Algunas
claves para entender el final de la vida
El cielo
Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que
nos aferramos a esta vida. Después de todo, es lo único que conocemos, lo único
que hemos experimentado.
A partir del uso de la razón, aprendemos a discernir
entre las cosas buenas de la vida y las malas, entre lo bello y lo feo, entre
lo placentero y lo desagradable. Y trabajamos arduamente para obtener de la
vida lo mejor para nosotros. Todos los afanes del hombre están motivados para
acomodarnos en la tierra lo mejor que podamos.
No podernos negar que la vida puede ofrecernos cosas
preciosas. Gozar de la belleza del mundo prodigioso, abrir los sentidos al
cosmos entero, la inteligencia a los secretos que la materia encierra, aprender
a amar y ser amados, crear obras de arte, terminar bien un trabajo, ver el
fruto de nuestros afanes, tener lo que llamamos “satisfactores” por que
precisamente satisfacen nuestros gustos, conocer otras culturas, leer un buen
libro, etc…
No es fácil relativizar todo ello o restarle
importancia. Nuestros parientes y amigos, nuestras posesiones, nuestros
proyectos, son todo lo que tenemos y por lo que hemos trabajado toda la vida.
Nos hemos gastado en ello, invirtiendo todas nuestras fuerzas.
Y por ello, ni pensamos en la otra vida. Ni en el
Cielo ni el Infierno. Ni el Cielo nos atrae, ni el Infierno nos asusta. Vivimos
inmersos en el tiempo, como si fueramos inmortales. Hablar de Cielo o de
Infierno hasta puede parecer ridículo. ¡Y sin embargo es, una cosa u otra,
nuestro destino ineludible!
Podemos decir que todos los goces o todas las penas de
esta vida temporal, no tienen tanta importancia, no son para tanto. San Pablo,
que fue arrebatado en éxtasis para tener un atisbo de los que nos espera, no
puede describir con palabras humanas su experiencia: “Ni el ojo vio, ni el oído
oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le
aman” (1 Cor 2, 9). Y en 2 Cor 12, 4 nos confía que arrebatado al paraíso,
donde oyó palabras que no se pueden decir; son cosas que el hombre no sabría
expresar”.
Ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta
vida, el mismo Apóstol nos recomienda en la carta a los Colosenses 3, 1-4:
“Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; piensen en las cosas
de arriba, no en las de la tierra”
El camino y la meta
Esta manera de pensar puede ser comparada con un
viaje: por encantador que sea el paisaje del camino eso no es lo importante,
sino el llegar al lugar de destino. Sería una torpeza desear que el camino
nunca terminara y olvidar que al fin de éste, nos esperan por ejemplo, unas
vacaciones deliciosas a la orilla del mar.
Podría existir la posibilidad de que cambiáramos de
opinión y decidiéramos detenernos en un lugar más hermoso que el mismo fin
planeado anteriormente. Pero en la vida esto no puede suceder: vamos a la
muerte indefectiblemente; no podemos detener el tiempo, no podemos “cambiar los
planes”. Y si avanzamos fatalmente al fin del viaje, es de sabios fijar nuestra
vista en lo que nos puede esperar.
Podría alguien decir que pensar “en las cosas de
arriba” como nos aconseja el Apóstol, va en detrimento del progreso de la
humanidad y del desarrollo de todas las posibilidades del ser humano. Por eso
dijo Marx que la religión era el opio de los pueblos. Y no le faltaba razón al
estudiar ciertas religiones, sobre todo orientales, en las que parece que todo
el esfuerzo humano radica en fugarse de la realidad cotidiana.
El cristianismo no cae en esa posición. La historia lo
demuestra ampliamente al comprobar cómo ha sido precisamente en los países
cristianos en donde se han dado los más grandes pasos en el bienestar del ser
humano.
El peligro no radica tanto en ’fugarse” sino por el
contrario en aferrarse en lo temporal, perdiendo de vista lo eterno. El
auténtico seguidor de Jesucristo, al mismo tiempo que trabaja por hacer este
mundo más habitable, no pierde de vista sin embargo, que esto no es sino el
camino a la felicidad eterna y sin límites que Dios nos promete.
Vivimos con los pies bien asentados en la tierra, pero
con el anhelo de obtener al fin de nuestros días, la corona de gloria eterna.
Envejecer es maravilloso
El instinto de conservación y la falta de fe, nos
hacen tener horror al envejecimiento irremediable. Hemos hecho de la juventud
un mito. “Juventud, divino tesoro” dijo el poeta, y perder la juventud lo
consideramos un drama.
Da pena ver a personas maduras y post-maduras,
intentar defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas… No logran,
por supuesto, engañar a nadie y menos detener el tiempo.
Todas las operaciones de cirugía plástica que sufren,
ni preservan la belleza juvenil, ni restan un sólo día a su avanzada edad.
