Primera comunión de Celina
Aún no he dicho nada de mi
íntima relación con Celina. [24rº] Si fuera a contarlo todo, nunca acabaría...
En Lisieux se cambiaron los papeles: Celina se convirtió en un travieso
diablillo y Teresa ya no era más que una niñita muy buena, pero excesivamente
llorona...
Eso no era obstáculo para que Celina y Teresa se quisiesen cada día
más. A veces había entre ellas pequeñas discusiones, pero no era nada serio, y
en el fondo estaban siempre de acuerdo.
Puedo decir que nunca mi querida
hermanita me dio el menor disgusto, sino que fue para mí como un rayo de sol,
una fuente continua de alegría y de consuelo... ¿Quién podrá decir con qué
intrepidez me defendía en la Abadía cuando alguien me acusaba...? Se preocupaba
tanto por mi salud, que a veces me cansaba.
De lo que no me cansaba era de
verla jugar. Ponía en fila a toda la tropa de nuestras muñecas y les daba clase
como una maestra consumada; sólo que tenía mucho cuidado de que las suyas se
portasen siempre bien, mientras que a las mías las echaba a menudo de clase por
su mala conducta... Me contaba todas las cosas nuevas que aprendía en clase, lo
cual me divertía mucho, y la tenía por un pozo de ciencia.
Me había dado el
título de «hijita de Celina», y así, cuando se enfadaba conmigo, su mejor
muestra de que estaba enojada era decirme: «¡Ya no eres mi hijita, se acabó, me
acordaré por toda la vida...!» Entonces yo no tenía más remedio que echarme a
llorar como una Magdalena, suplicándole que me volviese a admitir como su
hijita. Inmediatamente me besaba y me prometía que ya no se volvería a acordar
de nada... Y para consolarme, cogía una de sus muñecas y le [24vº] decía:
«Cariño, besa a tu tía». Una vez, la muñeca tenía tanta prisa por besarme
tiernamente, que me metió sus dos bracitos por la nariz...
Celina, que no lo
había hecho adrede, me miraba estupefacta, viendo a la muñeca colgándome de la
nariz. La tía no tardó mucho en rechazar las efusiones demasiado tiernas de su
sobrina, y se echó a reír con todas las ganas ante tan singular aventura. Lo
más divertido era vernos comprar las dos a la vez, en la tienda, los
aguinaldos. Nos escondíamos cuidadosamente la una de la otra. Con sólo 50
céntimos teníamos que comprar, por lo menos, cinco o seis objetos diferentes, y
la cuestión era quién compraría las cosas más bonitas. Encantadas con nuestras
compras, esperábamos con impaciencia el primer día del año para poder
ofrecernos una a otra nuestros magníficos regalos.
La primera que se despertaba
se apresuraba a felicitarle a la otra el año nuevo. Luego nos entregábamos los
aguinaldos y las dos nos quedábamos extasiadas ante los tesoros que la otra
había conseguido con 50 céntimos... Esos regalitos nos causaban casi tanto
placer como los ricos aguinaldos de mi tío. Por lo demás, eso no era más que el
principio de nuestras alegrías. Aquel día nos vestíamos a toda prisa y
estábamos al acecho para saltar al cuello de papá.
En cuanto salía de su
habitación, toda la casa se llenaba de gritos de alegría y nuestro papaíto se
mostraba feliz de vernos tan contentas... Los aguinaldos que María y Paulina
daban a sus hijitas no eran de gran valor, pero les causaban también una gran
alegría... Y es que en esa edad aún no estábamos embotadas; nuestra alma, en
toda su lozanía, se abría como una flor, feliz de recibir el rocío de la
mañana... Un mismo soplo mecía nuestras corolas, y lo que hacía gozar o sufrir
a [25rº] una hacía gozar o sufrir a la vez a la otra. Sí, nuestras alegrías
eran comunes. Lo comprobé muy bien el día de la primera comunión de mi querida Celina.
Yo no iba aún a la Abadía, pues sólo tenía siete años; pero conservo en mi
corazón el dulcísimo recuerdo de la preparación que tú, Madre querida, le
hiciste hacer a Celina. Todas las tardes la sentabas en tu regazo y le hablabas
del acto tan importante que iba a realizar. Yo escuchaba, ávida de prepararme
también, pero muy frecuentemente me decías que me fuera porque era todavía
demasiado pequeña. Entonces me ponía muy triste y pensaba que cuatro años no
eran demasiados para prepararse a recibir a Dios... Una tarde, te oí decir que
a partir de la primera comunión había que empezar una nueva vida. En ese mismo
momento decidí no esperar a ese día, sino comenzarla al mismo tiempo que
Celina... Nunca supe cuánto la quería como durante su retiro de tres días.
Era
la primera vez en mi vida que estaba lejos de ella y que no me acostaba en su
cama... El primer día me olvidé de que no iba a volver, y guardé un manojito de
cerezas, que papá me había comprado, para comerlo con ella; cuando vi que no
llegaba, sentí mucha pena. Papá me consoló diciéndome que al día siguiente me
llevaría a la Abadía para ver a mi Celina y que podría darle otro manojo de
cerezas... El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión
parecida a la de la mía.
Al despertarme por la mañana, yo sola en aquella cama
tan grande, me sentí inundada de alegría. «¡Es hoy...! Ha llegado el gran
día...» No me cansaba de [25vº] repetir estas palabras. Me parecía que era yo
la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí grandes
gracias, y lo considero como uno de los más hermosos de mi vida...
Fuente: Catholic.net
