Experimentar
que Dios te ama
Pienso que puedo tener muchas vivencias
religiosas en mi vida. Momentos sagrados de luz y de paz. Pero lo único que de
verdad me cambia el corazón es la experiencia personal de mi encuentro con
Jesús. Saber que me ama personalmente. Me busca a mí. Sale a mi encuentro y lo
deja todo, sólo por mí.
¡Tenemos tantas heridas! Y son de falta
de amor. Esa
experiencia del amor personal, del amor con nombre, del amor sin condiciones,
del amor de Dios que sale a buscarme. Ese
amor que rompe muros, es lo único que puede sanar mi corazón.
La señal del amor de Jesús hacia los
suyos fue su humanidad, su cuerpo.
Fueron sus gestos. Para demostrar que es Él no hace un milagro, sino que come
con ellos, parte el pan en su misma mesa y les muestra sus heridas.
Me conmueve ese amor tan humano, tan de
Dios. Es su señal de amor más grande. Dios hecho hombre. Dios muerto por
nosotros. No hay mayor poder, no hay mayor signo de su divinidad. El amor roto,
el amor que caminó a nuestro lado, sigue vivo, sigue junto a nosotros. De esos encuentros
de Pascua vivirían los apóstoles toda su vida. Porque se sintieron amados
personalmente.
Pienso que esa es mi misión en la vida. Amar como
Jesús. Reflejar su amor. Amar uno a uno, cuerpo a cuerpo como
dirá el papa Francisco.
Le pido a Jesús que me muestre sus
heridas. Que me enseñe a dejar mis planes, mis prisas, por una sola persona. A recorrer caminos para acompañar sólo
a uno. Que no me importen
los números, los datos, los frutos. Que me ayude a volver una y
mil veces sólo por uno.
Tengo miedo. No sé bien qué será de mi
vida en el futuro. Nunca lo sabemos. Ahora Jesús ya no está todo el día a
nuestro lado como hizo con los discípulos. Pero sí está vivo en mi corazón. Ese es el milagro de la resurrección. En
el pan, en el vino, en mi alma. Cristo vive en mí. Y sigue
mirando, caminando, amando, curando, consolando, en mí.
Quiero vivir estos días de Pascua cerca
de Él. Pedirle que no se vaya. Que salga a mi encuentro cada día. Le muestro
mis heridas.
Creo que el amor es capaz de romper
cualquier muro, me lo ha mostrado Jesús. Él puede entrar por las puertas
cerradas. Llama a mi puerta, espera, entra. Creo en su amor por encima de mi
pecado.
Como dice una canción: “El que no mira mis faltas, sino mi
fidelidad. El que hace roca en mi debilidad”.
Pasa por alto de mi traición, de mi negación, de mi eterna duda. Me llena de
alegría saber que va a mi lado y nunca se separa de mí. Y que volverá siempre a buscarme.
Porque yo no sé ir a Él.
Igual que los apóstoles esos días. Jesús vuelve por mí, por mi amor herido.
Me deja tocar sus heridas. Sus heridas en los hombres. Sus heridas en mi propio
corazón.
Quiero aprender a vivir con heridas. Sin
lamentarme por ellas, sin quejarme noche y día. Caminar herido y no pensar en mí, sino en
aquellos que van conmigo, a los que acompaño, también heridos. Le pido a Dios
esa altura para mirar la vida.
Hoy Jesús me deja ver sus heridas llenas
de luz, de esperanza. Me deja tocarlas como a Tomás. Y yo me conmuevo al pensar
en su amor. En ese amor que sana mis propias heridas.
Quiero vivir en esa luz de la Pascua
todos los días de mi vida. Vivir
con la paz que hoy me da. Vivir sabiéndome amado por Él.
