Celebrar el domingo es celebrar la presencia del Resucitado que se nos revela con la novedad del primer día
Me
pregunto muchas veces si los cristianos, al participar en la eucaristía
dominical, somos conscientes de la gracia inmensa que recibimos. El hecho de
poder hacerlo cada domingo le ha arrebatado la sorprendente novedad que
describe el evangelio de hoy. Los discípulos estaban cerrados en el cenáculo
por miedo a los judíos. De repente, Jesús entró en la estancia y «se puso en
medio». Les dirige el saludo de siempre: «paz a vosotros», el mismo que el
sacerdote utiliza cada domingo. Y al mostrarles las manos y los pies, dice el
evangelio que «se llenaron de alegría al ver al Señor».
Cada
domingo sucede la misma escena. No nos domina el miedo, pero sí la rutina, que
nos priva del asombro. Jesús se nos presenta vivo, aunque no nos muestre sus
llagas, pero sabemos que está ahí. ¿Y la alegría? ¿Desborda alegría nuestra
liturgia? ¿Son nuestros cantos invitación al gozo por ver al Señor? Es verdad
que no lo vemos como lo vieron los apóstoles, testigos de la fe. Pero, acabadas
las apariciones, descubrían al Señor en los signos que dejó: la Eucaristía es
el signo por excelencia. La que nos hace ser Cuerpo de Cristo, Iglesia del
Señor.
Celebrar
el domingo es celebrar la presencia del Resucitado que se nos revela con la
novedad del primer día. Somos nosotros los que, como Tomás, seguimos pidiendo
«ver» con los ojos de la carne, «tocar» con nuestras manos para poder creer.
Olvidamos que hay formas de ver y de tocar que trascienden lo físico. El alma
tiene sus sentidos: ve, oye, toca, gusta y huele. Hay un mundo, decía Ortega y
Gasset, más allá de las superficies y de lo tangible, que es el de las
«realidades religiosas». La liturgia nos permite entrar en ese mundo gracias a
los signos que Cristo mismo ha instituido.
Para
ello, nuestro espíritu debe hacerse sensible, despertar a ese mundo que supera
lo meramente físico. Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús cuando partió
el pan, y María Magdalena lo reconoció cuando escuchó su nombre. ¿Qué nos pasa
a nosotros? ¿No vemos la fracción del pan? ¿No escuchamos las misma palabras
que escucharon los apóstoles? ¿No percibimos que Cristo habla y nos invita a
entrar en comunión con él?
Hay
un gesto de Jesús, cuando se aparece a sus apóstoles el mismo día de la
resurrección, que está cargado de simbolismo y significación. Jesús, dice el
evangelio, «sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo». Este
gesto recuerda al del Creador, insuflando su aliento en el barro de Adán, para
hacer de él un ser vivo. Jesús resucitado sopla sobre los apóstoles para
otorgarles el poder de dar la vida mediante el perdón de los pecados. Ese soplo
de Cristo no ha terminado. El Resucitado sigue exhalando su aliento sobre la
Iglesia, sobre nosotros, para que tengamos vida. Es el soplo del Espíritu capaz
de despertar los sentidos del alma y hacernos ver, tocar, oír, oler y gustar el
mundo nuevo en el que nos ha introducido la Resurrección de Cristo.
Los
cristianos no nos inventamos las realidades espirituales propias de la fe, no
nos autosugestionamos para percibir lo que trasciende los sentidos. No vivimos
de la ilusión de creer, sino de la certeza que nos otorga la fe, la misma
certeza con que Tomás tocó las llagas de Cristo, los de Emaús reconocieron a
Cristo en la fracción del pan y la Magdalena escuchó de labios de Cristo su
propio nombre. Esas «pruebas» de que Cristo vive nos permiten a nosotros
celebrar la eucaristía de cada domingo con un alegría desbordante, con el
frescor de la primera mañana de Pascua y reconocer que Cristo se hace presente
en nuestras asambleas, se pone en medio de nosotros y nos saluda con la paz. Lo
mismo que entonces.
+
César Franco
Obispo
de Segovia.
Fuente: Obispado de Segovia
