Mi carácter
Vuelvo ahora a las cartas
en las que mamá te habla de Celina y de mí. Es el mejor medio que puedo emplear
para darte a conocer mi carácter. He aquí un pasaje en el que mis defectos
brillan en todo su esplendor: [8rº] «Celina está entretenida con la pequeña
jugando a los dados, y riñen de vez en cuando. Celina cede para añadir una
perla a su corona.
Yo me veo obligada a reprender a esta pobre niña, que coge
unas rabietas terribles cuando las cosas no salen a su gusto y se revuelca por
el suelo como una desesperada pensando que todo está perdido. Hay momentos en
que es más fuerte que ella, y se le corta la respiración.
Es una niña muy
nerviosa. De todas maneras, es un encanto, y muy inteligente, y se acuerda de
todo». ¡Ya ves, Madre mía, qué lejos estaba yo de ser una niña sin defectos! Ni
siquiera se podía decir de mí «que fuese buena cuando estaba dormida», pues de
noche era todavía más revoltosa que de día.
Mandaba a paseo todas las mantas, y
(dormida y todo) me daba golpes contra los largueros de mi camita; el dolor me
despertaba, y entonces decía: «¡Mamá, me he golpeado...! Nuestra pobre mamaíta
se veía obligada a levantarse y comprobaba que, en efecto, tenía chichones en
la frente y me había golpeado. Me tapaba bien y volvía a acostarse; pero al
cabo de un momento yo volvía a golpearme. De suerte que se vieron obligados a
atarme en la cama. Todas las noches, la pequeña Celina venía a anudar las
incontables cuerdas destinadas a evitar que el diablillo se golpease y
despertara a su mamá. Esta medida dio buen resultado, y desde entonces ya fui
buena mientras dormía... Tenía también otro defecto (estando despierta), del
que mamá no habla en sus cartas, que era un gran amor propio. No voy a darte
más que dos ejemplos para no alargar demasiado mi narración.
Un día, me dijo
mamá: «Teresita, si besas el suelo, te doy cinco céntimos». Cinco céntimos eran
para mí toda una fortuna, y para ganarlos no tenía que bajar demasiado de mi
altura, pues mi exigua estatura no me separaba muchos palmos de suelo. Sin
embargo, mi orgullo se rebeló a [8vº] la sola idea de besar el suelo, y
poniéndome muy tiesa le dije a mamá: -¡No, mamaíta, prefiero quedarme sin los
cinco céntimos...! En otra ocasión teníamos que ir a Grogny, a visitar a la
señora de Monnier. Mamá le dijo a María que me pusiese mi precioso vestido azul
celeste, adornado de encajes, pero que no me dejara los brazos al aire, para
que el sol no me los tostase. Yo me dejé, con la indiferencia propia de las
niñas de mi edad; pero interiormente pensaba que habría estado mucho más bonita
con los bracitos al aire.
Con una forma de ser como la mía, si hubiera sido
educada por unos padres sin virtud, o incluso si hubiese sido mimada por Luisa
como Celina, habría salido muy mala, y tal vez hasta me habría perdido... Pero
Jesús velaba por su pequeña prometida y quiso que todo redundase en su bien;
incluso sus defectos, que, corregidos a tiempo, le sirvieron para crecer en la
perfección... Como tenía amor propio y también amor al bien, en cuanto empecé a
pensar seriamente (y lo hice desde muy pequeña), bastaba que me dijeran que
algo no estaba bien para que se me quitasen las ganas de hacérmelo repetir dos
veces... Veo con agrado que en las cartas de mamá, a medida que iba creciendo,
le daba mayores alegrías. Como no tenía más que buenos ejemplos a mi alrededor,
quería seguirlos como la cosa más natural del mundo.
Esto es lo que escribía en
1876: «Hasta Teresa quiere ponerse a veces a hacer prácticas... Es una niña
encantadora, más lista que el hambre, muy vivaracha, pero de corazón sensible.
Celina y ella se quieren mucho. Se bastan solas para entretenerse. Todos los
días, en cuanto acaban de comer, Celina va a buscar su gallo y atrapa al primer
golpe la gallina de Teresa. Yo no consigo hacerlo, pero ella es tan hábil que
la coge a la primera. Después se van las dos con sus animalitos a sentarse al
amor de la [9rº] lumbre, y así se entretienen un buen rato. (La gallina y el
gallo me los había regalado Rosita, y yo le di el gallo a Celina). «El otro día
Celina durmió conmigo y Teresa se acostó en el segundo piso en la cama de
Celina. Había pedido a Luisa que la bajase abajo para vestirla, y cuando Luisa
subió a buscarla encontró la cama vacía. Teresa había oído a Celina y había
bajado con ella.
