hace daño, pierdo la inocencia, dejo de ser ingenuo.
Quiero ir más allá de ese barro que forma
parte de la fragilidad humana. Y buscar
más las gotas de vida que hay en medio del sufrimiento. Alegrarme con las
victorias de los frágiles. Resaltar la belleza de esta vida. El valor
del bien.
Lo nuevo me gusta, pero me gusta más
todavía el bien de siempre.
El bien antiguo. La inutilidad bella. La
belleza inútil. Me gusta el rayo de vida en medio de la noche.
La esperanza después de la derrota. La luz del sol que lucha por salir entre
las nubes. Un claroscuro. El bien que se intenta imponer en medio del mal. La
victoria pírrica de los que lucharon hasta el final y vencieron quedando
heridos.
Me quedo con la belleza antigua.
Desprecio la fealdad nueva. Quiero despreciar el mal que me hace daño. Las
formas de ese hombre viejo que se empeña en alejarme de mis sueños. Quiero
desterrar la vanidad y el orgullo, que buscan los primeros puestos, sin
importar a costa de quién se consiguen.
Quiero adherirme a esa belleza nueva que
brota de un sí ya viejo que se renueva cada mañana. Creo definitivamente que lo viejo ha de renovarse siempre.
Que no vale simplemente hacerlo todo como antes, como siempre.
Que cada mañana, en la fuerza del
Espíritu, debo renovar mi amor, mi entrega, mi vida ya gastada. Porque lo que no se cuida se pierde. Lo
que no se renueva se muere.
El Espíritu Santo nos habla de una vida
nueva. Nos habla de novedad. De hacer
todas las cosas nuevas. Viene para hacernos hombres nuevos y
dejar al hombre viejo que todos tenemos dentro. Viene para renovarnos, para que
hagamos todas las cosas nuevas.
Por Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