Todos esos intentos vanos por beber en la fuente de la eterna juventud, no
hacen sino evidenciar que hemos perdido el sentido de la vida y de la muerte.
La edad no solamente nos hace poner en su justa medida
las cosas temporales (cosa que los jóvenes no han aprendido todavía) sino que
nos acercan más y más a Dios, nuestro último fin. Los ancianos llevan ventaja a
los muchachos. Ya van llegando a su realización plena, van llegando a la meta.
El gran San Pablo nos escribe: “Por eso no nos
desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro
hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa,
nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede
comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible,
ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre.”
(2 Cor 4, 16-18)
Y no es que nos resignemos mansamente a lo inevitable.
Es por el contrario la conciencia jubilosa de que estamos siendo llamados por
Dios.
Las canas y arrugas son los signos de este gozoso
llamado. Y las enfermedades y achaques nos dicen lo mismo: la meta está ya
cerca. Pronto verás a Dios.
El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al
martirio, avanza gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: “Mi amor
está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos;
únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me
dice: “Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los
placeres de este mundo”.
¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el
inicio de la verdadera vida y que todo esto no ha sido sino un ensayo, un
camino, una invitación!
La liturgia de los difuntos
La reforma litúrgica implementada a raíz del Concilio
Vaticano II, ha puesto empeño en hacer resaltar los aspectos positivos del
trance de la muerte. Lo primero que nos llama la atención es el abandono de los
ornamentos color negro en las Misas de Difuntos, por ser el negro signo de
duelo sin asomo de consuelo ni esperanza.
Sin ignorar el aspecto trágico de la muerte, lo que
sería una falacia, el Ritual de Sacramentos en la introducción a las Exequias
acentúa la esperanza del creyente. “A pesar de todo, la comunidad celebra la
muerte con esperanza. El creyente, contra toda evidencia, muere confiado: “En
tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 26)
En medio del enigma y la realidad tremenda de la
muerte, se celebra la fe en el Dios que salva”.
“En el corazón de la muerte, la iglesia proclama su
esperanza en la resurrección. Mientras toda imaginación fracasa, ante la muerte,
la iglesia afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz.
La muerte corporal será vencida.”
“En la celebración de la muerte, la iglesia festeja
“el misterio pascual” con el que el difunto ha vivido identificado, afirmando
así la esperanza de la vida recibida en el Bautismo, de la comunión plena con
Dios y con los hombres honrados y justos y, en consecuencia, la posesión de la
bienaventuranza”
En un equilibrio notable entre las realidades
temporales como son el pecado y la muerte, en la Oración Colecta de la Misa de
Difuntos, asegura la acción salvadora de Jesucristo: “Dios, Padre Todopoderoso,
apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y resurrección de tu Hijo, te
pedimos que concedas a nuestro hermano N. que así como ha participado ya de la
muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa
resurrección”.
Al mismo tiempo que se ora por el difunto, pidiendo al
Señor se digne perdonar sus culpas, hay un grito de esperanza en la
misericordia infinita del Salvador.
En la oración sobre las Ofrendas, queda expresado
perfectamente este sentimiento: “Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de
reconciliación por nuestro hermano N. para que pueda encontrar como juez
misericordioso a tu hijo Jesucristo, a quien por medio de la fe reconoció
siempre como su Salvador”.
“La muerte, es por tanto, un momento santo: el del
amor perfecto, el de la entrega total, en el cual, con Cristo y en Cristo,
podemos plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a encontrar, más
allá de los siglos, la vida del Paraíso” (Romano Guardini)
La mejor y más completa respuesta al problema de la
muerte la encontramos en los escritos de San Pablo. Recordemos la, magnífica
frase: “Al fin de los tiempos, la muerte quedará destruida para siempre,
absorbida en la victoria” (1 Cor 15, 26).
Con el realismo que caracteriza a la Iglesia Católica,
toda la liturgia de Difuntos, ofrece a Dios sufragios por los muertos, sabiendo
que todos, en mayor o menor grado, hemos ofendido a Dios, pero con la plena
confianza en la infinita misericordia divina, que garantiza al final el goce de
la bienaventuranza. Por ello el libro del Apocalipsis nos enseña:
“Bienaventurados los que mueren en el Señor” (Ap 21, 4).
Repetimos una y otra vez al orar por los nuestros:
“Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua”. Descanso de
las luchas y fatigas de esta vida; luz para siempre, sin sombras de muerte, sin
tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de contemplar la
gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y
eterno.
“La Muerte es la compañera del amor, la que abre la
puerta y nos permite llegar a Aquel que amamos” (San Agustín)
“La Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte
para encontrarlo, la eternidad para poseerlo” (FI. Novet)
Fuente: encuentra.com