Luisa le dijo: -¿O sea, que no quieres bajar a vestirte? -No,
Luisa, no, nosotras somos como las dos gallinitas, que no pueden separarse. Y
al decir esto, se abrazaban y se estrechaban la una contra la otra... «Luego,
por la tarde, Luisa, Celina y Leonia se fueron al Círculo Católico y dejaron en
casa a la pobre Teresa, que entendía perfectamente que ella era demasiado
pequeña para ir, y decía: -¡Si por lo menos quisieran acostarme en la cama de
Celina...! Pero no, no quisieron... Ella no dijo nada y se quedó sola con su
lamparita. Al cuarto de hora estaba ya profundamente dormida...»
Otro día, mamá
escribía también: «Celina y Teresa son inseparables, no es fácil ver a dos
niñas que se quieran tanto. Cuando María viene a buscar a Celina para la clase,
la pobre Teresa se queda hecha un mar de lágrimas. ¡Ay, qué va a ser de ella si
se va su amiguita...! María se compadece y se la lleva también, y la pobre
criatura se pasa dos o tres horas sentada en una silla. Le dan unas cuentas
para que las ensarte o algún trapo para que cosa; no se atreve a rebullir y
lanza con frecuencia profundos suspiros. Cuando se le desenhebra la aguja,
intenta volver a enhebrarla, y es curioso verla cuando no lo consigue y sin
atreverse a molestar a María.
Pronto se ven dos gruesas lágrimas correr por sus
mejillas... María [9vº] la consuela inmediatamente y le vuelve a enhebrar la
aguja, y el pobre angelito sonríe a través de sus lágrimas...» Recuerdo, en
efecto, que no podía vivir sin Celina, y que prefería levantarme de la mesa sin
terminar el postre a no irme tras ella. En cuanto se levantaba, me volvía en mi
silla alta, pidiendo que me bajasen, y nos íbamos las dos juntas a jugar. A
veces nos íbamos con la hija de gobernador, lo cual me gustaba mucho a causa
del parque y de los preciosos juguetes que nos enseñaba; pero más que nada iba
allí por complacer a Celina, ya que prefería quedarme en nuestro jardincito
raspando las tapias, pues quitábamos todas las brillantes lentejuelas que había
en ellas y luego íbamos a vendérsela a papá que nos las compraba muy serio.
Los
domingos, como yo era muy pequeña para ir a las funciones religiosas, mamá se
quedaba a cuidarme. Yo me portaba muy bien y andaba de puntillas mientras
duraba la misa. Pero en cuanto veía abrirse la puerta, se producía una
explosión de alegría sin igual: me precipitaba al encuentro de mi preciosa
hermanita, que llegaba adornada como una capilla..., y le decía: «¡Celina, dame
enseguida pan bendito!» A veces no lo traía, porque había llegado demasiado
tarde... ¡Qué hacer entonces? Yo no podía pasarme sin él, era «mi misa»...
Pronto encontré la solución: «¿No tienes pan bendito? ¡Pues hazlo!» Dicho y
hecho: Celina cogía una silla, abría la alacena, cogía el pan, cortaba una rebanada,
y rezaba muy seria un Ave María sobre él.
Luego me lo ofrecía, y yo, después de
hacer con él la señal de la cruz, lo comía con gran devoción, encontrándole
exactamente el mismo gusto [10rº] que el del pan bendito... Con frecuencia
hacíamos juntas conferencias espirituales. He aquí un ejemplo que entresaco de
las cartas de mamá: «Nuestras dos queridas pequeñas, Celina y Teresa, son
ángeles de bendición, tienen una naturaleza verdaderamente angelical. Teresa
constituye la alegría y la felicidad de María, y su gloria. Es increíble lo
orgullosa que está de ella. La verdad es que tiene salidas de lo más
sorprendentes para su edad y le da cien vueltas a Celina, que tiene el doble de
años. El otro día decía Celina: "¿Cómo puede estar Dios en una hostia tan
pequeña?" Y la pequeña contesto: "Pues no es tan extraño, porque Dios
es todopoderoso". "¿Y qué quiere decir todopoderoso?"
"¡Pues que hace todo lo que quiere"...»
Fuente: Catholic.net
