Cuando
nos preguntamos qué será de nuestros niños el día de mañana nos alegramos
porque sabemos que la respuesta definitiva está, de manera importante, en
nuestras manos
Quizá todos
pasamos por la misma experiencia. Somos niños y llega a casa visita de la tía
María, de la comadre sabelotodo o de la tierna abuelita. Y si bien nos va nos
dan gran posibilidad en la pregunta que suelen hacer: «Miguel: ¿tú qué quieres
ser de grande…?» Porque hay otras ocasiones en las que la pregunta, con un tono
un poco más vivaz, va por el estilo: «¿Miguel, verdad que cuando seas grande
quieres ser físico-químico-matemático como tu papá? » Pues parece que
permanecemos en las eras antiguas. Las huellas del papá siempre marcaban el
camino. Y a los niños casi se les corta la respiración…
La pregunta es la de siempre. ¡Uf! Sin embargo, cosa amena, en los niños
florece una gran variedad de insondables respuestas. Encontramos desde el
deportista que inflándose de orgullo y exhibiendo sus dotes atléticos con
estruendosa voz replica: «¡Torero, corredor o futbolista! », mientras que las
cejas de los padres se levantan. Nos topamos con los cerebrales quienes a sus
cumplidos once años, bajan la cabeza, meditan profundamente la cuestión,
respiran profundo, miran a través de sus intelectuales gafas y con aire
solemne, majestuoso, responden: "ingeniero electrónico o en su defecto
licenciado en sistemas computacionales…" y la noticia casi la publican en
el periódico. Encontramos a los más altruistas quienes sonríen con una cara de
pícaros y entre algo de divino responden: sacerdote o astronauta… - y ante la
perplejidad de la asamblea, les basta replicar: "es sólo para estar más
cerca de Dios." Pero los más prácticos y astutos, fruncen las cejas,
buscan el modo de escapar ante el interrogante y viendo que el reloj se hace
tarde para salir a buscar a los amigos les es suficiente con articular un
escueto “no sé”, y asunto arreglado. La pregunta se aplazará para otro día y
otra ocasión. Y eso les basta pero en definitiva, lo que de verdad quieren
reflejar detrás de cada respuesta es sacar a la luz tantos valores que les
hayan enseñado sus padres y familiares.
A nosotros los adultos siempre nos da alegría saber qué cosa serán los niños
del mañana. Tenemos una semilla de curiosidad. Nos alegramos viendo como esos
pequeñines que un día observamos corriendo detrás de un balón, jugando a las
escondidas, paseando a las muñecas y haciendo de las suyas –porque para eso no
les hace falta el tiempo- se preparan sin saber, para el día de mañana. Porque
también nosotros fuimos niños hace algún tiempo. Crecimos y llegamos a ser
adultos, porque la niñez jamás ha sido eterna.
¿Qué será de nuestros niños de mañana? Parece una pregunta sencilla y fácil que
requiere, sin embargo, una reflexión profunda.
Cuando somos niños queremos llegar a ser adultos. Y cuando somos adultos, nos
sosegamos contemplando a los niños. Siendo niños vamos al kinder. Usamos
pantaloncillo corto, shorts. Soñamos con aquel día en que pasaremos a llevar
los pantalones largos. Nos entusiasmamos cuando nuestros padres nos llevan a
eventos importantes vestidos con nuestro traje de ejecutivo, sin arruga ni doblez.
Y nos vemos en el espejo. “Me parezco cada vez más a mi papá.” Las niñas
comienzan a dejar de lado a las muñecas y las comiditas. Se meten de verdad a
la cocina y como por instinto les vienen las ideas de pedir a mamá que les
enseñe a hacer tartas de manzana. Van al espejo y se quieren peinar como la
mamá.
Los niños nunca olvidan el ejemplo de sus padres. La mayor alegría que reciben
los padres llega inesperada un cierto día. Los ojos de los pequeñines se clavan
en la mirada de sus papás y aunque no articulen palabra desde el interior lo
han dicho todo: “Cuando sea grande quiero ser como tú.” Quizá también algún día
nosotros lo dijimos. Imitan la firma, el tono de voz y hasta la manera de tomar
el teléfono.
Los niños del mañana serán, en buena parte, lo que seamos los padres de hoy.
Esta historia tiene tanto de verdad como de historia. Cierta mañana un labrador
se levantó muy temprano abrió las ventanas, y viendo en el valle su espíritu se
exaltó. Y gritó: “Campo, ¿qué me darás en este año?” Su eco llenó toda la
colina y una suave brisa desde la lejanía acarició su rostro. Nítida y
suavemente escuchó clara la respuesta. “Lo que tú me des. Si me das trigo,
trigo; si maíz, maíz te daré…” Lo que nosotros les demos a los niños hoy, eso
lo serán mañana.
Por ello los adultos tenemos la gran responsabilidad de saber orientar a los
pequeños. Los niños son como esas figuras de barro o plastilina. Se comienzan a
moldear poco a poco. Se puede lograr con ellos grandes cosas: figuras y
personajes de renombre. Poco importa lo que ellos deseen ser cuando crezcan, lo
que importa es dejar sembrado en ellos una semilla que sola, con el pasar del
tiempo, comenzará a germinar.
Los niños lo recuerdan todo. Y sobre todo hay tres cosas que nunca olvidan. Lo
primero que retienen en su memoria es la fuente de cariño que se les dio en
casa. Recuerdan los día en que mamá los recibía con la sopa caliente. Aquella
sonrisa en el rostro. Es verdad, con mil preocupaciones, pero jamás sin esa
sonrisa. Porque cuando hay amor en el hogar nunca falta la alegría.
Lo segundo que conservan es el ejemplo de esfuerzo. Todas aquellas mañanas de
idas al colegio. No sólo por lo que les cuesta levantarse, sino por el ejemplo
de papá y la mamá que les prepararon el desayuno, les alinearon el uniforme,
les dieron una palabra de aliento y se despidieron con un beso antes de
dejarlos en la escuela. Este tipo de hechos valen más que mil palabras.
Lo tercero se refleja en ese aire de valores que los niños aprenden en su
primera escuela que es el hogar: a rezar por la mañana, a ayudar a las personas
más necesitadas, y sobre todo esa fuerza que tildarían de casi sobre humana en
los momentos más difíciles. Porque, creámoslo o no, a los niños se les grava
ver la luz encendida del despacho de papá a las altas horas de la noche; un
acto de honestidad con algún cliente; ver como su familia hace un acto de
caridad con el limosnero de la calle.
Dice un viejo refrán: “De tal palo, tal astilla.” Es algo que cada día
comprobamos. Por ello cuando nos preguntamos que será de nuestros niños el día
de mañana nos alegramos, porque sabemos que la respuesta definitiva está, de
manera importante, en nuestras manos.
Por: Juan Alberto Armendariz
Fuente:
Equipo Gama-Virtudes y valores
